El secreto de sus ojos

Cuando Juan José Campanella dirigió Luna de Avellaneda (2004) hubo quien lo interpretó como una película menor -a pesar de que con Campanella sucede lo mismo que con Woody Allen: cualquier película menor resulta igual de recomendable-, dentro de una filmografía en la que figuran obras tan redondas como El mismo amor, la misma lluvia (1999) o El hijo de la novia (2001). Cinco años después, el aclamado cineasta argentino se puso al frente de El secreto de sus ojos (2009), con la que volvió a demostrar que era uno de los grandes. En la que fue su primera adaptación de una novela –La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri, que se convirtió en coautor del guión junto al propio cineasta-, Campanella no renuncia a algunos de sus temas de cabecera, como la pasión, la nostalgia y el amor, aunque en esta ocasión desarrolla estos conceptos dentro de una mixtura de géneros tan arriesgada como envolvente. A medio camino entre el thriller, el drama y con serios (y necesarios) tintes de cine social puro y duro, El secreto de sus ojos es una película en la que, por encima de todo, destaca una trama sentimental que, además de ser la encargada de abrir y cerrar la obra, es la que otorga ese halo de esperanza al descompuesto panorama social de un país azotado por la dictadura militar.

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El director nos transporta al Buenos Aires de mitad de la década de los 70, época en la que Benjamín Espósito (Ricardo Darín), empleado de un juzgado de la capital, investigó un brutal asesinato. Treinta años después, recién jubilado, decide escribir una novela que le hará revivir dicho suceso pero que, además, le hará recordar también a Irene (Soledad Villamil), su jefa de entonces, a la que ha amado en silencio durante tres décadas. Ambos actores, que ya coincidieron en El mismo amor, la misma lluvia, encabezan una trama trufada de viajes temporales, en la que se combinan de forma magistral pasado y presente, hecho por el que es posible que al espectador se le antoje estar presenciando un relato inconexo, difícil de seguir. Sin embargo, lo que en un principio parece su principal handicap, más tarde se convierte en una de sus mayores bazas: plenamente consciente de la densidad argumental de su proyecto, Campanella va regando su relato con un sinfín de cabos sueltos que, con tesón y sin apenas esfuerzo, va hilvanando, encajando las piezas de un apasionante rompecabezas y difuminando, en efecto, cualquier impresión de desunión. Y es que es El secreto de sus ojos un film lleno de matices, imposible de resumir, preso de una riqueza de significados que obliga a un segundo visionado, especialmente por los (serios) brochazos, de autenticidad pasmosa, que el director da sobre temas tan espinosos como la corrupción política, la falta de sensibilidad de los órganos de poder, la ausencia de compromiso social de una institución tan relevante como la Justicia, y el demoledor retrato de un país en el que los abanderados de la libertad -tal y como hace el personaje de Espósito-, debían de exiliarse para seguir con vida. Además, consigue trasladar al espectador preguntas que laten durante el metraje, como el hecho de cómo es posible que un partido político -en este caso, el peronista- fiche en sus filas a un asesino o, además, sobre si es ético tomarnos la justicia por nuestra mano?

Película oscura, repleta de instantes para enmarcar, por encima de la crítica sociopolítica que recorre de punta a punta el metraje, lo que subyace es una delicada historia de amor que, como las auténticas, permanece impermeable al paso del tiempo o la distancia. Dicha trama sentimental, en la que el director extirpa cualquier atisbo de cursilería, es la encargada de insuflar de una madurez desmedida -ese manejo de los silencios, de las miradas- un relato ya de por sí increíblemente juicioso, milimétricamente trazado. La química que destila Darín y Villamil, auténticos monstruos interpretativos, engrandece una obra soberbia, sin paliativos. Así lo atestiguó tanto público -que la convirtió en una de las películas argentinas más taquilleras de la historia-, como crítica, haciéndose con el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa como máximo estandarte. 

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Pero, si en el plano argumental es soberbia, en el plano artístico lo es aún más, gracias especialmente a una soberbia dirección de arte, una fotografía llena de contrastes y de vida propia, y la partitura melódica y solvente de Federico Jusid. Sin embargo, lo más destacable es ese plano secuencia que comienza con una toma aérea de un campo de fútbol, un auténtico prodigio técnico, no sólo por su larga duración, sino por su ambición y la complejidad de su grabación para la que fueron necesaria 3 días y 2 años de preparación previa. Una película que, a pesar de algún rasgo discutible del guión -como la facilidad de localizar al presunto asesino en un campo de fútbol, en medio de miles aficionados- resulta rabiosamente lúcida, invita a la reflexión y termina convertida en una de las más hermosas y comprometidas fábulas sobre el amor jamás rodadas. Pocas veces se sienten tantas ganas de aplaudir cuando llegan los títulos de crédito. 

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