Solo se vive dos veces

La mirada que ofreció Lewis Gilbert al legendario personaje de James Bond en la quinta película de sus aventuras, Solo se dice dos veces (1967), mantiene el nivel de calidad de la saga además de respetar su espíritu y los cánones que la definieron desde un primer momento, multiplicando el nivel de acción de las anteriores entregas, desplazando la acción del Agente al continente asiático y, en definitiva, demostrando una extraordinaria facilidad para dotar de un gran ritmo la película. El film, uno de los más caros y rentables de la serie, pasó a la historia al ofrecernos insólitos aspectos en la carrera de Bond: a su transformación en individuo de nacionalidad japonesa, hay que sumar su primera y única -y falsa- boda hasta la fecha y, para colmo, su propia muerte acontecida en el impactante prólogo en el que el agente hace su primera aparición. Con semejante cóctel, al que se suma la nueva reencarnación del infalible Sean Connery del espía 007, era imposible que la jugada saliese mal. Y lo cierto es que estamos ante una película francamente entretenida donde la acción -tras ese arranque poderoso- no decae en ningún momento, manteniendo la atención del espectador gracias a un guión más lúcido y clarificador que el de las cintas anteriores.

La trama, con la eterna rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos como inexorable telón de fondo, comienza cuando dos artefactos espaciales, uno americano y otro ruso, son secuestrados en el espacio por un objeto no identificado. Tras los reproches entre los respectivos gobiernos, el ejecutivo británico manda al agente James Bond a Japón con el fin de enfrentarse al líder de la perversa organización Spectra,  Ernest Stavro Blofeld (un Donald Pleasence un tanto desaprovechado), culpable de lo sucedido, antes de que estalle una tercera guerra mundial. De este argumento se derivan dos aspectos: aparte de retratar en la pantalla grande el enfrentamiento entre las dos superpotencias por el control de la órbita terrestre -un tema de máxima actualidad, sólo dos años de que el hombre pisara la Luna por primera vez en 1969-, que el objetivo de director y guionistas era dejar de lado los submarinos y apostar por una historia donde las naves espaciales en general, y el género de la ciencia ficción en particular, adquiriese un importante peso en la trama.

Con una de las mejores bandas sonoras de la serie -inolvidable la canción You only live twice en la voz de Nancy Sinatra-, Sólo se vive dos veces vuelve a atesorar los rasgos más característicos de la serie Bond: situaciones límite, chicas guapas, curiosos gadgets -el cigarrillo pistola, el helicóptero desmontable…- y, de nuevo, a apostar por el elemento inverosímil por bandera. De todos es sabido que las aventuras de James Bond no deben tomarse en serio, que al fin y al cabo es una ficción más o menos disparatadas que se permite diversas licencias narrativas que el espectador está dispuesto a asumir, aunque quizá sea en este film donde este hecho esté más acusado. Da igual que 007 sobreviva tras ser ametrallado al comienzo de la película -y, para más inri, no se nos explique cómo ha logrado salir ileso- o que un helicóptero pueda transformase en un potente imán capaz de levantar cualquier vehículo. ¿Acaso no estamos hablando del mismo superhéroe que sobrevivía a un espectacular accidente de avión al final de James Bond contra Goldfinger (Guy Hamilton, 1964)? ¿O aquel que siempre consigue salir indemne de las más arriesgadas situaciones? A estas alturas, no seré yo quien acuse al agente de poner al límite la credibilidad del espectador, puesto que desde un primer momento se hace un retrato de James Bond que se acerca más al del típico superhéroe -aunque no disponga de sentido arácnido ni un destructivo martillo- que como un simple mortal. Por tanto, esta nueva entrega hará las delicias de sus fans, que han aceptado y asumido la personalidad no sólo de la saga, sino del propio agente. Aquí, 007, vuelve a perfilarse como un machista en potencia además de como alguien casi inmortal… lo que no deja de ser curioso con el hecho de que, al mismo tiempo, nos resulte increíblemente simpático, incluso divertido. 

Con algunos de los mejores golpes de humor de la serie –¿por qué no sólo en las partes que se ven?, le espeta un desternillante Connery a las chicas japonesas que le están desnudando para transformarlo en japonés-, Sólo se vive dos veces destaca, además de por su gran fotografía y sus bonitos paisajes, por ser la despedida del actor de la saga -ya no aparecería en la entrega siguiente, 007 Al servicio secreto de su majestad (Peter R. Hunt, 1969)-, a pesar de que regresaría para protagonizar la que iría después: Diamantes para la eternidad (Guy Hamilton, 1971). Y James Bond nunca volvió a ser el mismo. 

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