Jamón jamón

Que la juventud, el erotismo y el sexo ocupan una parte importante de la filmografía de una de las voces más singulares de nuestro cine como es Bigas Luna no es ningún secreto; si de algo dan buena fe obras como Las edades de Lulú (1990) o Huevos de oro (1993) es el notable empeño del barcelonés por perpetuar su inclasificable personalidad cinematográfica en sus trabajos; una personalidad que no entiende de pudores,  complejos, censura ni tampoco teme al qué dirán. Y, en esta línea, Jamón jamón (1992), ocupa un eslabón esencial. Obra tan excesiva como su propio director, con una puesta en escena tan visceral como realista, tan descarnada como contundente, pocas películas han reflejado mo esta las entrañas de la España cañí; un país castizo, impregnado por la pestilencia del machismo, cuyas raíces parecen contrarias a extinguirse por completo. Aunque, por encima de esta sarta de elementos tan reconocibles dentro de la cultura popular española como la dieta mediterránea -tanto el aceite de oliva, el ajo, el jamón serrano o la tortilla de patatas tienen un peso y una simbología vital en la trama-, lo que Jamón jamón nos cuenta es un potente drama donde se entremezcla la fuerza de la pasión y el deseo, con fatales resultados. 

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A lo largo de sus concisos 95 minutos, la película de Bigas Luna habla de cómo factores tan primarios como la lujuria, el sexo o el deseo femenino -una tema que se plantea sin tapujos- no entienden de clases sociales, lo que convierte a la ficción en un insólito cuadro de personajes en el que todos terminan manteniendo contacto carnal con todos. Pero Luna, que es un tipo inteligente, no cae en la gratuidad: al margen de que se le pueda ir la mano con un par de escenas sexuales y de que la maraña de relaciones entre los personajes se torne al final un tanto forzado, lo que le importa al cineasta es reflejar los discutibles valores de la España profunda -donde toda mujer esconde una prostituta y el nivel de hombría se mide por el tamaño de sus cojones-, a través de una personajes que, más que seres humanos, son animales heridos que perturban y, finalmente, conmueven. Así, el retrato casi caricaturesco que se ofrece de los roles de Raúl (Javier Bardem) o José Luis (Jordi Mollá), es deleznable, sí, pero también parecen pedir a gritos que los rescatemos, que nos apiademos de ellos. Nada de ello sería posible sin el buen hacer de estos dos intérpretes que, junto con Penélope Cruz, suponen la gran revelación de la película. No resulta desdeñable, por tanto, el carácter visionario de un director que dio la primera oportunidad ante las cámaras de los que años después se convertirían no sólo en los actores del cine español más internacionales (con permiso de Antonio Banderas), sino en los únicos intérpretes en ganar un Oscar.

Pocas veces hemos sido testigos en cine de una pareja tan magnética y disfuncional como la formada por Penélope Cruz y Javier Bardem en esta película; en sus bocas, los corrosivos diálogos de estos personajes (“José Luis le ha dicho a sus padres que no quiere casarse conmigo; y, si no me caso con él, me suicido”) penetran en el espectador y consiguen esquivar incluso la -errónea- comicidad a la que algunos les parecerá que está expuesta una película que habla de temas tan serios como el machismo, la incapacidad de amar o la mentira. Presumiendo de una inusitada fuerza, tanto argumental como visual, y a pesar de lo irregular de sus capítulos, los mejores momentos de Jamón Jamón se producen con esa Silvia bailando desatada en una discoteca ante la atenta y lasciva mirada de Raúl, o cuando la misma protagonista, en una alegórica secuencia, se protege de la lluvia con los atributos del toro de Osborne. Y, como estas, otras cuantas escenas que, pese a quien pese, ya son algunas de las más iconográficas de la historia del cine español e hicieron ganar a Bigas Luna el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia de 1992. 

El cineasta expone con diáfana claridad una película que, a pesar de su cierta falta de ambición, consigue emocionar gracias al latente un aroma melancólico de una función impregnada por los destellos cálidos y enternecedores de una partitura obra del prestigioso compositor y director de orquesta Nicola Piovani; una música que, aunque omnipresente, no consigue hacerse pesada y dota también de un cierto hálito trágico a la historia. Si a ello sumamos el igual de imprescindible trabajo del director de fotografía José Luis Alcaine y un director que sabe tocar las teclas necesarias para trascender de la mera historia romántica a una de las denuncias sociales más extremas de nuestro cine, Jamón jamón termina convertida en una de las obras cumbres de un director que hizo del exceso una virtud y de la pasión -en todas sus vertientes- su motor de trabajo. Pocos pueden negar a día de hoy el carácter descarnado de una película que, 20 años después, sigue conservando intacta su magia… y manteniendo más vivo que nunca ese vestido rojo pasión de Penélope Cruz. 

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