James Bond contra Goldfinger

Tras dos primeras entregas que, además de servir para retratar la psicología y el aura del Agente 007 y de establecer los cánones que definirían al resto de la saga, arrasaron de forma aplastante en taquilla, se estrenó James Bond contra Goldfinger (Guy Hamilton, 1964). Los productores comprendieron que después de estos dos rotundos éxitos, las aventuras fílmicas del espía británico con licencia para matar eran ya una epidemia incontrolada. Así pues, pusieron toda la carne en el asador con esta nueva entrega, en la que lo más llamativo es el nombre de Hamilton como el director que sustituyó a Terence Young, que volvería a retomar las riendas de la saga en la siguiente entrega: Operación Trueno (1965). Otro detalle significativo es que, por primera vez, y sin fisuras, la crítica se arrodilló a una saga que ya estaba adquiriendo proporciones épicas y que prometía infinidad de nuevos largometrajes. Prueba de ello es el merecido Oscar que ganó a los Mejores efectos de sonido, uno de los pocos que tiene en su haber la serie, a pesar de que James Bond contra Goldfinger esté considerada, unánimemente, como una de las piezas mejor construidas -y más irreverentes- de todas las que se hayan filmado jamás sobre el mítico agente. 

Para no perder la costumbre, en esta ocasión el argumento vuelve a cimentarse en la lucha que mantiene James Bond con un villano. En este caso, Goldfinger, uno de los mejor perfilados y más carismáticos de la saga. El agente deberá impedir que el pérfido magnate robe y, posteriormente, destruya todas las reservas de oro de Estados Unidos por medio de una bomba atómica. A lo largo de la trama, tan entretenida de principio a fin que podría considerarse como una experiencia intensa para el espectador, es fácil apreciar como el adjetivo de provocativa es el que mejor define esta nueva entrega. En 1964 la sociedad estaba experimentando agudos cambios y el cine, que siempre ha sido un espejo de la realidad, no podía quedarse atrás. Mucho menos James Bond. Así, a lo largo de sus 100 minutos largos, podemos encontrar referencias a la bisexualidad, a través del personaje de Pussy Galore (Honor Blackman) -la ayudante de Goldfinger-, una de las dos chicas Bond que desfilan por esta cinta, junto a Shirley Eaton. Precisamente ésta última protagoniza otra de las estampas más iconográficas y sensuales de James Bond contra Golfinger, con ese cuerpo desnudo cubierto de oro que dio la vuelta al mundo. Por si fuera poco, otra de las escenas más recordadas de la película bien puede entenderse como una de las metáforas más agudas y punzantes de toda la serie: la (casi) castración del mismísimo James Bond, en esos hipnóticos minutos en los que un rayo láser parece que va a atravesar sus partes más íntimas -y en donde, dicho sea de paso, los efectos de sonido adquieren plena dimensión-. Algo que algunos interpretaron como el “castigo” más apropiado para un personaje abiertamente misógino, machista y epicúreo como Bond, para el cual las mujeres son un mero pasatiempo.

Con un admirable estilo visual y poseedora de algunas de las instantáneas más potentes de la serie, James bond contra Golfinger recupera los elementos fantásticos de Agente 007 contra el Dr. No (Terence Young, 1962) pero sin dejar de lado el realismo y el contexto social de Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963). Así, su trama podría interpretarse como una sátira -visionaria- acerca de la ambición de los hombres por el dinero que, cincuenta años después, se alzaría como el motivo principal de una de las crisis económicas más devastadoras de la historia. Pero más allá de las lecturas o interpretaciones varias, lo más subrayable de esta nueva aventura del Bond -dejando de lado esa profunda animadversión que muestra el Agente hacia The Beatles- es que, a través de su excelente música ambiental (con John Barry, de nuevo, al frente), un encomiable trabajo de montaje, un ritmo arrollador, un nada desdeñable catálogo de gags humorísicos y la innata virtud de situar al protagonista en situaciones límites, consiguieron perfilar del todo las características que debería reunir una película de James Bond para que ésta pusiese definirse como perfecta, consiguiendo un cóctel de fácil digestión.

Otros de los rasgos por los que debemos apreciar esta ficción, más allá de la discutida posturas morales de los actos de James Bond o de presentarnos el singular automóvil que el agente emplearía para próximas aventuras -, es que convierte al original literario en algo aún más excitante en la gran pantalla. Prueba de ello son, por ejemplo, unos minutos finales de infarto -cronómetro incluido, algo que sentaría un antes y un después para futuras producciones de acción-, y un sorpresivo final que no dejará a nadie indiferente ya que, además de unos efectos especiales avanzados para la época, confirman lo que muchos suponíamos: que James Bond es, como el más completo de los superhéroes, alguien inmortal, capaz de desafiar las más rígidas leyes del universo… sin morir en el intento. 

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