Sonrisas y lágrimas

Algunos la han calificado de sensiblera, cursi y ñoña, pero de lo que no cabe duda es que el poder magnético de Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965) permanece intacto a día de hoy, después de haber marcado la vida de varias generaciones y lograr convertirse en un pilar irreemplazable de la cultura popular. El secreto, quizá, para que este gran clásico musical, con serios ecos de superproducción, siga conservando intacta su frescura en la actualidad sea su capacidad innata para constituir uno de los más contundentes cantos a favor de la vida que ha dado nunca el séptimo arte. Mezclando hábilmente comedia, drama, conflicto político y, como no, una extensa lista de inolvidables canciones, Sonrisas y lágrimas se convirtió, por méritos propios, en el musical más taquillero de la historia del cine y el título clave del género en los años 60, con permiso de West Side Story (1961), que el propio Wise dirigió cuatro años antes. Galardonada con 5 Oscar -entre ellos Mejor película y Director-, la película nos sitúa en el Austria de 1938, época de plena expansión del movimiento nazi, para narrarnos las vicisitudes de la familia Trapp, formada por un capitán viudo (Christopher Plummer) y sus siete vástagos, educados en la más estricta disciplina. No obstante, la llegada de María (Julie Andrews), una institutriz que acaba de abandonar la abadía de Estrasburgo, cambiará por completo los hábitos de la familia, insuflando nuevos aires a un clan tan aparentamente inflexible como infeliz. 

La eterna Mary Poppins nos regala una interpretación en la que no sólo canta y toca la guitarra, sino que además baila por esas eternas praderas panorámicas al compás de “The sound of music” (tema del que la película coge su título original). Con estas representativas imágenes se abre una película que, inspirándose en el libro La historia real de los cantantes de la familia Trapp, de María Von Trapp, no disimula su exaltación a valores como la familia -cuya cohesión, entre otros aspectos, se hace imprescindible a la hora de hacer frente al problema alemán-, la naturaleza -esas oníricas y omnipresentes estampas casi podrían considerarse como un alegato a favor del medio ambiente- o al poder casi milagroso de la música -el instrumento a través del cual María consigue ganarse el cariño de los niños, y vehículo además por el que el capitán von Trapp empezará a ver con buenos ojos a la recién llegada (“Me he dado cuenta que no conocía a mis hijos”, le confesará). Además, encontramos otras temáticas tímidamente exploradas como podrían ser la crisis de fe de la protagonista -durante el proceso por el que la protagonista deduce que se ha enamorado de su jefe, y así se lo hace constar a la madre superiora del convento- o el problema de la invasión nazi, el detonante para que la familia Trapp se vea obligada a abandonar el país.

Acertó Wise al reunir en Sonrisas y lágrimas todos los ingredientes de ese cine familiar que, desde Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), hasta Cintia (Melville Shavelson, 1958), film con el que guarda también una cierta semejanza argumental, empezó a triunfar en ese Hollywood siempre devoto de las historias construidas sobre un potente híbrido de, precisamente, risas y lágrimas, en la mayoría ocasiones apelando al happy end. Sonrisas y lágrimas sumó a sus pegadizas canciones (“My favorite things”, “Do, Re, Mi”, “So long, farewell” o ese legendario “The lonely goatherd”, correspondiente al momento álgido de la representación de marionetas) y sus bonitos paisajes, figuras tan representativas de la narración clásica como la del hada madrina, ejemplificada en la propia figura de Andrews, y la de una antagonista que aquí viene a desempeñar el rol de perversa madrastra: la baronesa Schroeder (Eleanor Parker). Esta altiva mujer, que sueña con reclutar en un internado a los hijos del hombre con el que piensa casarse, se las ingenia, consumida por los celos, para que María se marche del hogar familiar: “Adiós María, estoy segura de que será una buena monja”, le espeta. Es una lástima que el director, en su afán por teñir a la historia de ese premeditada dulcificación -a veces excesiva-, no haya potenciado la rivalidad entre las dos féminas. El conflicto entre ambas queda, además, tan mal resuelto como ese innecesario interludio en forma de salto temporal situado entre los dos bloques en los que se divide la película. Dicho paréntesis priva al espectador de conocer las reacciones del clan familiar ante la marcha de la protagonista. 

Puro ejercicio de evasión, tremendamente inspiradora y vitalista, sería injusto negar la influencia que Sonrisas y lágrimas ejerció ha ejercido en los musicales posteriores -por no hablar de su versión teatral, que sigue reproduciéndose a día de hoy con tremendo éxito-, sino incluso en la propia industria de la moda, puesto que hasta el más veterano modisto ya quisiera para sí un diseño de trajes con tela de cortinas que aguante de forma tan perenne el paso del tiempo. Con detalles tan atípicos como acertados -el epílogo de más de media hora iniciado tras la boda de los protagonistas, eminentemente político, donde poco importa que se vuelvan a reproducir las canciones que han sonado durante todo el metraje- no cabe duda de que, si es verdad eso que dicen de que una imagen vale más que mil palabras, entonces el valor de Sonrisas y lágrimas es incalculable. 

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