Una historia de violencia

Hablar de Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005) es hablar de lo implantados que están los métodos violentos en nuestro entorno; de la importancia de la unión familiar a la hora de resolver conflictos y, sobre todo, de la ambigüedad moral de una sociedad que, al tiempo que presume de pacifista, no duda en emplear las armas a la hora de resolver conflictos. De hecho, tal y como nos recordó Michael Moore en el imprescindible documental Bowling for Columbine (2002), la tenencia de armas en Estados Unidos es una realidad amparada por la Constitución. De todas formas, aunque la acción de este contundente drama esté ambientada en un pequeño pueblo americano -con cierto aroma western-, su fábula acerca de la violencia es trasladable a cualquier rincón del mundo: negar que en el expediente histórico de todos los pueblos del planeta figuran numerosas guerras o regímenes totalitarios -con sus consiguientes víctimas- es negar una evidencia. Este hecho, unido a que en la actualidad el bombardeo de imágenes violentas a la que está expuesta la sociedad es constante, cobra especial relevancia esta necesaria y tan bien trazada peripecia acerca del peso que ejerce el sexo, la familia y la violencia en nuestras vidas. 

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El aparentemente perfecto patriarca Tom Stall (Viggo Mortensen) y su esposa Edie (Maria Bello) regentan un restaurante en una pacífica localidad de Indiana. La vida transcurre con normalidad; de hecho, el director acierta al tomarse su tiempo para reflejar lo que viene a ser una familia idílica. Ni el feliz matrimonio ni sus dos hijos pueden sospechar que un día, sin motivo aparente, unos atracadores fuesen a asaltar el local. Con el fin de proteger su negocio Tom comete un doble asesinato. A partir de este momento la vida del clan familiar dará un giro radical: los medios de comunicación y la sociedad convierten al marido de Edie en un héroe, al tiempo que la tranquilidad  familiar comienza a dilapidarse cuando un misterioso hombre asegura conocer la verdadera identidad de Tom. A raíz de esta premisa argumental, Cronenberg firma su mejor película; el canadiense teje una inextricable red de secretos e intrigas donde van desfilando más preguntas que respuestas al tiempo que va diseccionando a un personaje principal tan hipnótico como fuente absoluta de debate, de dilema moral. El director, tras situarnos en un contexto tan fácilmente reconocible para el gran público como un pequeño pueblo y filmar una inmisericorde y muy realista radiografía de los devastadores efectos de la violencia en el seno familia -ahí está el hijo del matrimonio empuñando una escopeta, contaminado por el ejemplo que recibe de su padre-, intenta que el espectador tome partido en su historia: junto al tema tan hitchcockiano sobre si el protagonista es realmente un héroe o un villano, se nos obliga a responder a cuestiones tales: ¿hasta qué punto está justificado el empleo de armas de fuego? ¿Hay que trasladar siempre el paso de la venganza a la justicia? En el caso de que la nuestra vida o la de nuestros seres queridos esté amenazada, ¿es ético cometer un asesinato?  

En la narración, impecable ejercicio de suspense in crescendo, se conjugan hábilmente momentos más bien lentos con otros frenéticos, siendo fácilmente localizables esa presentación, nudo y desenlace en la que el director, amantes de la estructura clásica, divide la historia. Mención especial merece las más que justificadas escenas de sexo y de violencia que recorren el film, no sólo por su simbología y por el trasfondo que de ellas se emana, sino por estar rodadas sin un atisbo de morbo, de forma implacable y tremendamente seca. Nótese la propia evolución psicológica de los personajes, a los que el controvertido Cronenberg dota de una profunda humanidad, en la ya antológica- y muy bien rodada- escena sexual de las escaleras. Allí, ambas emociones primarias -sexo y violencia- se fusionan de una forma magistral.

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Película asombrosamente depurada, precisa y lúcida, el director ejecuta en apenas 90 minutos un áspero retrato de la doble moral americana, donde valores como la capacidad de perdón, la confianza y la redención se sitúan en un más que primer plano. Una ficción -que no lo es tanto- de gran potencialidad que es una de las más impecables reflexiones acerca de la confrontación entre el bien y el mal. Tampoco es desdeñable la sublime actuación de su compacto cuadro de intérpretes, desde los protagonistas -Mortensen logra el que es, junto con el de The Road (John Hillcoat, 2009), el mejor papel de su carrera y una Maria Bello, desnudo integral incluido, a la altura-, hasta secundarios de lujo como Ed Harris y William Hurt. Pero lo que realmente engrandece a Una historia de violencia son unos minutos finales, absolutamente desgarradores, donde el peso de unas miradas en las que se pueden leer perdón, amor, incredulidad e inocencia, es más que suficiente para expresar lo que películas enteras son incapaces. 

Tampoco conviene desdeñar

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