Two lovers

Estrenada en nuestro país con dos años de retraso, Two lovers (James Gray, 2008) supuso una vuelta de tuerca en el género romántico, en la línea de títulos como 500 días juntos (Marc Webb, 2010) o Bon Appétit (David Pinillos, 2010). No sólo porque su punto de partida sea el intento de suicidio de su personaje principal o porque contenga uno de los finales más tristes -y superlativos- del género, sino por el tono sombrío, oscuro, por momentos incluso tenebroso, con el que está contada. A través de una puesta en escena desangelada y la inquietante atmósfera que baña cada uno de los fotogramas, Two lovers funciona, más que como una historia de amor, como un minucioso y exhaustivo estudio acerca del deber y el deseo. Y lo hace planteando el dilema del mentalmente inestable Leonard (Joaquin Phoenix, en el mejor papel de su carrera), un treintañero que vive en casa de sus padres que, por caprichos del destino, se ve atrapado entre dos mujeres entre las que se verá obligado a elegir. Pero, ¿cuál de ellas es más recomendable? ¿la dulce Sandra (Vinessa Shaw), hija del nuevo socio de su padre y que, por consiguiente, podría salvar el negocio familiar, o, por el contrario, la arrebatadora Michelle (Gwyneth Paltrow), su nueva vecina que vive atrapada en una excéntrica y nada recomendable situación personal ?

Es extraordinario cómo el trío protagonista -dejando de lado a unos secundarios de lujo, como Isabella Rossellini y Moni Moshonov- sacan a flote las emociones interiores de sus personajes, con una sencillez pasmosa y un convencimiento admirable. Se aferran al máximo por hacer creíbles unos roles ya de por sí bien dibujados y definidos, dotándolos de gran carisma y entidad. Porque, por encima de todo, ésta es una película donde los gestos, miradas y silencios fluyen con una apabullante naturalidad, haciendo partícipe al personal ya desde su potente comienzo que no tarda en dar paso a una nueva revisitación de las historias de amor enfermizas, en línea con Match Point (Woody Allen, 2005), cuya máxima filosofía –“más vale tener suerte que talento”– aquí es llevada hasta el extremo. Dirigida con mano firme, no será este título la única referencia/inspiración de un sólido drama que no escatima en referencias fílmicas, tanto explícitas (Sonrisas y lágrimas -Robert Wise, 1965) como implícitas (La ventana indiscreta -Alfred Hitchcock, 1954). Con ecos de crítica social, como esa ácida mirada que se hace sobre las familias típicamente burguesas, cotillas, chismosas y tan amantes de lo superficial que se nos muestran capaces de anteponer el dinero a la felicidad de sus propios hijos, Gray se consagra como un maestro a la hora de rodar en escenarios tan poco deseables por un director como lo son las discotecas. El director consigue que el agobio y asfixia de la situación traspasen la pantalla a través de una música afilada, incisiva, y unos incómodos primeros planos.

Repleta de sutiles detalles, de brillantes diálogos, a favor de la balanza de esta tesis acerca del amor llamada Two Lovers juega una espléndida banda sonora -desde ese penetrante piano que ayuda a la creación del gélico ambiente que se respira en el film, hasta el metafórico uso que se hace de piezas clásicas como L Elisir D´Amore: Una furtiva lagrima (Act 2), clara referencia, además, a la obra de Allen- que realza este ejercicio de psicología de enorme calado, este drama pasional  que tiene la -poco común- virtud de envolver al espectador en ese clima de indecesión, inmovilismo y falto de oxígeno en el que se desarrollan los hechos, en el que se mueven sus personajes. El triángulo amoroso, siguiendo la perfecta línea in crescendo del film, comienza a ahondar en los lados más recónditos de la pasión para acabar sumergidos, enredados de lleno, en un mar de mentiras e infidelidades, a merced de  unos giros drásticos de guión que tienen como máximo paradigma unos memorables minutos finales que es donde la imprescindible propuesta de Gray alcanza su sentido pleno, su devastadora moraleja, su razón de ser. 

Sin necesidad de recurrir a estratosféricos movimientos de cámara ni desorbitados presupuestos, James Gray firma la mejor pieza de su sofisticada filmografía a través de unos delicados movimientos de cámara. Sin aspavientos y con determinación, ofreciendo al público algo radicalmente diferente a lo que están acostumbrados a ver. Nos habla de las casualidad, de la pasión y el deseo desde una perspectiva inusual, con un trasfondo con la suficiente enjundia para convertir a esta película en un clásico instantáneo. Ninguneada en los Oscar, la otra gran injusticia que se cometió con esta joya fue que no se le galardonase con la Palma de Oro del Festival de Cannes a la que estaba nominada. Imperdonable. 

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