Pollo con ciruelas

La contención y posterior explosión de emociones sostienen los andamiajes de Pollo con ciruelas (Marjane Satrapi & Vincent Paronnaud, 2011), adaptación de la novela gráfica homónima de la propia directora, también ilustradora de éxito. Ambientada en el Teherán de los años 50, esta tragicomedia recupera la estética del cine de esta década para ofrecernos un relato acerca del poder del recuerdo, de la pérdida y del amor más allá de los infortunios del destino. Los directores de Persépolis (2007) construyen una amarga fábula que, disfrazada de tintes posmodernos y surrealista, no es más que una tragedia griega clásica pura y dura. Tras mantener una airada discusión con su esposa y descubrir que su apreciado violín está roto, el prestigioso músico Nasser Ali Khan (Mathieu Amalric) se refugia en la soledad de su habitación donde, al tiempo que hace un exhaustivo balance de su vida, plantea suicidarse. La película, pues, esbozará la radiografía de los hechos más significativos de su existencia y, sobre todo, qué es lo que verdaderamente ha llevado a este artista a tomar semejante decisión. 

Se podría decir que Pollo con ciruelas es el anti-cine, una película confeccionada para paladares que, a partes iguales, la amarán o la detestarán. Recogiendo la herencia de Amelie (Jean-Pierre Jeunet, 2001) y dueña de la estética de Las mil y una noches, algunos de sus principales lastres son un abuso indiscriminado de los primeros planos, el hecho de no sacar todo el partido posible a sus localizaciones, el servirnos demasiado frío el espíritu del cómic original y un guión excesivamente pausado y torpe -esos viajes temporales y esa maraña de flashbacks acaban por saturar al personal-que no termina de solidificarse hasta bien entrada la función; de hecho, la película juega a ser tramposa, puesto que no nos presenta al rol femenino principal -y auténtico leit-motiv de la cinta- hasta la mitad de la misma-. Algo incomprensible ya que, es a partir del instante, a raíz de que la pareja que protagoniza la historia de amor del film se conozcan, cuando el interés hacia el film aumenta sobremanera y el personal entiende que ha merecido la pena llegar hasta aquí. 

Pero es que además Pollo con ciruelas podía haber sido mucho más elegante en su exposición y en ningún momento -más allá de un par de estampas contadas, especialmente esa petición de matrimonio sobre un horizonte rosado con reminiscencias a la propia Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939)- goza de la intensidad ni el vigor escénico suficiente, a pesar de su lograda atmósfera. Por contra, se agradece la desbordante imaginación que despliega el relato así como su clara vocación de diferenciarse de (casi) todo lo viso hasta ahora, a través de una particular lenguaje cinematográfico trufado de contrastes visuales, metáforas animadas, un intrínseco surrealismo y su extraordinario equilibrio entre el drama y el humor negro. Tampoco son nada desdeñables el espectacular trabajo de montaje -que consigue, incluso, dotar de nuevos significados a la historia- y una insigne partitura que, desgarrada, plasma muy bien ese romanticismo trágico que se adueña de la segunda mitad de la película, consiguiendo instantes de abrumadora belleza. Por último, en el film también podremos disfrutar de la felizmente recuperada Isabella Rossellini (Two Lovers -James Gray, 2010)-, en un breve pero decisivo papel. 

Seleccionada para competir en el prestigioso Festival de Venecia de 2011, en su camino hacia los pliegues interiores de la personalidad del protagonista Pollo con ciruelas -título que hace referencia a la comida favorita de Nasser Ali Khan– aprovecha para lanzar algún que otro dardo envenenado contra la cultura americana y, sobre todo, para rendir un profundo homenaje a la música y, más concretamente, a su poder a la hora de evocar sentimientos y recuerdos. En definitiva, la película no es ningún hito del género pero, cuando termina de arrancar, no hay duda que se trata de una de las radiografías del desamor más honestas, pulcras y amargas -acentuado por ese fotograma final- que se hayan visto nunca en una pantalla grande.

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