Desde Rusia con amor

Tras el éxito de Agente 007 contra el Dr. No (1962), la primera entrega de la saga del agente secreto más famoso del mundo, era de esperar que los productores fabricasen una nueva adaptación en la pantalla grande del emblemático personaje creado por Ian Fleming. Así, tan sólo un año después del estreno del primer film, vio la luz Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963), la segunda película de James Bond que fue considerada, desde el mismo momento de su estreno, como una de las mejores de toda la serie y, a día de hoy, se mantiene como uno de los títulos más recordados. Esta adaptación de la novela homónima de 1957 -y uno de los libros de cabecera del Presidente John F. Kennedy, un aspecto decisivo que influyó a la hora de adaptar esta novela en lugar de otra-, puede presumir de mantener intacto el espíritu del primer largometraje, esa estética y ese look sofisticado por el que hoy todos recordamos a James Bond, así como de haberse llevado a cabo con un presupuesto mayor que su primera aventura –aspecto que se evidencia en una más cuidada puesta en escena y unas espectaculares escenas de acción– y por volver a contar con el más carismático Agente 007 de toda la saga: un Sean Connery que, a pesar que sólo se había comprometido en aparecer en la primera entrega del personaje, firmó un contrato para tres títulos más debido al fulgurante éxito de sus aventuras.

Sin embargo, esta segunda entrega presenta notorias diferencias respecto a Agente 007 contra el Dr. No: en primer lugar, la acción se aleja de los parajes exóticos que tan directamente se identifican con el espía británico y pasa a desarrollarse en la capital de Turquía, Estambul, una ciudad que aparece bien explotada y en la que el director parece empeñado en sacar el máximo jugo posible, otorgando a emblemáticos monumentos como el templo de Santa Sofía un peso relativamente importante en la narración. En segundo lugar, James Bond aparece nuevamente secundado por una despampanante mujer, otra de sus señas de identidad, aunque en esta ocasión se prescinde de Ursula Andress y se apuesta por una Daniela Bianchi que, a pesar de sus esfuerzos, no logra la conexión y la química que logró la primera con el seductor agente. No obstante, la presencia de Bianchi garantiza que el nivel de sensualidad y erotismo que también caracterizan a la saga, quede más que asegurado, reforzado por unos títulos de crédito y una danza del vientre que van muy en la línea con la identidad de las películas de James Bond. Asimismo, los responsables de las aventuras optaron por contextualizar la historia en un ambiente más realista, apartándose de los ambientes futuristas y fantasiosos que impregnaron la primera cinta, haciendo constantes referencias a la Guerra Fría o al espionaje inglés. De hecho, para ejemplificar este último apunte, encontramos al agente turco Kerim Bey (interpretado por un Pedro Almendariz que padecía un cáncer en fase terminal), uno de los personajes más inclasificables de todas las aventuras de 007.

A pesar de la hábil mezcla de thriller, humor, acción, contexto histórico o por fundar un territorio tan poco explorado como el de los espías secretos, lo cierto es que me sucede algo curiosos con los films de James Bond en general y con Desde Rusia con Amor en particular: nunca sé en qué género clasificarlas. No contiene las escenas de acción suficientes para que pueda ser catalogada como tal, tampoco es un thriller en el sentido más estricto de la palabra y, en materia de espionaje, este hecho tan sólo se usa como telón de fondo de la trama. Por tanto, el gran mérito de la película estriba en que terminó de crear un estilo propio, una idiosincrasia particular y un cosmos único que, dada su eficacia, fue imitado posteriormente hasta la saciedad. 

Con un imponente acompañamiento sonoro y con más altas cotas de suspense, adrenalina y entretenimiento que la primera entrega -ahí están la secuencia del tren o la del helicóptero, un claro homenaje a Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), para atestiguarlo-, Desde Rusia con amor consigue, a pesar de su narración a trompicones y su embrollado argumento, una ficción más que digna que, como hemos apuntado, supera a la original en muchos aspectos, hasta en algunos tan aparentemente livianos como unos gadgets -ese maletín multiusos o ese rifle desmontable- tan adorables como el hecho de que el cine británico volviese a demostrar que podía conseguir el mismo impacto -y calidad- que el americano. 

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