Ser o no ser

Si hay algo que  Charles Chaplin dejó patente con El gran dictador (1940) es que se puede hacer reír al público con cualquier cosa, incluso con algo tan espinoso como los regímenes totalitarios. Además, el cómico británico demostró su valentía al filmar en plena Segunda Guerra Mundial una obra que atacaba con inusitada dureza a los totalitarismos que en ese momento estaban asolando Europa. Era, por tanto, cuestión de tiempo que alguno de sus contemporáneos, tan preocupado por las cuestiones sociales y con tanto arrojo cinematográfico como él, filmase su propia sátira sobre el nazismo. Fue el caso del cineasta judío Ernst Lubitsch que, con ayuda de un brillante guión de Edwin Justus Mayer, consiguió el más difícil todavía: otorgar la etiqueta de apta para todos los públicos a su personal y fina visión de la tragedia gracias a su corrosivo sentido del humor. En unos años en los que el régimen de Hitler no sólo estaba candente sino también de plena actualidad, el director refleja, de forma ácida y contundente, este tema tan delicado con el mayor de los arrojos, logrando una de las más lapidarias críticas al nazismo.

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Espectáculo donde desfilan incendiarios diálogos y el más acertado de los sarcasmos (“Hitler no siempre se atiene a su dieta; a veces se traga países enteros…¿acaso quiere zamparse a Polonia también”), Ser o no ser (1942), título que hace referencia al monólogo de la tragedia Hamlet de William Shakespeare, se ambienta en la Varsovia de plena ocupación alemana y, además de una historia de amor a tres bandas, cuenta cómo un grupo de actores deben evitar que caiga en manos de la Gestapo una lista en la que figuran los nombres de los colaboradores de la Resistencia. Ya desde su arrollador comienzo, excelente carta de presentación en la que una voz en off -misma táctica que utiliza la igual de imprescindible Lo que piensan las mujeres (1941)- que nos contextualiza en la Polonia en la que se desarrollarán los hechos, la película advierte que no se andará por las ramas a la hora de ridicular unas formas de gobierno que, varias décadas después, aún siguen más vigentes de lo que parece. Sus 20 primeros minutos, encargados de reflejar las vicisitudes de una compañía de teatro hasta el estallido de la guerra, son magistrales. A partir de entonces, el relato funciona como una pura sucesión de gags perfectamente hilvanados por una original trama central en los que, donde además de demostrar sus actores principales su incontestable vis cómica -especialmente un Jack Benny y una Carole Lombard en el mejor papel de sus carreras, a pesar de que ésta última falleciese a la temprana edad de 33 años en un accidente de avión (dos meses después de finalizar el rodaje), por lo que Roosevelt la proclamó como la primera mujer que cayó de la Segunda Guerra Mundial-, se aprovecha el carácter mordaz, casi hiriente, de un Lubitsch del que no sería exagerado afirmar que se jugó su propia vida al usar el cine como vehículo de denuncia, como plasmación de una realidad a la que aún le quedaban unos cuantos años para su extinción.

A través de un ritmo frenético y ágiles diálogos se va desarrollando una historia que, a pesar de que su calidad de imagen y sonido no hayan soportado muy bien el paso del tiempo, es de imprescindible visionado para todos aquellos que se niegan a aceptar que se puede reflejar oscuros episodios de la Historia como el que aquí se trata sin tremendismos, con altas dosis de inteligencia y sin banalizar un ápice el asunto. Y, aunque este atrevido cóctel de típica comedia de enredo y convulso trasfondo social que recorre de punta a punta la obra confiere a la misma un sabor tan contradictorio como agridulce, no deja de ser uno de los más necesarios descensos a los infiernos del nazismo que se han rodado jamás. 

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Ser o no ser –prohibida en España hasta bien entrada la década de los 60- es el arriesgado milagro creativo resultado de un director que volvió a demostrar que es todo un maestro a la hora de provocar la carcajada en el personal -como ya demostró en El bazar de las sorpresas (1940) o Un ladrón en la alcoba (1932)-. En esta ocasión, el conjunto de hilarantes situaciones es innumerable, desde la particular visión que el propio Hitler tiene acerca de los campos de concentración hasta la escena del avión en el que el piloto y copiloto del mismo se arrojan al vacío, pasando por la punzante frase que el personaje de María Tura (Lombard) le dice a su amante soldado: “Es la primera vez que conozco a un hombre que puede soltar tres toneladas de dinamita en tres minutos”. En definitiva, una obligada crítica a los imperialismos a través de esperpénticas situaciones en las que, a pesar de lo fácil que es perderse en su compleja estructura, no deja de ser uno de los films más osados de todos los tiempos.

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