Braveheart

Con Braveheart (1995), Mel Gibson no sólo consiguió el reconocimiento mundial como actor y director -a pesar de haber sido el máximo responsable de la notable El hombre sin rostro (1993)- sorprendiendo hasta a sus más férreos detractores, sino que además elaboró un documento al que, a pesar de sus errores históricos, recurrir para conocer la Escocia medieval y su relación con Inglaterra a principios del siglo XIV, contexto en el que se desarrolla la película. Basada en una historia real, el cineasta convierte su obra en prácticamente un biopic de, por otro lado, la excesivamente idealizada en la gran pantalla figura de William Wallace (Mel Gibson). Así, la narración comienza por definirnos al rol principal como un héroe y continúa por hacer un retrato de la vida del líder escocés desde su niñez hasta sus últimos días de vida, mostrándonos su comportamiento ante temas como el amor, la venganza, la defensa de la patria o, en efecto, la propia muerte. Pero si hay algo por lo que será recordada esta figura histórica -y así se empeña el director en subrayarlo-, es por su tenaz defensa del que considera el bien más supremo de todos: la libertad. 

Poseedora de las escenas de batallas, probablemente, más sangrientas y explícitas jamás rodadas, pocos reproches se le pueden hacer a Braveheart a nivel técnico. Desde el principio, apabullante y lírico, esta obra épica se revela como una ingente producción que recupera el aroma de las producciones clásicas de Hollywood, en la línea de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) y sentando las bases para la futura Gladiator (Ridley Scott, 2000), el único film que quizá ha alcanzado en espectacularidad a la obra de Gibson. A través de una deslumbrante puesta en escena y desbordante de vigorosa acción, Braveheart se define como una superproducción de aventuras en el sentido más puro de la palabra, con todos los ingredientes que se exige a una película de género: romance, buenos, malos… y la siempre efectiva moraleja final, traducida aquí a que hay que luchar por nuestros propios ideales a pesar de las adversidades. Todo ello desarrollado en un contexto histórico que es donde el film patina, puesto que la visión que ofrece Gibson ante los ingleses e irlandeses de la época es tan estereotipada como convencional. Así, presenta a los primeros como seres malvados y deshumanizados -ahí está el personaje del rey Eduardo I de Inglaterra, afectado por una alarmante falta de matices- y, a los segundos, como un pueblo oprimido con William Wallace a la cabeza, un hombre al que los ingleses arrebataron a su familia y que ahora intentará conseguir que su pueblo recupere la paz y la libertad, valores que ha perdido al estar sometido por la opresión de Gran Bretaña. De aquí se deriva la frase más mítica de la película, ese estremecedor discurso de Wallace a sus seguidores en el que aún sigue resonando la frase de: “puede que nos quiten la vida pero jamás nos quitarán la libertad”.

El film, por tanto, se muestra propenso a un debate cultural que retumba durante más de ocho siglos, al tiempo que busca satisfacer al espectador sensato, independiente si lo que busca es disfrutar con una mera película de aventuras o, además, se siente mínimamente comprometido por la realidad histórica. En el último caso puede sentirse algo defraudados, al no ser capaz Gibson de ofrecer una visión imparcial de los acontecimientos -a pesar de la excelente ambientación-, pero los que busquen entretenimiento durante casi 3 horas, Braveheart se convierte en algo imprescindible: además de su acertada y contextualizadora música de gaitas, típicamente irlandesa -obra del compositor James Horner, autor de las partituras de Titanic (James Cameron, 1996) o Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001)-, merece la pena elogiar sus abrumadoras escenas de acción, trufadas de movimiento y realismo; el director no escatima en violencia a la hora de filmar uno de los conflictos más sangrientos de la historia. 

Así las cosas, Braveheart contiene varios momentos estelares del cine reciente -la escena de la decapitación de Wallace aún sigue poniendo la carne de gallina-, y acaba convertida en una inagotable instrumento de entretenimiento. Carne de Oscar, arrasó con 5 Oscar -película, director, fotografía, sonido y maquillaje-, de un total de 10 nominaciones, y también en la taquilla. Pero su máximo virtud es la de haber convirtiendo en héroe contemporáneo a una figura histórica, quizá no tan perfecta como aquí se nos vende, pero cuya perseverancia y empeño en conseguir la libertad hasta su último suspiro de vida lo elevan a la merecida figura de mito. 

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