Rabia

Rabia (Sebastián Cordero, 2009) se nos presenta bajo un envoltorio fascinante: dejando de lado sus múltiples reconocimientos -entre los que se encuentra la Biznaga de Oro a la mejor película en el Festival de Málaga-, esta coproducción entre España, México y Colombia vio la luz amparada bajo dos pesos pesados de la talla de Telecinco Cinema -productora responsable de los mayores éxitos del cine español e iberoamericano en los últimos años-  y Guillermo del Toro, alguien que no necesita ni carta de presentación. Para colmo, su máximo responsable, Cordero, es un director que se ha ido labrando una de las filmografías más sólidas de América latina y que, incomprensiblemente, continúa siendo un gran desconocido en nuestro país. Precisamente por semejante arsenal de virtudes, a uno le puede parecer cuanto menos extraño que Rabia haya pasado sin pena ni gloria no sólo por las carteleras de nuestro país, sino de buena parte de los países donde se ha estrenado; un fracaso en taquilla debido, sin duda, a la absoluta falta de promoción del film y, sobre todo, a que el resultado final no satisface las expectativas depositadas en él. 

El eje vertebral de la historia son una pareja de inmigrantes, José María (Gustavo Sánchez Parra), un albañil de carácter temperamental, y Rosa (Martina García), una asistenta que trabaja en una gran residencia. Su breve romance se verá salpicado por una violenta discusión del joven que le llevará a ser el responsable de la muerte de su capataz. Para escapar de la situación, el novio de Rosa se refugia en la mansión donde ésta trabaja como criada en el más absoluto de los secretos. El verdadero paradero de Jose María no sólo es ignorado por los propietarios de la casa, sino también por ella misma, hasta el punto de llegar a establecer con él una relación a larga distancia por teléfono. Un argumento, a priori, un tanto inverosímil, que no falto de originalidad -en la línea de la notable El habitante incierto (Guillem Morales, 2005), que podría haberse abordado de una forma más realista si no fuese por un guión torpe y repleto de parches que no hace más que desaprovechar un gran oportunidad. Pero por encima de intrigas y mansiones laberínticas, esta extraña mezcla de cine criminal, thriller, drama e, incluso, humor negro -sin que se termine por decantar por ninguno de los géneros-, podría haberse erigido como un sólido artefacto de denuncia social, ya que lo que verdaderamente le interesa a Cordero es reflejar, de una forma un tanto insólita, el drama de la inmigración, de ese conjunto de población que deben atravesar un duro proceso de asentamiento en una tierra que les es extraña. Sin embargo, es aquí donde la película deja escapar su gran baza, y lo que podría haber sido un contundente mazazo contra el racismo y la abismal diferencia de clases -no así hay varios dardos envenenados a la burguesía y algunas escenas y corrosivas metáforas, como la del ratón, que no deben pasarse por alto-, se termina convirtiendo en un desesperante relato que, a mitad de recorrido, parece encontrarse más perdido que el propio protagonista de la función.

Cordero, que ya se había mostrado interesado en los asuntos sociales en sus espléndidas Ratas, ratones y rateros (1999), pieza donde reflexiona acerca de la pobreza en Ecuador, o Crónicas (2004), obra con la que pone sobre la mesa la ética del periodismo, patina en esta ocasión con un guión que adapta para la pantalla grande una novela de Sergio Bizzio y que no exprime todo su potencial, sin la ambición suficiente para convertirse en una crónica que refleje el injusto tejido social de nuestro entorno, para alzarse en un espejo del drama que se vive entre los adinerados patrones y los explotados sirvientes. No obstante, el film cuenta con grandes bazas que evitan el desastre: un plantel de actores de lujo, entre los que destacan Concha Velasco, Xavier Elorriaga y, sobre todo, Sánchez Parra, con una espectacular transformación física de un personaje tan sobrecogedor como bien definido. También es un acierto la ausencia casi total de música, elemento que el film no parece necesitar a la hora de crear esa acertada atmósfera oscura, cerrada, casi asfixiante, extremadamente opresiva y gélida, que impera en una obra rematada por un plano secuencia final brillante, con ese significativo bolero construyendo una melodía que seguirá sonando como un eco en nuestras cabezas una vez finalizado el pase. 

Así pues, Rabia -que hace referencia a ese sentimiento que se adueña de los invisibles o inmigrantes, frente a los visibles, los señores, en un contexto de injusticia extrema, de pasividad absoluta-, bien merece un visionado. No importa que su ritmo narrativo se ralentice a mitad de la función, que haga trampas más veces de las permitidas (ese empleo de los claroscuros para ocultar a su protagonista) y que algunos de sus personajes den la sensación de que desfilan por ahí por casualidad, al final lo que queda es un film que tiene como telón de fondo un drama sobre lo que nunca viene de más reflexionar. 

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