Tenemos que hablar de Kevin

A pesar de que la adolescencia problemática ha sido un tema bastante socorrido a lo largo de la Historia del Cine -desde Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) hasta El buen hijo (Joseph Ruben, 1993)- en Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), se aprecia una firme voluntad de apartarse de los cánones del subgénero y filmar un relato con personalísima identidad. Adaptación de la novela homónima de Lionel Shriver, la directora filma un relato de amor fraternal de tintes oscuros, recónditos y, en última instancia, siniestros. El film narra el proceso evolutivo -desde el mismo periodo de gestación hasta la edad adulta- de Kevin (Ezra Miller), el hijo primogénito de un matrimonio tan aparentemente envidiable como el formado por Eva (Tilda Swinton) y Franklin (John C. Reilly). A lo largo de sus 110 minutos, la cineasta explora la compleja personalidad de un ser aquejado -ya desde sus primeros días de vida- de unas más que evidentes deficiencias mentales que, con el paso de los años, no harán sino agudizarse; en este sentido, la radiografía que elabora Ramsay acerca de la esquizofrenia y, por ende, de la locura -en el seno familiar-, es excelente.

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A pesar de que sus 30 minutos iniciales son un tanto confusos y titubeantes, salpicados por una discutida ruptura del orden cronológico de los acontecimientos, Tenemos que hablar de Kevin empieza a coger forma a partir de esta primera media hora en la que la directora parece más empeñada en impregnar a sus fotogramas de un arrebatado vanguardismo que de otorgar cierta lógica a la narración. Es entonces cuando la atmósfera de la película, termina de atrapar al espectador, tanto como su igual de hipnotizante sequedad formal. En efecto, cuando se dejan de lado estos vaivenes temporales y se nos muestra al Kevin adulto, la película gana enteros gracias a su facilidad para adentrarse en la enrevesada personalidad de un (futuro) psicópata y a su absoluto desinterés de intentar buscar una explicación lógica al la perturbación del joven protagonista; la directora, así, se empeña en dejar patente que el estado de salud mental de los seres humanos poco o nada tiene que ver con ambiente familiar en el que han sido criados, sino que es algo innato a su ser.

A milésimas de convertirse en cine social, conviene subrayar el demoledor retrato -llevado hasta el extremo- que ofrece la directora en esta (casi) pieza de arte y ensayo a la hora de reflejar la hipocresía de una sociedad que, incapaz de discernir que los padres no tienen por qué ser necesariamente responsables del comportamiento de sus vástagos y que, por ende, merecen ser juzgados aparte, no duda en crucificar al inocente. En esta línea, otro espinoso dilema que plantea Tenemos que hablar de Kevin es que cómo el enorme afecto que una madre siente hacia sus hijos es capaz de situarse por encima de toda lógica; así, mención especial merece la escena en la que Eva se funde en un emotivo abrazo con esa persona a la que ella está lejos de catalogar como un ser despiado, casi diabólico, tal y como hace la sociedad. Asimismo obliga al espectador a replantearse hasta qué punto el comportamiento del protagonista no es más que una táctica para provocar un cierto acertamiento a su madre -como finalmente sucede-, que puede respirar tranquila porque a ella jamás le sucederá nada; una línea que potenciaría el que, tal y como he apuntado, sería la base temática del film: el amor fraternal. Pero, por encima de interpretaciones y lecturas, lo que hace grande a la película de una directora es su destreza a la hora de adentrarse en el estado psicológico de sus personajes gracias a la correcta utilización de los recursos estéticos y formales, como los constantes juegos de luces, desenfoques, elementos abstractos o la propia simbología del color -destacando el uso del rojo, que viene a representar el trastorno del protagonista o la angustia de la madre, reflejado ya en ese impactante (y de tintes bíblicos) inicio ambientado en la Tomatina de Buñol (Valencia)-.

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Alardeando de una original estética, un excelente trabajo de montaje y un más que correcto uso enfático de la música, esta película de contrastes, en definitiva, se pierde por instantes en su laberinto, tarda en coger forma y nunca termina de desprenderse de su naturaleza impresivible, pero no deja de ser un innovador y muy necesario discurso (o discursos) en los tiempos que corren. Pero lo que termina de hacerla recomendable son sus irreverentes toques de genio y los acalorados debates que suscita, síntoma de su carácter abiertamente polémico. Y, en un mundo del cine cada vez más políticamente correcto, elaborar una obra que origine discusión es un lujo cada vez más exiguo. 

tan difícil de digerir

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3 pensamientos en “Tenemos que hablar de Kevin

  1. Estoy en parte de acuerdo con lo que comentas de los vaivenes temporales. Siempre ha sido un recurso difícil de explotar en una película quedando en muchas desnaturalizado. Estoy de acuerdo contigo en que esta película resulta algo forzada e ese aspecto pero creo que puede ser debido a la poca experiencia de la directora.

    De todas formas se me antoja necesario para entender por un lado, esa hipocresía social que comentas que vive la madre y por otro la génesis del personaje principal.

    Por lo demás, yo me quedo con esa sensación de turbación y de horror soterrado que transmite toda la película. El que la pelis sea tan seca ayuda sobremanera a eso. Una “quietud” bien hecha puede transmitir mucha más sensación de terror que una peli en la que sacan a la víctima siendo acuchillada mil y una veces de forma explícita ;).

    • Más o menos pensamos igual; me ha venido bien hablar contigo para darme cuenta de los “tintes bíblicos” de la escena del principio, yo no lo había pillado y eso que he visto la película dos veces! Y hay cosas que sigo sin entender eh! jaja
      Demoledor retrato de hipocresía social y crítica a la sociedad, estoy de acuerdo en que también es un relato casi de horror y de terror, yo sentí pánico en determinamos momentos. ¿Qué tal tu pack recién adquirido de cine? ¡Me lo tienes que dejar!
      Gracias por la recomendación y ya espero la próxima! 🙂

  2. Esta película la vi en el cine, y salí depresivo por la crudeza que representa. Hablar de una gran desgracia desde el punto de vista que lo sufre (la madre). Como un hijo no quiere a una madre y las consecuencias que acarrea por la masacre que realiza el niño y la gran depresión con la que se vive. Lo único negativo de la película, tanto salto en el tiempo que hace que te desoriente parte de la peli. Ahhh por cierto, recomendación amor sobre el espino blanco muy buena. En la filmoteca y en VOSE.

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