Extraterrestre

¿Se puede rodar una película de ciencia-ficción sin apenas efectos especiales?; ¿es posible que, en una película sobre el fin del mundo, nos importe más la relación amorosa entre los dos protagonistas que el verdadero eje central de la trama? O mejor aún: ¿es posible filmar un proyecto llamado Extraterrestre (2012) sin (apenas) extraterrestres? Se puede, si uno se llama Nacho Vigalondo y es capaz de hacer realidad  una historia tan increíble como inclasificable y adictiva. El director de la aclamada Los cronocrímenes (2007) y del ya emblemático y nominado al Oscar cortometraje 7:35 de la mañana (2005), consigue dar una vuelta de tuerca al manido argumento que sirve como telón de fondo de su mejor película hasta la fecha: el típico OVNI que llega a la Tierra con objetivo de adueñarse del planeta. En efecto, Vigalondo se las ingenia para alterar de tal forma este sugestivo punto de partida con el fin de elaborar una pieza de orfebrería que, desplegando de nuevo algunas de sus constantes más personales como los inteligentes golpes de humor y un surrealismo llevado al extremo, acaba por definirse como una de las más desternillantes y originales comedias románticas de la nueva hornada del cine español.

El argumento desgrana la relación que se establece entre Julio (Julio Villagrán) y Julia (Michelle Jenner), la chica en cuyo piso ha despertado tras pasar la noche juntos. Al levantarse, ambos descubrirán no sólo un extraño objeto no identificado en el cielo, sino también la que parece ser la extinción de la especie humana. Ante tal disparatada idea, el gran acierto de Extraterrestre es que, sin tomarse nunca en serio a sí misma, demuestra y exhibe sin complejos una inusitada modestia. Y lo hace con el convencimiento de esas pocas obras que pueden presumir de no necesitar grandes alardes técnicos ni apabullantes efectos especiales para entretener ni hacer creíble lo increíble. Vigalondo muestras las cartas al espectador al comienzo del relato y, por tanto, no engaña: Extraterrestre no es una gran superproducción, pero tampoco lo necesita, lo cual no deja de entrañar el riesgo de que algunos se sientan estafados al recibir gato por liebre o, peor aún, que haya quien la catalogue como una película pequeña, incapaces de ver que debajo de su asequibilidad de recursos se esconde una muy fresca, transgresora y afilada propuesta, con un discurso mucho más coherente (sí, coherente) que la mayoría de las producciones que arrasan en las carteleras.

Tremendamente inspirada, poseedora de una férrea constitución formal y dirigida por uno de los directores españoles a quien hay que atribuir el mérito de revitalizar (e internacionalizar) nuestro cine -a la altura de Balagueró, Bayona o Rodrigo Cortés- Extraterrestre se erige como una maquinaria perfectamente engrasada capaz no sólo de que el público desafíe la suspensión de la credibilidad -llegando a creerse realmente lo que pasa en pantalla, a pesar de que lo se nos muestre se torne cada vez más disparatado-, llegando incluso a arrancar más de una carcajada gracias a un humor que parece simple pero que, en realidad, es todo lo contrario. Aunque la comedia es el ingrediente del que más hace uso Vigalondo a lo largo del metraje, no faltan componentes como la intriga, el suspenso e, incluso, el terror. Y, por supuesto, lo que hace aún más apetecible esta propuesta: la gran carga sexual -desnudos incluidos- y la irrefrenable química que se estable entre la pareja protagonista, Jenner y Villagrán, que parecen haber nacido para dar vida a sus personajes. Son ellos, juntos con unos tronchantes Carlos Areces -en el mejor papel de su carrera, junto el de Balada triste de trompeta (Álex de la Iglesia, 2010) y Raúl Cimas, los que convierten al casting de la película uno de los más acertados de los últimos años: el inmenso talento coral es patente desde el primer al último minuto de proyección. 

Ni el aire excesivamente teatral de la producción ni algunos desafortunados o toscos golpes de humor empañan una agradable y fresca propuesta de estética pop y vanguardista que unas veces se muestra desenfadada, otras histriónica, pero que, en el fondo, no constituye más que un relato de supervivencia rematado por un sorprende giro final que pillará desprevenido incluso al espectador más avispado. En definitiva, un film que durante sus genialmente bien aprovechados 90 minutos nos embarca en un viaje cuyo único fin es, simple y llanamente, disfrutar, sin renunciar nunca a las dobles lecturas. Por esto mismo no se explica -a no ser que recurramos a su asombrosa falta de promoción o a los gustos de un público que parece fosilizado a la hora de elegir película-, el tremendo batacazo que sufrió en taquilla, a pesar que desde el mismo día de su estreno se convirtió en una auténtica pieza de culto. Y sin efectos especiales. 

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