Una verdad incómoda

Transformar en un aclamado documental un punto de partida tan poco cinematográfico como una mera conferencia y que, además, el resultado resulte enormemente atractivo y estimulante es el principal logro de Una verdad incómoda (Davis Guggenheim, 2006). El famoso activista medioambiental y ex político Al Gore se sitúa al frente de esta charla discursiva cuyo principal objetivo es alertar de las fatales consecuencias que el calentamiento global podría producir -y, de hecho, ya está produciendo- en nuestro planeta. Como si de una amena lección de geografía se tratase, el documental va desgranando las causas que han originado situaciones tan directamente relacionadas con el calentamiento global como el cambio climático y el efecto invernadero, apoyándose sólidamente en un excelente uso de diapositivas, datos estadísticos, impactantes fotografías de catástrofes naturales, citas famosas, material de archivo o, incluso, dibujos animados. Recursos, todos ellos, encaminados a exponer el tema principal de la manera más transparente y clarificadora posible, al tiempo que potencian el hecho de que el espectador tome conciencia de una tragedia que, tal y como se llega a puntar en el mismo, no es política, sino moral.

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En efecto, a pesar de que esta clase pedadógica acerca del cambio climático se revele como una obra valiente a la que no le tiembla el pulso a la hora de poner nombre y apellidos a los máximos responsables de esta situación – con especial atención al Ex-Presidente George W. Bush, o a países como Australia y Estados Unidos, a los que acusa de no ratificar el protocolo de Kyoto -, Una verdad incómoda está muy lejos de ser una pieza partidista, tal y como creen algunos por el simple hecho de que su conferenciante -galardonado un año después con el Premio Nobel de la Paz gracias, en parte, a esta conferencia que ha impartido en más de 1.000 ocasiones por todo el mundo- haya sido vicepresidente de los EE.UU entre 1993 y 2001 o quedara derrotado frente al propio Bush en las elecciones, de forma, eso sí, poco transparente y con escaso margen de diferencia. Críticas injustas para un personaje involucrado especialmente en el tema, capaz de arrojar la luz suficiente sobre un tema al que nunca se le había prestado la suficiente atención entre la mayoría de la población y, también, en materia cinematográfica. 

Pasando por alto las incursiones demasiado personalizadas en la figura de su narrador -que, a pesar de explicar las causas que han llevado a involucrarse tanto a Al Gore en su lucha contra el cambio climático, chirría un poco al lado del mensaje que la obra pretende transmitir-, lo que queda en Una verdad incómoda es un documental muy entretenido, que hace gala en todo momento de un ritmo narrativo envidiable y del que se desprende, a pesar de sus tintes alarmantes y catastrofistas -que no irreales- del film, un mensaje de esperanza: aún estamos a tiempo de paliar el desolador paisaje que dibujará al planeta Tierra en los próximos 50 años si no conseguimos disminuir los niveles de Dióxido de carbono. Y, visto que los políticos no sólo demuestran una pasividad alarmante ante ese asunto, sino que además algunos incluso tachan al cambio climático de un simple mito, los que nos debemos de hacer cargo del mismo somos los ciudadanos de a pie. Cuestiones que pululan a lo largo de sus condensados 90 minutos como la deforestación de la selva amazónica en América del Sur, el derretimiento del Polo Norte o cómo la Antártida -la mayor superficie de hielo del planeta-, podría encontrarse en peligro de extinción, son algo que todavía, en la medida de lo posible, se pueden evitar. 

El secreto de la intensidad de Una verdad incómoda –ganador del Oscar el Mejor Documental- es que, además de que no tardamos en concienciarnos de su problema de fondo -quizá porque incide en nuestro futuro-, y de que nos transmite la información de manera muy cercana, y directa, empatizamos con el gran carisma de un Al Gore que acierta al introducir, estratégicamente, finos golpes de humor -negro- con los que hacer más digerible una obra de incuestionable intensidad. Bienvenidos sean trabajos que favorezcan al cambio mentalidad de una gente que, en los fantásticos títulos de crédito finales -realzados por la contundente y oscarizada canción I need to wake up, de Melissa Etheridge-, dispondrán de una infinidad de medidas a adoptar para paliar las consecuencias de un drama sobre el que hasta ahora pocos directores se habían atrevido a hablar, quizá porque el resultado, como en esta ocasión, acabaría más cerca al puro cine de terror más que al de un documental al uso. 

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