El imperio de los sentidos

Esa generación que surgió en el cine nipón caracterizada por su humanismo y por su amor por la naturaleza, encabezada por directores de la talla de Ozu, Kurosawa o Mizoguchi -responsables de obras sin las cuales el cine no sería lo que es actualmente como El sabor del Sake (1962), Rashomon (1950) o El intendente Sansho (1954)- dio paso a la denominada Nueva Ola del Cine Japonés. Un movimiento que tuvo al transgresor e inconformista Nagisa Ôshima como uno de sus mayores iconos, principalmente por películas como El imperio de los sentidos (1976), obra que sólo podrán ser capaces de saborear, en su plenitud, aquellos que se muestren reacios a considerar al cine erótico como un género menor dentro del séptimo arte; sólo desde esta perspectiva se capturará toda la grandeza que encierra una obra tan personal, tan vanguardista y tan poco apta para todos los públicos como esta. Tan osada y polémica como su propio director, El imperio de los sentidos supuso la consagración a nivel mundial de Ôshima, gracias a la ácida e, incluso, denodada mirada que ofrece ante su conflicto: el irrefrenable y malsano apetito sexual de una pareja de amantes llevado hasta sus últimas (y demoledoras) consecuencias. 

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Estamos, pues, ante un relato de obsesión sexual, de la imposibilidad de reprimir los instintos primarios y de, en efecto, cómo las consecuencias que de ellos se derivan van deformando y alterando mentalmente a sus protagonistas. Altamente erótica -algunas escenas incluso podrían catalogarse como pornográficas-, habrá quien la interprete, no obstante, como una bizarra historia de amor, donde el contacto carnal y la fuerza del deseo es más fuerte que cualquier otra cosa. Además, considerarla una obra adelantada a su tiempo no es una afirmación gratuita si comprobamos que el director, para sumergirnos en su particular viaje pasional, recurre a aspectos como el vouyerismo, las orgías, el sadomasoquismo, la homosexualidad -temática que exploraría en su último film, Gohatto (2010)- violaciones, sumisión e, incluso, un absolutamente innecesario brochazo de pederastia que aún hoy puede empañar una obra, en ocasiones, víctima de sus propios excesos. En definitiva, un arsenal de elementos perfectamente engrasados con el objetivo, entre otros, de desafiar el rígido conservadurismo de una sociedad tan enclaustrada como la nipona. Porque, por encima de todo, El imperio de los sentidos es una obra que respira libertad, que no responde a ningún arquetipo previamente fijado y en la que, sólo por el hecho de las mil y una licencias creativas que se permite su director, dilapidando los tabúes de su época -fue el primer film con sexo real del país-, bien merece una oportunidad.

De vocación exhibicionista y con esencia malsana y fetichista, la película que dio lugar a El imperio de la pasión (1978) -por el que el Ôshima logró el premio al Mejor Director en el Festival de Cannes-, nos ofrece escenas tan inclasificables como el instante de la protagonista expulsando un huevo de su vagina o esa amputación final que admite más de una lectura. Por otro lado, a pesar de que a nivel técnico no es especialmente subrayable -la fotografía y la (sobria) puesta en escena, dejan mucho que desear-, lo que conviene recordar de El imperio de los sentidos, pieza también galardonada en Cannes con el Premio Internacional, es su determinación por abolir las estructuras fílmicas clásicas del cine japonés y crear nuevas vías, nada adocenadas, de exploración tanto temática como visual. Además, su influencia en películas posteriores es innegable, siendo El último tanto en París (Bernardo Bertolucci, 1972) o Garganta Profunda (Fenton Bailey & Randy Barbato, 2005) las más reconocibles. 

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Audaz y rodada sin que la menor interferencia de la censura de la época , lo que pocos saben es que Ôshima retrató en El imperio de los sentidos un caso real que conmocionó a la sociedad japonesa de la década de los 30: el protagonizado por la prostituta Sada Abe que asfixió de forma erótica a su amante para, posteriormente, amputarle sus genitales, un hecho por el que fue encarcelada. Pero, más allá de su caso real, no puede pasar desapercibido el carácter inconformista de una película que sí, provocará el distanciamiento de aquellos que no comulguen con este tipo de cine, tan poco corriente, comercial y, por qué no decirlo, incluso desagradable, pero que hará las delicias a los que estén dispuestos a dejarse sorprender, a dejarse llevar por sus cinco sentidos. Y es que nunca un título de película había reflejado de manera tan fiel el espíritu de la misma. 

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4 pensamientos en “El imperio de los sentidos

    • totalmente de acuerdo con tus palabras, una película a revisar cada cierto tiempo. Atrevida, valiente y sin complejos. La demostración de que el cine erótico-sexual puede ser tan digno como cualquier otro. Un abrazo!

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