Deseo bajo los olmos

En los años 50 Hollywood vivió una edad de oro en cuanto a número y calidad de adaptaciones literarias, especialmente en el terreno del melodrama; el pistoletazo de salida a la hora de plasmar estos desgarrados relatos a la gran pantalla lo dio Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951), continuó con títulos como Sed de mal (Orson Welles, 1958) y se remató con otros como Deseo bajo los olmos (Delbert Mann, 1958). Película, una de las más notorias y más fieles adaptaciones al cine de una novela del dramaturgo Eugene O´Neill -junto a la también imprescindible Largo viaje hacia la noche (Sidney Lumet, 1962), film con el que comparte esa temática de ambiente familiar deprimente y resquebrajado que tanto preocupaba a su autor-, es un relato de alto voltaje por donde desfilan, con plena intensidad y a través de encendidos y airados diálogos, elementos como la traición, los celos, la violencia y el sexo, desafiando a una época en la que la Meca del Cine luchaba por desprenderse de los últimos resquicios de ese terrible mal llamado censura.

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Cuando Ephraim Cabot (magistral Burt Ives), un amargado anciano, decide casarse por tercera vez con el fin de dejar en la más mísera ruina a sus vástagos, Eben (un emergente e igual de extraordinario Anthony Perkins, poco antes de quedar perpetuado de por vida como Norman Bates en Psicosis -Alfred Hitchcock, 1962-), uno de sus hijos, renuncia a marcharse del hogar familiar, tal y como hacen sus hermanos, para poder así recuperar la granja que en el pasado perteneció a su madre. Sin embargo, con lo que el joven no cuenta es que vivirá un tórrido romance con su nueva madrastra, Abbie Putnam (Sophia Loren), una atractiva mujer mucho más joven que su padre. Con este potente material de partida, Mann exprime al máximo a su soberbio trío protagonista a la hora de filmar una historia que no sólo no reniega en ningún instante de su teatralidad, sino que la potencia, respetando también así el espíritu de la obra original; ahí están esos exteriores filmados en estudio con los que el director ensalza ese ambiente opresivo, casi asfixiante, que recorre de punta a punta el film, o ese empeño por explotar todas las posibilidades que ofrecen la escasez de escenarios de una película injustamente infravalorada a pesar de sus múltiples virtudes. 

A pesar de que puede ser entendida como un discurso acerca del perdón, la amoralidad o, incluso, de la desintegración familiar -ahí tenemos a un clan en perpetua lucha por la herencia-, el eje vertebral de Deseo bajo los olmos-tal y como sucedía con su ópera prima, Marty (1955)- es la soledad, en todas y cada una de sus expresiones: desde la que provoca la ausencia de una madre hasta una mujer que nunca ha conocido la felicidad, pasando por un anciano otrora dichoso, pero cuyo difícil carácter lo ha condenado al más extremo aislamiento. Esta línea temática estaría en sintonía con esa otra que representa la pasión prohibida -y consumada- entre Aben y Abbie; una pareja que se encarga de atesorar momentos tan espléndidos y de tanto aliento y valor cinematográfico como el de su primer encuentro -donde la química irrefrenable entre ellos, más que latente, se remata con esa mítica frase de: “No se puede ir contra el sol”– hasta la escena en la que la nuevamente inconmensurable e indómita Sophia Loren riega con la comida de los animales a un descamisado Anthony Perkins, cual leñador, en una de las estampas más eróticas del Hollywood de la época. Imposibles de olvidar son, además, fragmentos como el del pajar –donde no sólo se hace un extraordinario uso de la profundidad de campo y de esa optimización de los recursos de la que antes hablábamos, sino que es donde la película comienza a adquirir tintes incluso de cine negro– o la del primer beso entre ambos amantes, mientras en el exterior un vendaval simboliza la propia tormenta interior por la que atraviesan los mismos.

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Largometraje donde junto a la lujuria es también palpable cierto aroma a western, Deseo bajo los olmos es una obra concebida y rodada sin pelos en la lengua, teñida de un barniz malicioso y enérgico, pero que no hace sino hablar de la infelicidad que provoca el sentirse solo. No se entiende cómo este ambicioso -puede que no en recursos, pero sí en guión e interpretación- melodrama no tuvo más recompensa por parte una Academia de Cine que sólo la nominó en el apartado de Fotografía; tampoco hubiese sido descabellado que se hubiese alzado con la Palma de Oro del Festival de Cannes a la que también optaba un film de genuina grandeza, todavía un tanto menospreciado y desconocido, pero que conviene revisar cada cierto tiempo aunque sólo sea por el loable esfuerzo de su director por radiografiar el comportamiento humano en situaciones límite… o por esa Sophia Loren que seguía sin perder un ápice de glamour. Ni siquiera recostada en un pajar. 

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