Inside Job

¿Es Inside Job (Charles Ferguson, 2010) un film de terror? Es la primera pregunta que me viene a la mente tras visualizar este aclamado documental que intenta, a través de un lenguaje lo más clarificador y didáctivo posible, explicar las causas que han provocado la crisis financiera internacional en la que, en un mundo cada día más globalizado, estamos todos inmersos. Y lo cierto es que, tras este ilustrativo diagnóstico de un drama que llega a equipararse en el propio film como un tsunami que arrastra todo lo que encuentra a su paso, la sensación es la de estar ante una cinta de terror pura y dura, máxime cuando todo lo que se nos está contando es real y provoca una impotencia que ya quisiera para sí hasta la propia Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). Ferguson, además productor y guionista, elabora una feroz crítica contra los responsables de una crisis económica con pocos precedentes, señalando como principales culpables a unos gobiernos ineficaces que pusieron en marcha unas políticas monetarias aún más desastrosas. Se agradece, por tanto, que el cineasta tome cartas en el asunto y no se vaya en ningún momento por la tangente: Ferguson se muestra firma en su intención de dar respuesta a la pregunta que durante la última década todos nos hemos formulado: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Magistralmente narrado por Matt Damon, Inside Job no olvida el incensante drama que hay detrás de una crisis que es mucho más que un puñado de cifras o titulares de prensa: la película parece diseñada para satisfacer a esos millones de personas golpeadas por la crisis económica mundial de 2008 y no a los que, de alguna manera, han sido partícipes de ésta. Por tanto, el documental de Ferguson posee la ventaja de partir con un material de partida potente que conecta directamente con el espectador. Dueño de un gran sentido del ritmo, genialmente estructurado y planificado-desde el origen de la burbuja financiera en Islandia en el año 2000 hasta una eficaz análisis de la situación actual-, Inside Job acierta al huir de incomprensibles jergas económicas y emplear un vocabulario al alcance de todos. Asimismo, se revela especialmente hábil en atesorar el máximo número de testimonios de primeras figuras de la política y la economía que no pretenden más que arrojar la mayor cantidad de luz a un problema sobre el que todavía existen muchos pasajes oscuros, destacando especialmente las aportaciones de Christine Lagarde -Ex-Ministra de Economía en Francia- o de Dominique Strauss-Kahn, el que fuera presidente del FMI antes de verse salpicado en un turbio asunto de abusos sexuales, y que es el que acierta a dar con la clave de todo: “los más pobres son los que más pagan la crisis”.

Los únicos que no hablan, o por lo menos no lo suficiente, son los que originaron el drama sobre el que habla el documental, y no precisamente porque los responsables del mismo no le diesen la oportunidad de expresarse. Muchas de estas personas declinaron ofrecer su testimonio a una pieza audiovisual que no aspira más que a despejar las incógnitas de la mayoría de ciudadanos, olvidando que no mejor manera de retratarse que con el silencio. Con encomiable determinación, Ferguson enarbola la bandera a favor de un sistema financiero pulcro y honesto, exento de avaricias y/o ambiciones desmedidas. Aboga, por tanto, por el saneamiento de un sistema en todos sus frentes: préstamos bancarios abusivos, desempleo, la privatización de los bancos…, exponiendo con meridiana claridad cada uno de estos aspectos y recurriendo, siempre que se antoja necesario, a material de archivo, gráficos ilustrativos o a meros datos estadísticos que dan una visión más enriquecedora al conjunto. Con todo, la sensación que se logra transmitir,  gracias sobre todo a un sobrasaliente trabajo de montaje, es que este drama podría haber sido perfectamente evitable de haberse actuado con un mayor ejercicio de responsabilidad y eficiencia.

Ganador del Oscar al Mejor Documental en 2010 y digno de convertirse en visionado obligatorio en las facultades de economía de todo el mundo, Inside Job está contado de forma envolvente, en un in crescendo dramático que desemboca en unos minutos finales de verdadero espanto -dónde se nos recuerda que ningún ejecutivo financiero ha sido encarcelado por su nefasta y, en muchos casos, ilícita gestión-, tan angustiosos como certeros, rematados por el metafórico fotograma de la Estatua de la libertad -por eso de que cuando Estados Unidos tose el resto del mundo se resfría–  y por una lapidaria frase que, aún habiendo finalizado el pase, seguirá sonando como un eco en nuestras mentes: “hay cosas por las que merece la pena luchar”

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