María y yo

A la interminable (y necesaria) lista de documentales capaces de diseccionar, con mayor o menor tino, algún tipo de discapacidad, viene a agregarse María y yo (Félix Fernández de Castro, 2010). Sin embargo, este conmovedor documento audiovisual basado en el cómic de Miguel Gallardo y que pivota en torno a María, una niña diagnosticada de trastorno autista, se distancia de sus homólogos gracias a su férrea y singular personalidad. En primer lugar, el enfoque -tierno, humano, con ese aureola de vitalidad que engrandece la película- con el que el director observa este drama hace olvidar que, en efecto, nos está contando algo de naturaleza trágica. De Castro lo consigue al elaborar más una radiografía de la relación que tiene la joven con sus progenitores que de la propia enfermedad mental en sí. En este sentido, la complicidad que se establece entre María y su padre -el verdadero grueso del documental-, resplandece sobre un conjunto ya de por sí lo suficientemente sólido y robusto como para que el personal, sin dejar nunca de tomar conciencia sobre lo que esconde la superficie, se encariñe con ese hombre que va más allá del referente absoluto.

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Sin artificios de ningún tipo y haciendo gala de un humanismo atronador, el realizador barcelonés acierta al buscar la empatía del espectador dirigiendo el objetivo de su cámara en un viaje que María y su padre hacen a un centro turístico en el sur de Granada. Allí, de la forma más pulcra, menos edulcorada y más original del mundo -de hecho, hasta el típico álbum de fotos es reemplazado por un cuaderno de dibujo-, filmar el día a día, entre dos seres que se quieren -sólo hay que ver el afecto que se profesan en escenas tan admirables como la de la piscina, al ritmo de Batiskafo Katiuscas, de Antònia Font, una canción tan magistral como La marea, de Vetusta Morla, otro acierto – pero que, por encima de todo, son de carne y hueso. Así, que la voz en off del padre de María, hilo conductor de la función, se haga referencia a gestos tan cotidianos en la vida de su hija como que su comida favorita son los spaguetti o que es capaz de recordar todas los nombres de las personas que pasan por su vida, ayudan a conectar con el personaje También lo es el hecho de que gran parte de su puesta en escena transcurra en espacios abiertos, hasta el punto de que funcionan como un personaje más de la trama. Algo naca casual, ya que pocos lugares como el mar, con su pureza y su energía renovadora, pueden simbolizar con esa plenitud las ansias de vivir, la libertad y el vigor que recurre de punta a punta un documental que parece salir del alma. 

Los imaginativos gráficos, dibujos animados, grabaciones caseras y el mero testimonio a cámara -de la madre, que protagoniza uno de los instantes álgidos del film cuando confiesa que presentía que algo no iba bien cuando notaba que su hija no le quería- que se van sucediendo a lo largo de María y yo refuerzan una historia ya de por sí lo suficientemente potente como para quedar hipnotizados por su fuerza durante sus genialmente medidos 80 minutos. La narración, que opta por no correr más riesgos de los necesarios y ceñirse a la estructura convencional -que no tópica-, presume de delicadeza, contención y una total alergia de detalles escabrosos al tiempo que no se priva en reflejar los aspectos más severos de la enfermedad, como es el hecho de gritar en público. Además, también hay espacio para la crítica social en escenas donde el padre asegura que “a veces veo cosas que no me gustan en las caras de la gente que miran a María” o ese otro instante en el que hace referencia a la imposibilidad de que su hija sea educada en un colegio con compañeros exentos de deficiencias mentales puesto que, debido a lo crueles que pueden ser los niños, no sería bien acogida. 

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Nominada al Goya al Mejor Documental, María y yo es, por su sensibilidad, compromiso y garra, un paso decisivo dentro de los documentales de temáticas social de nuestra industria; propuestas como esta no sólo engrandecen el cine español  -como ya lo hizo hace unos años su homóloga Yo, también (Álvaro Pastor & Antonio Naharro, 2009)-, sino que además ayuda a ese espectador con un mínimo de humanidad a empatizar con la imparable realidad del autismo; un espectador al que María, a la que muchos todavía habrán que compadezcan, será paradójicamente la que les proporcionará le dará las ganas de vivir, la positividad, que personas erróneamente llamadas normales necesitan. 

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