Amor a quemarropa

Encontramos en Amor a quemarropa (Tony Scott, 1993), muchas de las características propias del más puro cine comercial: un taquillero reparto, vertiginosas escenas de acción, tiroteos a tutiplén y, además, la propia firma de un director consagrado con títulos como El último boy scout (1991) o Top Gun (1986), no precisamente catalogadas como cine de autor. Sin embargo, la fusión del director con un, por aquel entonces, desconocido Quentin Tarantino, responsable del guión -que vendió al cineasta para poder costear los gastos de su ópera prima, Reservoir Dogs (1992)-, provoca que el film se eleve por encima de este manojo de tópicos y el proyecto se transforme en, milagrosamente, una de las cintas más atípicas de la década de los noventa. Amor a quemarropa es un film estimulante que aúna a la perfección altas dosis de violencia explícita con la que es la verdadera génesis de la película: una historia de amor tan surrealista como estrafalaria, tan llena de encanto como desbordante de ternura, tan eficaz como superlativa. Dicho tándem demuestra que se puede ser romántico sin resultar cursi y que es posible emocionar sin caer en la ñoñería. Tarantino nos ofrece su particular visión de romance en un film en el que ya puso sobre la mesa algunas de las constantes que posteriormente marcarían su filmografía: una pasión insana por la sangre, brillantes frases de guión (“más vale tener un arma y no necesitarla que necesitarla y no tenerla”) y una gran agilidad narrativa, esto es, una innata capacidad para entretener. 

El argumento desgrana la historia de Clarence (Christian Slater), un adicto a las películas de kung-fu, y Alabama (Patricia Arquette), una prostituta un tanto atípica que ha sido contratada por el mejor amigo de Clarence como regalo de cumpleaños. La pareja no tarda en enamorarse y, cuando finalmente Alabama le confiesa su verdadero oficio, el joven intentará alejarla de un mundo que considera demasiado sórdido. Sin embargo, no resultará tarea fácil, sobre todo cuando el chulo de la chica y sus secuaces empiecen a pisarle los talones después de que éstos se apoderen de una maleta repleta de cocaína con la que pretenden cumplir todos sus sueños. Scott filmó el guión de Tarantino en forma de road movie y, aunque en un principio pasó desapercibida, con el paso de los años se ha consagrado como una auténtica cinta de culto, gracias a su funambúlico equilibrio entre el propio sentido romántico y esa agradable y salvaje sensación del todo vale, satisfaciendo así al espectador más romántico pero también al amante de las experiencias fuertes y de ese tono áspero y sanguinolento sobre el que se filmaron otros títulos contemporáneos como Corazón salvaje (David Lynch, 1990), máxima inspiración del film, o Malas tierras (Terrence Malick, 1973). De ésta última, además de ese contexto feroz y ensañado en el que se desenvuelve la acción, comparte la propia voz en off narradora de la protagonista. Y es que las referencias fílmicas son constantes a lo largo de todo el metraje, desde las películas de kárate (una licencia que se concedió el propio autor del guión, gran amante del género), hasta la propia mención de largometrajes como El cazador (Michael Cimino, 1978) o El rock de la cárcel (Richard Thorpe, 1957), la mejor incursión cinematográfica de Elvis Presley, otro de los motores de Amor a quemarropa, hasta el punto de que la obra podría interpretarse como un homenaje a su propia figura, hasta el punto de ser éste el responsable tanto de abrir como cerrar -de manera magistral- la película.

Poseída por un desbordante cosmos metalingüístico, técnicamente pulida, con altas dosis de humor negro y con una chispa visual que se apodera de cada fotograma y frente a la cual es imposible quedar impasible, Amor a quemarropa es una de esas pocas películas en las que todas sus escenas están justificadas. Y algunas, además, ya han quedado para la posterioridad. Ahí está la explicación de Clarence a una Alabama el por qué del prestigio de los cómics de Spiderman mientras ésta le dirige una de las miradas más reveladoras jamás filmadas para dar paso, a continuación, a una de las escenas de sexo más justificadas que ha dado nunca el cine. O ese electrizante y de gran graduación interrogatorio entre el personaje de Dennis Hopper y Christopher Walken. Muchas de estas secuencias están bañadas por una aplaudida banda sonora que tiene al tema You are so cool, del mítico Dan Head, como emblema principal y que, junto con el altísimo nivel de cameos (Brad Pitt, Val Kilmer o Samuel L. Jackson) constituye otro de los sellos inconfundibles de la película.

Pero la mayor virtud de Amor a quemarropa quizá sea que, hasta los propios detractores de Tony Scott -que son muchos, especialmente dentro de la crítica especializada-, tuvieron que reconocer que estaban no sólo ante la más redonda película del director, sino ante un clásico instantáneo. Quizá porque su contundente moraleja -la capacidad del amor verdadero para salvar, en todos los sentidos, a una persona- permanece impasible al paso del tiempo. Y, sobre todo, porque ésta pocas veces había estado filmada con tanta determinación. Imprescindible. 

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