Luces Rojas

Además de ganarse el respeto de la crítica especializada, si hay algo por lo que le tiene que estar agradecido Rodrigo Cortés a Buried (2010) es por su lanzamiento a nivel internacional -hecho en el que la elección de Ryan Reynolds para el papel protagonista tuvo mucho que ver-. En Luces rojas (2012), el cineasta catalán volvió a apostar por un thriller encabezado por un reparto consagrado a nivel mundial -nombres como Robert de Niro o Sigourney Weaver brillan con luz propia- y en el que, y tal y como sucediera en la claustrofóbica Buried, demuestra poseer las herramientas suficientes para mantener enganchado al espectador de principio a fin. Con un extraordinario manejo de la cámara y apoyándose en un trama francamente entretenida, Cortés firma una historia con la cultura paranormal como telón de fondo; un asunto del que se nota comprometido desde el primer instante y sobre el cual intenta no sólo plantear cuestiones sobre si realmente existen este tipo de fenómenos, sino impregnar la trama de las aristas lo suficientemente universales como para seducir a todo tipo de público: desde al más creyente al más incrédulo.

Partiendo de una idea argumental atractiva -de la cual conviene no desvelar muchos detalles- de dos profesores de parapsicología que intentan averiguar los fraudulentos métodos que emplean todo tipo de videntes y presuntos visionarios para engañar a su clientela, Luces rojas se va desvirtuando del arquetipo de película que intenta desacreditar todo lo que rodea al cosmos sobrenatural para convertirse en algo más profundo. Así, salen a la palestra debates tan exhaustivos y tan bien trazados acerca de los fenómenos paranormales como, por ejemplo, la necesidad que tiene el ser humano de creer en alguna fuerza superior, la eterna dualidad entre las pruebas empíricas -aquello científicamente demostrable- contra la fe -las propias creencias personales del individuo- o sobre qué es lo que mueve realmente a las personas a creer en una fuerza superior. 

En este línea, bebedora del cine de Shyamalan, resulta esencial el personaje de la Dra. Matheson (la felizmente recuperada Weaver en un género de la que ella es un pilar indiscutible, como demostró en Alien, el 8º pasajero -Ridley Scott, 1979-  o Los Cazafantasmas -Ivan Reitman, 1984-); escéptica y de inquebrantable personalidad en cuanto a materia sobrenatural, esta doctora es uno de los personajes que más evolucionan en la trama. Así, tras apuntar que: “después de 30 años investigando toda clase de fenómenos, aplicando los controles adecuados, aún no he presenciado un sólo milagro”, poco después confesará, abatida, todo lo contrario, al afirmar que en un determinado momento de su vida le hicieron dudar. Lo que demuestra que, como también se nos recuerda en el film, la gente culta tiene todo el derecho del mundo a creer en este tipo de sucesos, dejando nuevamente patente que, en contra de lo que pueda parecer, el discurso de Luces Rojas no es contra este tipo de fenómenos, más bien todo lo contrario, lo que no es incompatible con que nunca dejen de lanzarse dardos envenenados contra un colectivo de estafadores sin escrúpulos que se dedican a aprovecharse de la gente más vulnerable para hacer caja y que, en cierta manera, ensucian la imagen de los verdaderos médium. Porque, aunque algunos todavía se nieguen a creerlo, son infinidad los hechos -esas luces rojas- que, a día de hoy, no están amparados por explicación científica alguna. 

Trufada de imágenes repletas de sensaciones y dobles significados, Luces Rojas es una experiencia visual de primer grado desde ese contundente prólogo que consigue enganchar al espectador y no lo suelta en toda la función hasta su giro copernicano final. La cinta será recordada, además, por unas líneas de diálogos para enmarcar y por unos personajes potentes que otorgan verosimilitud e la trama. Pasando por alto que, tras una primera hora hipnótica, el segundo acto se desinfla -cuando casi todo el peso de la narración recae en Cillian Murphy-, no cabe duda que Luces Rojas puede presumir de la habilidad de un director que, al igual que esos magos de los que habla el film, consigue desviar la atención del espectador de lo que verdaderamente importante, reservándose la sorpresa para su aplastante desenlace. El resultado es una inteligente performance donde nada es lo que parece… y donde la polémica está servida.  

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