Carta de una desconocida

Situada a la cabeza del ranking de la mejor cosecha cinematográfica de su década, Carta de una desconocida (Max Ophüls, 1948), es un singular, apasionante y delicado viaje en el tiempo en el que se nos narra una sugestiva fábula acerca del amor no correspondido. Con la imborrable frase de: “Cuando leas esta carta, puede que haya muerto. Si esta carta llega a tus manos, verás que fui tuya sin que tú siquiera supieses que existía” comienza uno de los flashback que mejor reflejan el sentimiento amoroso que se hayan rodado jamás, poniendo de relieve además el marcado carácter trágico de una obra adaptación de una novela de Stefan Zweig -pero que bien podría haber sido escrito por el mismísimo Shakespeare, especialmente por su amargo y nada condescendiente tramo final-. En efecto, pocas veces antes (y después) se había reflejado en la gran pantalla lo que realmente significa enamorarse, tal y como refleja de forma nítida su pulido primer cuarto de hora, periodo de tiempo en el que aspectos como la ilusión o el hecho de idolatrar a la persona amada ocupan el primer término. 

Carta de una desconocida - Ophüls 1

En la que fue una de sus mejores interpretaciones, junto a la eterna Sra. De Winter en Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), Joan Fontaine encarna a esa joven esperanzada, perserverante e inocente -que no frágil: nadie medianamente frágil soporta lo que aquí aguanta su protagonista- llamada Lisa Berndle, quien, en plena Viena de principios del S.XX, no tardará en enamorarse de su nuevo vecino: el atractivo concertista de piano Stefan Brand (Louis Jourdan). Entre ambos surge un breve romance que marcará la vida de ambos de forma muy dispar: mientras que Brand no tarda en olvidar ese capítulo de su pasado, Lisa continúa, años después, perdidamente enamorada de ese hombre que la marcó para siempre siendo una adolescente. Estamos, pues, ante un film vertebrado en torno a una temática tan recurrida como es el amor no correspondido. Sin embargo, en manos de Ophlüs, director que conocía muy bien el universo femenino tal y como atestiguarían las posteriores Almas desnudas (1949) o Lola Montes (1955), Carta de una desconocida se aleja del tópico y se convierte en algo genuino, gracias en buena medida a su genial estructura narrativa y su extraordinaria recreación de una época dominada por los convencionalismos o la diferencia de clases. En efecto: uno de los puntos fuertes de este largometraje es su ambiciosa puesta en escena que, gracias a unos decorados desbordados de simbolismo, ayudan a la hora de penetrar en la psicología de sus personajes; unos roles que, tal y como le sucede a la pareja protagonista, evolucionan de forma extraordinaria a lo largo del metraje, algo en lo que tiene que ver mucho unas líneas del guión que, por su eficaz capacidad de definir a los personajes, han quedado para la posterioridad.

Dueña de una fuerza colosal a la hora de transmitir emociones y romántica hasta la médula, Carta de una desconocida -que contó con un notable remake en 2004, de mismo título, dirigido por Xu Jinglei- es una obra que golpea a los amantes de las historias con trasfondo, al tipo de espectador que le gusta ir más allá y descubrir nuevas emociones con cada visionado, motivo por el que habrá quien piense que estamos ante una obra cursi e, incluso, intrascedente. ¿Intrascendente? Muerte, distanciamiento, sentimientos perdidos y encontrados, indiferencia, soledad, represión, fantasmas del pasado… son sólo algunos de los nada complacientes temas centrales que recorren de punta a punta la obra, todos agitados y servidos bajo la mano maestra un director que, para más inri, termina de ganarse al público mostrándose sobrio en cuanto a los detalles más escabrosos de la novela original. Al final, el resultado, toda una lección de elegancia y buena gusto, transpira toneladas de verdad. 

LetterFromAnUnknownWoman-1T11[1]

Todo un ejemplo de depuración y condensación de los hechos -es imposible mostrar más en menos tiempo-, los poco más de 80 minutos de Carta de una desconocida se hacen cortos. Narrada con buen pulso y haciendo gala de una irreprochable realización -ahí está esa predilección por los plano secuencia o la técnica de filmar escenas tan imborrables como la de ópera, donde Ophlüs vuelve a demostrar su peripecia a la hora del manejo del objetivo de la cámara acercándose, irrefutable solidez mediante, al desangelado rostro de una Lisa que parece haberlo perdido todo-, la sobrada capacidad de satisfacción de este gran melodrama clásico está fuera de toda duda. Quiénes todavía lo duden, no tiene más que aprender a capturar su implacable moraleja: aquél que ama de verdad, nunca olvida. 

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