El bígamo

Haciendo honor a su título, El bígamo (Ida Lupino, 1953), es una historia en la que su protagonista, Harry Graham (Edmond O´Brien), mantiene una relación extramatrimonial; un hecho que puede antojarse excesivamente trillado en la actualidad pero que, en el contexto en el que se rodó la película, supuso explorar una vía temática poco transitada y polémica; unos tiempos en los que mantener una relación con una persona fuera del matrimonio, además de ser inmoral, estaba considerado ilícito. La directora y actriz -que encarna en esta ocasión a Phyllis Marin, la amante que el protagonista conocerá en Los Ángeles, ciudad a la que viaja con asiduidad por motivos laborales, y con la que acabará teniendo un hijo-, ofrece uno de sus trabajos más inspirados: un drama que, principalmente, no es más que una consistente fábula de la soledad humana. En el sentido más puro y desgarrado de la palabra. Las armas que usa Lupino son, ante todo, un excelente trazo de sus personajes, perfectamente definidos. Así, el perfil de Harry, casado con Eve (Joan Fontaine en uno de sus mejores trabajos, junto con Carta de una desconocida -Max Ophlüs- o Rebeca -Alfred Hitchcock, 1940-) con la que acaba de iniciar los trámites para la adopción de un retoño, destila autenticidad, logrando meterse en el bolsillo a un público que, precisamente por la forma tan nítida de exponer las razones que le llevan a actuar como lo hace, nunca sabe si beatificarlo, repudiarlo o una mezcla de ambas cosas. 

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Trabajo concienzudo y comprometido, en El bígamo, en efecto, nunca deja de latir ese debate moral que es el que nos hace preguntarnos hasta qué punto estaría justificada, no obstante, esa conducta tan reprochable como la de un protagonista que, en el fondo, no más que un ser desamparado y falto de afecto. La película, osada, nos hace compadecernos no sólo de él, sino de las propias Phyllis y Eve, quizá tan solitarias como Harry, hecho al que se suma que ignoran la doble vida que lleva el hombre que parecen idolatrar. Dicho lo cual, conviene hacer varias apreciaciones a su trama: en el lado negativo, no se entiende -ni termina de estar justificado-, la completa obsesión que el jefe de la agencia de adopción ponga tanto empeño en investigar al protagonista, por mucho que su trabajo sea indagar en las circunstancias personales de sus clientes. Asimismo, a pesar de contar con una temática caracterizada por su potencial dramático, la cineasta no termina de abrazarse por completo a ella, desaprovechando la ocasión de haber filmado un trabajo mucho más compacto y desgarrado del que finalmente resulta. Por último, el film no puede evitar desprenderse de esa sensación de previsibilidad, encargada de privar a El bígamo de cualquier giro narrativo sorprendente.

En el otro extremo de la balanza, es de justicia destacar la valentía de Lupino, que supo construir una película en torno a uno de los temas tabú en el orden social americano de mitad del siglo XX. Lo hizo, además, con garbo, desde una óptica nada gratuita, interesándose especialmente sobre las consecuencias morales, humanas y sociales de este hecho. En esta línea, conviene destacar uno las discursivas frases que ponen el broche de oro a El bígamo, pronunciada por un juez: “cuando un hombre, incluso con sus mejores intenciones, viola las leyes morales de nuestra sociedad, no necesitamos leyes hechas por el hombre para castigarle. Se dará cuenta que la sentencia de un Tribunal siempre es el menor de los castigos”. Un instante de gran cine que, por su crudeza y por la académica dirección de una mujer que se convirtió en la única directora del Hollywood de la época y la primera en dirigir un film de cine negro –El autoestopista (1953)-, quedará grabado a fuego en el espectador. Mítico instante al que se suma otros perdurables momentos como en el que se nos muestra las mansiones de lo más granado del mundo del espectáculo de la época -Oscar Levant, Barbara Stanwyck o Louella Parsons, entre otros-.

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A modo de curiosidad destacar que Collier Young, uno de los tres guionistas del film, estuvo casado con las dos actrices principales -Fontaine y Lupino- y que, además, tiene un breve cameo en una película que nos recuerda, por cierto, que hay más matrimonios bígamos de los que la gente imagina. Pero en resumidas cuentas, lo que El bígamo nos viene a decir es que, toda esta infinidad de casos, son tan personales que, antes de ser juzgados por esa sociedad -incluso por las leyes-, merecen ser analizados en su contexto. Quizá no dejen de ser inmorales, pero al menos se hablará con conocimiento de causa, sin ese afán desmesurado por criticar de una sociedad quizá no menos corrompida que el propio bígamo. 

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