Los chicos del maíz

El hecho de no ser, ni de lejos, la mejor adaptación cinematográfica de una novela de Stephen King, es un apunte no resta mérito a la capacidad de Los chicos del maíz (Fritz Kiersch, 1984) para provocar pánico en el espectador. Auténtico clásico del terror gestado dentro de esa oleada de títulos del género que dio la década de los ochenta -con Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984) o Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) como máximos referentes que, como la propia Los chicos del maíz, también derivaron en una lista interminable de lamentables secuelas-, estamos ante una de las películas más perturbadoras de la época, condición que permanece inalterable a pesar de que en algunos aspectos -principalmente en lo referido a efectos especiales y visuales- no ha soportado muy bien el paso del tiempo. Y eso que su esencia temática ya fue explorada en producciones anteriores como ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960) o La profecía (Richard Donner, 1976).

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La idea que King desarrolló en su relato corto Children of the Corn (1978), de que los niños de un pueblo de Nabraska, siguiendo las órdenes satánicas de una comunidad religiosa, se dediquen a matar a sus padres, resulta terrorífica, y es llevada a la gran pantalla de manera eficaz. El resultado es una muy digna cinta de serie B que sorprende por lo bien que administra la tensión y, muy especialmente, por un director que sabe cómo ingeniárselas para conseguir una atmósfera tan anómala como opresiva. Siguiendo una estructura bastante convencional, Los chicos del maíz se inicia con uno de los prólogos más impactantes de la historia del género, gracias en buena medida por una perturbadora banda sonora que, por méritos propios, se convirtió rápidamente en una de las señas de identidad más reconocibles de la obra. La opera prima de Kiersch también es recordada varias décadas después de su estreno por su buen trabajo de casting, especialmente por el admirable trabajo interpretativo de un John Franlkin encargado de dar vida a Isaac, el líder de esta secta que profesa el culto a la sangre, y de su carismático compañero pelirrojo Courtney Gains. No obstante, también habrá quien no haya podido olvidar esas iconográficas estampas de esos infinitos maizales, laberínticos y recónditos, que todavía hoy siguen provocando más de un susto, por el color rojo de su cartel promocional o por esa mano empuñando esa hoz que instantáneamente se convirtió en el emblema del film.

En cuanto a la lógica interna de la trama, es evidente que Los chicos del maíz, como muchas películas del terror, no conviene tomársela demasiado en serio; así, aspectos tan inverosímiles como que la policía no investigue lo que está sucediendo en el pueblo, la absoluta falta de turistas a este lugar -por mucho que los malvados niños se dediquen a cambiar las señales de tráfico- o la manía del protagonista con dejar sola a su mujer -un guiño a la ya citada ¿Quién puede matar a un niño?, donde ocurría exactamente lo mismo- son del todo incomprensibles, aunque no dejan de estar dentro de esas licencias narrativas que una cinta de terror puede permitirse para desarrollar su idea creativa y, por ende, cumplir su fin último: dar miedo. Lo que ya es más discutible es que la película no profundice en la psicología no ya sólo de sus personajes principales, Burt (Peter Horton) y Vicky (Linda Hamilton), sino de sus pequeñas criaturas, las responsables de que haya quien interprete que lo que verdaderamente subyace en Los chicos del maíz sea una crítica contra los fanatismos religiosos. No obstante, en este sentido la cinta deja escapar una ocasión de oro para adentrarse en el mundo de las sectas locales extremistas que adoctrinan sin piedad a sus habitantes -a pesar de la muy apropiada escena del comienzo en la que la pareja protagonista sintonizan en su coche varias emisoras donde diversos predicadores se explayan-.

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Los chicos del maíz, un rotundo éxito en taquilla en su época, desprende un encanto que permanece inalterable con el paso de los años. Cierto es que resulta injusto encuadrarla dentro de la primera liga de las películas de terror -principalmente por la escasez de medios técnicos y económicos con la que fue rodada -, pero también lo sería no reconocer todo el arsenal de virtudes de una cinta por la cual no son pocos los que todavía no se atreven a pisar un campo de trigo. 

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