A sangre fría

Habrá quien piense que la película A sangre fría (Richard Brooks, 1967), adaptación de la novela homónima del escritor y periodista estadounidense Truman Capote, hace  principalmente referencia a la falta de escrúpulos con las que dos ex presidiarios, Dick (Scott Wilson) y Perry (Robert Blake), asesinaron en 1959 a los cuatro miembros de una familia en Holcomb (Kansas), los Clutter. Sin embargo, aunque éste es el hecho sobre el que versa la trama, el título con el que Capote dio a conocer al mundo una novela fruto de uno de los trabajos de investigación más exhaustivos que se recuerden, viene por esa sangre fría que el Estado americano aplicó sobre estos dos delincuentes; un país que, como muy bien refleja la película, se acogió a unas leyes sin fundamento ni orden moral y con la potestad suficiente para arrebatar la vida de dos seres humanos. Con semejante material de partida, no era fácil llevar a la gran pantalla una de las obras cumbres del S.XX que, más de medio siglo después, sigue siendo un texto de referencia en las facultades de Periodismo, Derecho o Psicología. Brooks, sin embargo, sale airoso de la situación, plasmando en cada poderoso fotograma y en un elogiable blanco y negro la misma intensidad con la que Capote escribió una novela que, por su importancia sociocultural, es preservada en el archivo de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

El director de Semilla de maldad (1955) o La gata sobre el tejado del Zinc (1958), filma una película separada en tres partes claramente diferenciadas: la preparación del crimen, la investigación policial y, finalmente, el juicio por los hechos. A lo largo de la descripción de cada una de estas etapas, el también guionista Brooks demuestra una admirable delicadeza al apostar por la violencia contenida, esto es, por no recrearse en ningún momento en el morbo ni en el sensacionalismo. A pesar de trasladar a la pantalla grande uno de los relatos que más conmocionaron a la sociedad americana de la década de los 50 -el hecho de que la familia asesinada respondiera a los cánones de típica familia americana, de clase media y dos hijos, acentuó aún más la sensación de indefensión en la que se vio sumido el país-, y mostrarse alérgico a cualquier detalle explícito, logra que el espectador intuya cómo fueron las muertes de estas cuatro víctimas y lo que sintieron en ese instante. Otro detalle a destacar de este relato preso de una irresistible fuerza cinematográfica, es la nominada al Oscar fotografía del maestro Conrad Hall. El film tuvo tres nominaciones más: Director, Guión adaptado y Música.

Trufada de realismo y con unos acertados tintes de road-movie -que ayudan a profundizar en la compleja personalidad de los dos asesinos, hasta el punto de que el personal llegue a sentir compasión por ellos debido fundamentalmente al pasado que lastran-, por lo que ha pasado a la historia esta adaptación de una de las principales novelas de Capote es por su contundente alegato a favor de la pena de muerte, misión en la que el realizador demuestra gran audacia. Aunque no es hasta el último tercio de la película donde se aborda en toda su extensión este vidrioso asunto, la espera merece la pena: Brooks se recrea en cómo los órganos jurídicos son claramente favorables a aplicar la pena capital, amparándose en la legislación y en, sorprendentemente, la Biblia -cuyo texto pasa por hacer apología del ojo por ojo pero, al mismo tiempo, se muestra en contra del asesinato-. En este sentido el film llama a la reflexión, en la línea del más imparcial pero igual de magistral relato también inspirado en una historia real Pena de muerte (Tim Robbins, 1995). Pero es que, además, el film puede entenderse como una indisimulada reflexión sobre otras cuestiones de interés sobre cómo el dinero puede corromper, más si cabe, a un ser humano ya de por sí miserable o hasta qué punto la religión debe interferir en un Estado de derecho. Dicho lo cual, quiénes esperen ver una película criminal más, de usar y tirar, que ni se molesten.

Resulta original la inclusión de una especie de álter ego de Truman Capote en la trama -el propio escritor, por cierto, es quien narra los hechos en la propia película-, por no hablar de un excelente trabajo de montaje que hilvana las secuencias estratégicamente para aumentar el significado de la trama. Una película, en definitiva, que no necesita adentrarse en los detalles más escabrosos o sórdidos para llamar a la reflexión a todos los seres civilizados pero, sobre todo a los responsables políticos de esos 20 países que, aún en pleno S.XXI, todavía siguen aplicando la pena de muerte. A sangre fría.

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2 pensamientos en “A sangre fría

  1. Veo que debí tener más paciencia y esperar al final. De hecho la cogí en la biblioteca (muy habitual en mí) y la calidad de la cinta era precaria. A trozos saltaba el idioma, iba cambiando…total, que me rayé y no la acabé de ver. De hecho no llegué al juicio, pero visto lo visto, tendré que verla entera!!! 😉

    • Haces bien coger las películas de la biblioteca, yo hago lo mismo! Cogela de nuevo y ya me dirás. A mi no me entusiasmó especialmente, pero la parte final es magnífica. Ya me contarás. Por cierto, espero tus sugerencias!! 🙂

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