Los ojos de Julia

En el cosmos hipersaturado de thrillers contemporáneos -la mayoría más cerca de la vergüenza ajena que de su capacidad para ser tomados en serio-, todavía se elaboran propuestas que a uno le devuelven la fe en el género. Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010), es una de ellas. Impecable ejercicio de suspense de una obra que, a su vez, se atreve a conjugar diferentes registros -de hecho, está más cerca de ser una fábula sobre el sentimiento amoroso que una cinta de intriga al uso, lo que evidencia lo atípico de su naturaleza-, la segunda película del director de la también notable El habitante incierto (2005) desarrolla su entidad cinematográfica bebiendo indisimuladamente de films como Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) o Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967), lo que no resta un ápice al mérito de un director que demuestra manejar gran parte de los recursos del género para mantener enganchado al espectador en todo momento. Sobre todo a la hora de desarrollar esa atmósfera inquietante e incómoda que ayuda a potenciar ese clima de indefensión, soledad y oscuridad en el que se mueve, con la misma dosis de temeridad y arrojo, su fuerte personaje femenino protagonista.

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Una inconmensurable Belén Rueda -toda una experta en un tipo de personajes a los que sus directores se empeñan en martirizar, como ocurría en El Orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) y en El cuerpo (Oriol Paulo, 2012), films de la misma productora que la que aquí nos ocupa-, interpreta a Julia, una mujer que se embarca en la nada fácil tarea de averiguar los motivos que han llevado a su hermana gemela a suicidarse. Con la única compañía de su marido Isaac (Lluís Homar) y luchando contra una enfermedad generativa en la vista que amenaza con dejarla ciega, deberá enfrentarse a una presencia invisible que llegará a donde haga falta para atormentarla. Con tan potente material de partida, Morales escribe a cuatro manos -junto a Oriol Paulo-, un guión que, a pesar de su falta de consistencia y a su buen puñado de situaciones inverosímiles -esa manía, por parte de la policía o de su propio marido de dejar sola a una protagonista convaleciente-, sabe cómo mantener tensión de principio a fin deambulando por los recodos más temerarios del ser humano. Así, Los ojos de Julia se sirve de temores como el miedo a la oscuridad o el hecho de sentirnos amenazados por algo o alguien que desconocemos para conseguir minutos de auténtico terror.

Por el camino, también se nos ofrece un buen puñado de iconográficas escenas, como ese cuchillo a punto de atravesar las pupilas del personaje central o el glorioso momento, realzado por la música de Fernando Velázquez –Lo Imposible (J.A.Bayona, 2012)-, que aporta una perspectiva -nunca mejor dicho- universal, en el que Julia se mira al espejo y descubre la infinidad del cosmos ante sus ojos. Instante, éste último, de una belleza sobrecogedora y donde se termina de dejar patente la encomiable peripecia técnica de la película, especialmente en los apartados de fotografía e iluminación. Producida por el eficaz Guillermo del Toro, es justo definir a Los ojos de Julia como un ejercicio de suspense de gran calibre gracias, además del buen hacer de una Belén Rueda que lleva sobre sus hombros todo el peso de una película que le exigió entregarse en cuerpo y alma, a su capacidad de mostrarse imaginativa durante todo su metraje. Es por ello que se antoje casi imprescindible un segundo visionado para terminar de capturar todos los pliegues narrativos, todo ese conjunto de pequeños detalles de la obra que pasan (casi) inadvertidos la primera vez. Pero, sin duda, el gran valor remarcable de la película es su implacable mensaje final, casi un alegato a que las personas busquemos la forma de diferenciarnos del resto, de potenciar aquellos rasgos de nuestra personalidad que nos distingan de la masa… aquellas cualidades, pues, por las que evitemos ser prescindibles y, en última instancia, invisibles. Esta idea de sustentar la película en un guión con múltiples lecturas, a medio camino entre la metáfora y la fantasía, ya se exploró en El orfanato y, más recientemente, en Fin (Jorge Torregrossa, 2012).

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En definitiva, una angustiosa propuesta en la que Morales ha sabido resucitar con acierto algunas de las señas de identidad más reconocibles del thriller, con el valor añadido de que gustará también a los que no sean seguidores del género gracias a una hibridización temática francamente original. Los ojos de Julia, que parte con uno de los comienzos más contundentes que se recuerden, nos garantiza instantes de contagioso (y desasosegado) placer, nos ofrece vibrantes giros de guión -algunos más acertados que otros-, un mimo absoluto de todos y cada uno de sus fotogramas y una nueva presencia de la siempre soberbia Julia Gutiérrez Caba. Todo ello rematado por un broche de oro impecable por el que la obra termina de coger sentido y acaba transformándose en algo grande, en casi un acontecimiento fílmico. 

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2 pensamientos en “Los ojos de Julia

  1. Personalmente la escena que más me ha gustado de toda la película por considerarla una buena idea y con la cual identificaré el film en un futuro, es la de la cámara de fotos cuando ayuda a que la oscuridad temporalmente desaparezca y por segundos pueda verse en la casa, en la ultima parte del film.

    Muy buen post Pablo, a seguir así.

    ¡ Seguimos online !

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