Extraños en un tren

Si algo demostró Alfred Hitchcock a lo largo de su filmografía es que hasta los aspectos más cotidianos pueden ser el origen de las peores tragedias: las aves (Los pájaros, 1961), una ducha (Psicosis, 1963), un familiar querido (La sombra de una duda, 1955) o, como en el caso de Extraños en un tren (1955), un convencional parque de atracciones o ese desconocido que se ocupa la plaza de nuestro lado en un viaje en ferrocarril. Basada en la novela homónima de Patricia Higsmith, estamos ante un artefacto de intriga milimétricamente calculado que, cumpliendo con una de las máximas obstinaciones de este tipo de cine, se vuelve a recurrir a ese hombre inocente acusado de un asesinato que no ha cometido –aunque, en este caso, con la particularidad de que no será la policía quien le persiga, sino el propio asesino-. El malogrado personaje en cuestión es Guy Haines (Farley Granger), un famoso jugador de tenis que entabla conversación en un viaje en tren con el joven Bruno Anthony (Walker), que le propone un plan macabro: cada uno deberá cometer un asesinato, con la característica de intercambiar a las víctimas. De esta forma, Guy deberá matar al adinerado padre de Anthony, para que de esta forma pueda disfrutar de su fortuna y, por su parte, éste último liquidará a la esposa del deportista, principal obstáculo para que éste pueda volver a casarse con su nueva pareja: la hija de un senador. Así, al mismo tiempo en el que los dos personajes fulminan al principal obstáculo de la vida del otro, evitarán levantar sospechas. Sin embargo, mientras Bruno no tarda en cumplir con su parte del pacto, Guy se muestra incapaz de cometer semejante fechoría –al contrario que en el libro original, donde sucumbe a las amenazas a las que le somete Bruno– algo que le traerá serios problemas…

La innovación en los aspectos técnicos y el marcado perfil vanguardista en los aspectos formales y estéticos ya quedó patente en su anterior película, La soga (1952) –un proyecto rodado íntegramente a través de un único (falso) plano secuencia- un hecho que ratificó Extraños en un tren. En este sentido, además de destacar la excelente fotografía en blanco y negro -nominada al Oscar- de Robert Burks, repleta de claroscuros, son reseñables dos momentos álgidos de la película: las escenas del tiovivo, de un realismo apabullante y una complejidad técnica que Hitchcock resolvió con su habitual maestría en gran medida por unos originales tiros de cámara, y por la forma en la que está filmado el asesinato a la esposa de Guy: reflejado en el cristal de unas gafas. Asimismo, es magistral todo el fragmento inicial desarrollado en el parque de atracciones; unos tensos minutos donde la presencia de un tétrico Bruno acechando a su futura víctima provoca un gran malestar gracias a la perfecta sincronía de una perfecta realización y una inquietante banda sonora. Ella, que ha reparado en su existencia, le observa desde la distancia, temerosa, como presagiando que algo malo va a ocurrir. Por esta razón, quizá sería descabellado considerar a Extraños en un tren como una película de terror, pero es de las pocas del director que, sin estar encuadrada dentro de este género-sólo habitado por Hitchcock en Psicosis y Los pájaros-, es una de las que más se le acerca. Quizá sea debido por, además de omnipresente y aterradora presencia del asesino durante toda la película, por ese extraordinario manejo de la psicología humana y, más concretamente, del ámbito de la locura, rasgo que posteriormente tendría a Norman Bates como máximo representante.

Otra similitud que esta película guarda con el anterior proyecto del director son las insinuaciones de homosexualidad: si en La Soga era fácilmente deducible una relación gay entre los dos protagonistas, en esta ocasión también se puede apreciar unas connotaciones sexuales por parte del personaje de Bruno que la censura de la época no tenía piedad en censurar, por lo que son de todo menos evidentes. Lo que sí es palpable es el hecho de que el film hilvane muchas de las constantes que han marcado el cine del británico: además de ofrecernos un argumento basado en la muerte y los comportamientos malsanos, es subrayable la importancia que se le otorga al factor suerte o de azar en la narración, llegando a estar simbolizada en un rutinario partido de tenis. Aspectos que remiten a Match Point (Woody Allen, 2005) hasta el punto de poder considerarse el film del neoyorkino como una revisión parcial –u homenaje- de este clásico de Hitchcock, donde, ese aparente intrascendente escena de una pelota de tenis cayendo a un lado o a otro del campo –condicionando, según el resultado, el destino del jugador- resultan de una similitud sospechosa, al tiempo que nos recuerdan una inquebrantable verdad que, en ocasiones, nos negamos a aceptar: la mayor parte de acontecimientos de nuestra vida están originados por el factor suerte. Y, en Extraños en un tren, con un personaje al que un mechero –convertido en leit motiv– se le cae justo en una trampilla de alcantarilla, no es una excepción.

Con escenas políticamente incorrectas y de alto voltaje dramático–como ese tíovivo repleto de niños que queda devastado en el fragmento final, con los gritos desgarrados de sus madres de fondo- el aspecto más débil de Extraños en un tren se puede resumir en esa premisa sin la cual no habría historia -¿por qué no acude a la policía el protagonista para contar el plan de Bruno, al que acaba de conocer?-, aunque es algo que queda compensado con ese impagable –y cíclico- epílogo, por el Hitchcock, en el mismo escenario y con la misma puesta en escena de la primera toma, ratifica la idea de que realmente nos podemos fiar de muy poca gente. Y menos en un tren.

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