Easy Rider

Antes de que Corazón Salvaje (David Lynch, 1990) y Amor a Quemarropa (Tony Scott, 1993), se convirtiesen en dos de las road-movies más destacadas de la historia del cine,  Easy Ryder (Dennis Hopper, 1964) ya había definido los cánones a seguir por las películas encuadradas dentro de este sub-género en las que el propio viaje físico por una carretera no es más que una mera excusa para hablar de un auténtico viaje interior o, como en este caso, una revolución espiritual, un trayecto cuyo único destino es la plena madurez. Los protagonistas en cuestión son dos jóvenes motoristas, Waitt (Peter Fonda) y Billy (Dennis Hopper) que, a lo largo de un trayecto a bordo de sus Harley Davidson, se proponen descubrir América. En todos los sentidos. A lo largo de su viaje, tan lírico como enriquecedor, irán descubriendo y entablando una curiosa relación con un rico catálogo de personajes; unos seres que no son más que un reflejo de parte de la sociedad americana de la época, un conjunto de individuos agrupados en torno a una ideología común cimentada en el pacifismo y en la búsqueda constante de la libertad. Vamos, lo que venía a ser el movimiento hippie en todo su esplendor. El cine, por tanto, no permaneció ajeno a los aires regeneradores que empezaron a respirarse en los años 60 en América -lo que se conoce como Nuevo Hollywood, concepto que engloba a producciones tan adelantadas a su tiempo como Cowboy de Medianoche (John Schlesinger, 1969), recordada por su disfrazado y casi insólito retrato de la homosexualidad, o El Graduado (Mike Nichols, 1967), cinta de alto voltaje sexual-. Algo estaba cambiando.

A la excelente caracterización de los personajes y a la sucia y áspera fotografía setentera muy acorde con el tono estilístico del film, otra virtud que atesora esta cinta independiente que se ha ido proclamando como película de culto para la juventud -y para los moteros- en medio mundo con el transcurso de los años, es un reparto en el que destaca un soberbio y nominado al Oscar Jack Nicholson, en un breve pero decisivo papel. El intérprete de El Resplandor (Stanley Kubrick, 1972) no sólo vuelve a hacer suya una película, sino que protagoniza las dos mejores escenas de la misma: el discurso acerca de la vida del más allá y, sobre todo, su fulminante y contundente lección acerca de la libertad, hipnotiza y estremece al personal. Dentro de éste último fragmento -que es, sin duda, una de las verdaderas razones de ser del film y en donde el personaje de Nicholson, George, nos regala frases tan ilustrativas y recordadas como: “cuesta mucho ser libre cuando te compran y te venden todo el tiempo”- el actor hace una aguda radiografía de la situación en la América en los años 60, donde las autoridades y los órganos de poder contemplaban con gran temor la irrupción de unos movimientos contraculturales y alternativos que reclamaban una sociedad más abierta, plural y tolerante. Eran conjunto de ciudadanos que no se sentían conformes con un orden social que alineaba al individuos, recortaba sus derechos y les obligaba a encajar dentro de unos parámetros determinados. A este respecto, muy significativa resulta la escena de cuando el trío protagonista entra a un bar de carretera y un policía, juzgándolos sólo por su apariencia física -esos bigotes infinitos, esas largas melenas-, se llega a plantear su inmediata detención. Si analizamos esta cuestión a fondo, ¿está muy lejos de ser Easy Rider un fiel reflejo de nuestros días, donde muchas veces el miedo a romper con lo establecido tiene consecuencias demoledoras en una sociedad que presume de ser avanzada pero que, en sus entrañas, no guarda el menor escrúpulo? 

Ganadora del premio a la Mejor ópera prima en el Festival de Cannes de 1969 y rodada mayoritariamente en exteriores, Easy Rider mezcla, hábilmente, ciertos elementos de cine de arte y ensayo -esas reflexiones, esas líneas de diálogo para enmarcar, su firme compromiso con no salirse de lo políticamente indie…- con otros más variados como el de aventuras o el western -esas hogueras bajo la luz de la luna-. Un estimulante cóctel aderezado por un acertado surtido de canciones de la época, en perfecta sintonía con el canto libertario del film. Así, las salvajes melodías de Jimi Hendrix o The Byrds hacen perder el aliento al espectador otorgando un cierto aroma épico a la cinta, a la par que contribuyen a subrayar el mensaje último de la misma, que no es otro que el de incitar a la agitación social, denunciar el inconformismo y la pasividad. El final, duro y significativo, no es precipitado -como apuntan algunos-, sino real: porque, cuando desaparecemos, lo único que queda es nuestra reputación. ¿Buena? ¿Mala? Sólo el tiempo lo dirá.

Aunque es cierto que está un tanto mitificada, que hace uso de un discutido uso de los estupefacientes y el alcohol a la hora de reivindicar la libertad del individuo o de que, cuando dejamos de lado su moralina, Easy Rider se muestra un tanto endeble en el aspecto cinematográfico -esa descuidada dirección, esa incomprensible, incómoda y repetitiva forma de transición entre escenas….-, la película de Hopper acaba sostenida en dos grandes pilares: la imborrable estampa de Fonda y el propio director por las desérticas calles de América -aspecto por el que la cinta aprovecha para presumir de sus bonitos y líricos paisajes- y, sobre todo, que es un film que nunca quedará desfasado al constituir uno de los más sólidos y honestos homenajes sobre el que, indiscutiblemente, es el valor más preciado por el hombre: la libertad. Ya lo dijo William Wallace

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