Vacaciones en Roma

Más que por su condición de uno de los más formidables directores de la historia -obras como La calumnia (1961), La loba (1941) o Ben-Hur (1959) así lo atestiguan-, por lo que siempre será recordado William Wyler es por haber sido el descubridor de esa actriz excepcional llamada Audrey Hepburn, quien se hizo cargo de su primer papel protagonista en la no menos extraordinaria Vacaciones en Roma (1953). Un rotundo éxito en taquilla por el que la por entonces desconocida intérprete belga siempre estuvo agradecida, ya que además de permitirle demostrar su valía como actriz -sobre ella recaen la mayoría de escenas de la película- le sirvió para darse a conocer en medio mundo, se metió al público estadounidense en el bolsillo -a pesar de que su físico rompía con el canon de mujer rubia y despampanante de la época, tipo Marilyn Monroe o Kim Novak- y, como colofón, le supuso el único Oscar de su carrera, a pesar de las otras cuatro nominaciones que lograría por sus trabajos en Sabrina (1954), Historia de una monja (1959), Desayuno con diamantes (1961) y Sola en la oscuridad (1967). Hepburn se convertía, con apenas 24 años, en una de las actrices más jóvenes en ganar un Oscar -y, dicho sea de paso, una de las más elegantes-. A día de hoy, pocas actrices aguantan los primeros planos como lo hace Hepburn en esta película. 

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En Vacaciones en Roma interperta a Ana, una joven princesa centroeuropea que una noche, cuando se encuentra de visita oficial en la capital italiana, decide escaparse de su palacio con el fin de hacer un recorrido turístico por la ciudad. Sin embargo, lo que iba camino de convertirse en un hecho sin la menor trascendencia, por el que la aristócrata pretendía liberarse por unos horas de su opresivo rango social, se conventirá en algo mucho más profundo cuando conozca a Joe (Gregory Peck), un periodista americano que, en busca de una exclusiva, no tarda en ofrecerse como guía. Sin embargo, los intereses económicos del joven van quedando relegados a un segundo plano cuando empieza a establecerse entre ambos una química irrefrenable; nace así una poderosa historia de amor que, a pesar de su intensidad, parece condenada al fracaso por la diferencia de clases entre ambos. Ambos protagonizarán escenas tan emblemáticas y entrañables como la de la boca de la verdad o la de ese beso que sabe a despedida dentro de un autocar. Instantes realzados, en su mayoría, por la inspirada partitura de Georges Auric, calmada y apacible, pero también intensa y con tintes épicos cuando tiene que serlo -especialmente en el demoledor tramo final del metraje-. Al final, el romance que nos cuenta el director termina colando hondo por su carácter magnánimo y, sobre todo, por la gran complicidad que demuestra la pareja protagonista.  

La gran baza de Vacaciones en Roma es, junto a su exquisita labor de montaje, su fastuoso diseño de producción; Wyler, desde el principio, quería hacer algo extraordinario. Así, advirtiendo al propio espectador al comienzo del largometraje de que éste había sido rodado en su integridad en la capital italiana, se muestra empecinado en sacar todo el jugo posible a un ciudad con tanta tradición histórica como Roma. Desde los bellos planos con los que se abre la película, hasta ese mítico paseo en vespa por las inmediaciones del Coliseo, pasando por el Foro Romano -lugar donde ambos protagonistas se conocen- el director se encuentra obsesionado con exprimir al límite los decorados de la ciudad, como si la dificultad de grabar en exteriores fuese el menor de sus males-. Wiler consigue siempre el encuadre perfecto, constituyendo a la vez un (indisimulado) homenaje a una de las ciudades más encantadoras del mundo al tiempo que captura todo su contexto social, ya que Italia, se encontraba en plena posguerra en el rodaje. 

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Película de la que Woody Allen pudo haberse inspirado fácilmente para hacerse cargo de A roma con amor (2012), Vacaciones en roma peca en algunos tramos de lo mismo que la obra del neoyorkino: estar más cerca del folletín turístico que una película con un argumento sólido y consistente. Sin embargo, conviene recordar que, por encima de todo, estamos ante un gran cuento de hadas y que, como tal, hay que dejar pasar por alto cierta suspensión de la credibilidad. No obstante, el director juega muy bien sus cartas, y lo que se nos dibuja como la típica fábula de la princesa y el plebeyo, se convierte en sus últimos minutos -Wiler en estado puro- en un relato nada condescendiente, incluso retorcido, sobre la pérdida. El director, implacable y retorcido, golpea con dureza al espectador -difícil de olvidar ese travelling de un Joe que, desolado, se detiene echando la vista atrás, esperando un imposible- recordando que los cuentos de princesas, en ese mundo real en el que súbitamente vuelve a situar a sus protagonistas, no existen y que, cuando parecen ocurrir, al final lo único que queda es el valor del recuerdo; la certeza y la satisfacción de que alguien, alguna vez, nos cambió la vida. 

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