Los vengadores

No es casualidad que hayamos tenido que esperar hasta el 2012 para que Los vengadores (Joss Whedon), uno de los sellos emblema de la Marvel, tuviesen su adaptación cinematográfica. Este hecho se debe a dos motivos fundamentales: por un lado, el elevado presupuesto que exigía una película de estas características si el resultado aspirase a ser mínimamente digno -donde, recordemos, era necesaria recrear no a uno, sino a seis superhéroes diferentes, todo acompañado de sus secuencias de acción pertinentes-; y, por otro, y esta es la razón clave, por la decisión de la mítica editorial de cómics estadounidense de que el público -especialmente para los que no eran seguidores de la saga- se familiarizase con esta media docena de personajes, para lo cual era recomendable ofrecer primero las adaptaciones individuales de muchos de ellos, como es el caso de Iron Man, Hulk, Thor o El Capitán América. Y, sin duda, la jugada le ha salido perfecta: este saludable ejercicio de puro entretenimiento llamado Los Vengadores consigue, respetando un material de partida por el que demuestra máxima lealtad y cariño (¡por fin!), dar vida a unos personajes que han marcado la generación de gran parte del público, satisfaciendo así tanto a los fieles de la saga como a los recién llegados. Para prueba, las cifras: estamos ante la película de superhéroes más cara -210 millones de €- y más taquillera de la historia. Whedon, que tan sólo contaba en su trayectoria con un proyecto de cine (Serenity, 2005) que pasó sin pena ni gloria, fue puesto al frente del proyecto debido a su experiencia en la creación de series de corte fantástico como Buffy cazavampiros, Firefly y Angel. Además de expresar mi valentía por haber sido capaz de ponerse al frente de la más engorrosa adaptación de un cómic para la pantalla grande, es de justicia reconocer que el argumento en el que basa Los vengadores, aunque no aporte nada nuevo al género, no deja de tener su gancho: el malvado Loki (Tom Hiddleston), hermano de Thor (Chris Hemsworth), amenaza con destruir la Tierra, razón por la cual Iron Man (Robert Downey Jr), el Capitán América (Chris Evans), la Viuda Negra (Scarlett Johansson), Hulk (Mark Ruffalo) y Ojo de Halcón (Jeremy Renner) deberán unir sus fuerzas para evitarlo. Lo primero que llama la atención de la producción es su carácter excesivamente coral, hecho que, de entrada, suponía un desafío para sus responsables a la hora de equilibrar la presencia de este pintoresco combinado de personajes. En esta línea, se nota que no hay favoritismos por ninguno de los  roles, todos tienen su oportunidad para lucirse y resultan igual de atractivos; si bien es cierto que Hulk, al que considero el máximo exponente del grupo de Los Vengadores (por carisma, fuerza e historia) no está lo suficientemente exprimido, sobre todo si tenemos en cuenta que es él, poseedor de una magnética personalidad que domina la escena, quien proporciona los mejores gags humorísticos del film. Por este motivo, siendo el más divertido, no entiendo que se espere a los frenéticos 40 minutos finales de película, correspondientes a la colosal pelea en Nueva York, para que haga acto de presencia con mayúsculas.

Whedon saca un insospechado partido de la tecnología -incluido el 3D- para poner a disposición de la historia, y siempre respaldado por una producción de órdago, una apabullante avalancha de efectos especiales. Son éstos el ingrediente fundamental de unas escenas de acción, auténticas obras de arte, que bien podrían funcionar cada una de ellas como piezas independientes pero que, al fusionarlas, crea un bloque compacto ante el cual el espectador no le queda otra que rendirse. Sobresalen en Los Vengadores unos combates excelentemente coreografiados, un sentido del ritmo envidiable (a pesar de que la acción tarda en despegar), su innata capacidad para tratar al público como personas inteligentes -ofreciendo un blockbuster capaz de seducir por igual a grandes y pequeños- y la gran química y buenrollismo general que se profesan las seis figuras clave. Todo ello se consigue gracias a un implícito sentido del espectáculo que ensombrece cualquier adaptación de algún cómic hecha hasta la fecha -obviando la trilogía de El caballero oscuro de Christopher Nolan y el Spider-Man 2 de Sam Raimi, todavía hoy la gran joya de la corona del universo fílmico marveliano-. Precisamente, muchos han calificado Los vengadores una cinta menor al compararla con el Batman de Nolan, obviando un detalle fundamental: mientras ésta aspiraba a ser una película oscura, reflexiva y de gran carga filosófica, esta nueva aventura de la Marvel lleva en su genética el humor y el sarcasmo, principal rasgo distintivo con la trilogía de culto. 

Con uno de los cameos más originales de Stan Lee y una de las escenas post-créditos más intrigantes que se recuerden -y que deja la puerta abierta para la segunda parte-, Los Vengadores conquistan el corazón del público porque a pesar de sus opuestas personalidades (el irreverente Iron Man, el heróico Capitán América, el carácter destructivo de Hulk…), en el fondo se quieren, se apoyan y respetan. Quizá, bajo toda esa sarta de puñetazos, explosiones y violencia en general, se esconda la clave del éxito de una película que, en el caso de ponernos serios -con moderación-, va más allá: el triunfo se consigue cuando se es capaz de trabajar en equipo y somos capaces de aceptar al prójimo con sus aciertos y errores.

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