Mentiras y gordas

Si con Más que amor, frenesí (1996) ya se adentraron en el mundo de la noche y el deseo y con Sobreviviré (2001) plasmaron en la gran pantalla que es posible enamorarse de una persona sin importar su género, en Mentiras y gordas (2008), Alfonso Albacete y David Menkes parecen fusionar ambas ideas para ofrecernos el retrato de un grupo de jóvenes que pretenden vivir la vida “a tope”. Poco les importa al nutrido grupo de personajes que nos regalan los directores que esa búsqueda constante de la felicidad y de la sensación de bienestar pase por el consumo de drogas, alcohol, sexo, por engañarse a sí mismos, al prójimo y al de más allá o por manifestar conductas manifiestamente mejorables como el romper el noviazgo con tu pareja por su exceso de peso, preferir gastar el dinero para la matrícula de tu próximo curso de la universidad por pastillas de éxtasis o modelos que no se alimentan debidamente porque, según sus palabras, viven atrapadas en “cuerpos de mentira”. Ante tal panorama, habrá quien considere que los jóvenes no salen muy bien parados en esta cinta a medio camino entre el cine social y el de denuncia, ese que tan bien conocen este tándem de directores, obviando una de las máximas que hay que tener en cuenta antes de juzgar la película: Mentiras y gordas no habla del conjunto de la juventud, ni aspira a ser un retrato generacional como en su día lo fue su antecesora temática Historias del Kronen (1995), o, salvando las distancias, Trainspotting (1996). Y, si lo fuera, sería un retrato sesgado, acotado por ese grupo de adolescentes presentes en nuestra sociedad –aunque haya todavía quienes nieguen de su existencia- de carácter hedonista, en busca de un placer efímero cuyo único destino es el de la propia autodestrucción. En esta línea el mensaje de la película es claro: todo acto tiene sus consecuencias y, aunque el dramático giro final es previsible, tópico y tramposo, no deja de ser el resultado de una vida sustentada, como bien indica el título de la película –juego de palabras incluido-, en las mentiras y en las drogas.

Las personas de las que habla el film son esa generación reciente –aunque el mundo de los excesos ha existido siempre- que se consideran casi los abanderados de una falsa postmodernidad cuando lo que en realidad buscan es el ocultar sus propios y derrocados cimientos interiores, en disfrazar una existencia carente de todo orden ético y moral que se ha visto arrastrada por una sociedad consumista y aburrida en la que los valores de lo provisional y lo efímero quedan muchas veces recompensados por encima de otros como el esfuerzo o la constancia. Masacrada por la crítica y por la mayor parte del público –a pesar de auparla al puesto de las películas más taquilleras del año- no me importa ejercer de abogado del diablo si afirmo que Mentiras y gordas, a pesar de no ser una de esas  películas españolas que destaquen por su gran calidad técnica ni por un argumento precisamente original –de hecho, en ocasiones, se hace hasta difícil dilucidar cuál es el verdadero argumento-, ha sido injustamente infravalorada, puesto que presenta una serie de virtudes a las que nadie pareció prestar atención. De entrada, gracias a su carácter coral, encontramos uno de los repartos juveniles más estimulantes del cine español, convertidos ya en la gran esperanza de una industria que ya se encontraría ahogada si no fuera por su existencia. Me refiero a nombres como Hugo Silva, Alejo Sauras, Maxi Iglesias o, sobre todo, Mario Casas. Los realizadores no disimulan la condición claramente comercial de su película al reclutar a nombres de gran tirón televisivo, garantizándose un (abrumador) éxito de taquilla–algo absolutamente lícito- al tiempo que les ofrecen el reto de aferrarse a unos personajes tan superficiales como desdibujados, pero también tan realistas como entrañables.

El ejemplo más nítido –y una de las sorpresas más gratas del film- es la presencia de una impresionante Ana Polvorosa que, demostrando que hay vida más allá de la Lore de Aída, ofrece la interpretación más fresca, divertida y más alejada del tópico de la película; las lágrimas de Polvorosa ante el espejo repitiendo eso de “lesbiana, bollera, bollo, marimacho, tortillera…”, tras comprender que no puede seguir ocultando más tiempo su orientación sexual, no es sólo uno de los momentos álgidos de la película, por intensidad y por todo el trasfondo que hay detrás de cada uno de esos términos, sino que constituye además una afilada crítica al amplio surtido de vocablos que presenta el idioma español cuando se trata de descalificar a alguien. El rostro desencajado de un músico incapaz de ofrecer, simple y llanamente, arte al mundo debido al devastador efecto de estupefacientes y los problemas de comunicación de unos padres con unos hijos que, nada más llegar a su hogar, se encierran en habitación y se evaden del mundo con unos auriculares, entrelazan este bello y revelador fragmento de la película. Precisamente, la acertada selección musical es otro de los puntos fuertes del film, con el tema principal “La verdad”, de Fangoria a la cabeza. Compuesto expresamente para la película, refleja impecablemente el espíritu de la misma al tiempo que nos pregunta dónde está la verdad. Frases del guión tan brillantes como: “lo que estoy sintiendo yo por ti no lo había sentido antes nunca ni por un hombre, ni por una mujer, ni por una gata”, en este caso rematada por ese revelador beso bajo la lluvia –la gran historia de amor de la película-, son otros momentos que justifican su visionado. 

Escrita por los propios directores, en colaboración con la ex Presidenta de la Academia de Cine y ex Ministra de Cultura Ángeles González-Sinde -en un proyecto que tardaron casi 5 años en sacar adelante-  sí es cierto que la estructura de la película no queda del todo definida –quizá debido a un trabajo de montaje y de guión irregular que no permite establecer con claridad la relación entre unos personajes y otros– y que aspectos como la anorexia, homofobia o el culto al físico no están abordados con la profundidad necesaria para concienciar al público. Por otro lado, y haciendo referencia a otro de los aspectos más criticados del film… ¡cuántos puntos hubiese ganado Mentiras y gordas si, en lugar de dedicar esos minutos a las interminables escenas sexuales, en su mayoría gratuitas, intrascendentes y en busca del morbo fácil, se hubiesen utilizado para ahondar en la personalidad de sus personajes, tal y como ocurrió en la citada Más que amor, frenesí! Menos mal que todo –o casi todo- queda olvidado con ese bello plano final en forma de prólogo de tres jóvenes que, mirando al horizonte, por fin han aprendido la lección que da sentido a la cinta: no hay peor engaño que engañarse a uno mismo. 

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