Million Dollar Baby

Catalogar a Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2005) como una película sobre boxeo no sólo resulta terriblemente injusto, sino del todo desacertado. Porque, más allá de esos omnipresentes combates y esos entrenamientos interminables, nos encontramos ante uno de los más robustos relatos de superación personal (en la línea de Mi pie izquierdo Jim Sheridan 1989-), de la lucha por alcanzar una meta, que ha dado nunca el cine. Donde esos golpes físicos, crudos y encarnizados, se vuelven pasmosamente livianos si los comparamos con los, sin embargo, aún más decididos golpes a la conciencia que deja esta obra en el espectador. A través de una narración clásica a la par que formal, el director va desgranando la historia de dos directores de gimnasio, el solitario Frankie Dunn (Clint Eastwood) y el otrora boxeador Scrap (Morgan Freeman), cuyas vidas cambiarán cuando Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una joven de 31 años en busca de alguien que la entrene para cumplir su sueño de llegar a convertirse en una profesional, se apunte al mismo. Al principio, Frankie se mostrará reticente, excusándose en que él no entrena a mujeres, pero con el paso del tiempo y viendo la irrompible determinación de la chica, no dudará en ayudarle en su objetivo. 

La voz en off de Scrap va narrando, de forma magistral y regalándonos pequeños (o grandes) titulares de la vida, una película convertida en una apabullante lección de cine, construida sobre cimientos tan sólidos como elegantes, rozando en todo momento la perfección, gracias en parte al depurado guión de Paul Haggis (Crash, 2004). Nada chirría en un ejercicio que, alejándose de golosos tonos melodramáticos, logra engatusar a un espectador que, desde el minuto uno, queda fascinado por una historia de valor y trasfondo tan universal. La estrecha relación que va uniendo a Frankie y Maggie, dos personas magulladas por su mala suerte en la vida y que parecen necesitarse y apoyarse la una a la otra, supone una punzada directa al corazón (“Sólo te tengo a ti, jefe.”, le dice a su veterano maestro). Sobre esta relación, en la que Eastwood se reafirma como uno de las máximos y más devastadores conocedores de la especie humana, van girando cuestiones tan propias de la filmografía del director como el amor -aquí en forma de sentimientos paternales-, la moral y la fe, aquí convertida en ese refugio al que acudir cuando ya apenas puedes esperar nada de la vida, cuando lo único que te queda es una caja de cartón en la que no sólo están encerradas unas cartas siempre devueltas a la misma dirección, sino también todos tus anhelos y esperanzas. El dolor de la pérdida de una hija.

Sustentada sobre un magnífico trío protagonista, entre la que destaca una iconográfica  Hilary Swank enfundada en un traje de boxeo verde que logró su segundo Oscar por este trabajo -tras Boys don´t cry (Kimberly Peirce 1999)-, Million Dollar Baby nos regala instantes que ya forman parte de la historia del cine, como esa mirada, afín y complaciente, de un Scrap que, tras apagar por la noche las luces de su gimnasio, comprueba perplejo que Maggie está lejos de rendirse. Si a eso le añadimos la cortante y certera frase en off que pronuncia su personaje a continuación –“si existe una magia en el boxeo es la magia de arriesgarlo todo por un sueño que no ve nadie excepto tú”– con la insuperable partitura del propio Eastwood como telón de fondo, el resultado es demoledor, en perfecta sincronía con el tono del film. A esto ayuda, además de la recurrente y efectiva técnica de plano-contraplano, ese envidiable manejo de las luces y las sombras, siempre con la intención de envolver al relato en un tono sombrío acorde con la también oscura historia que se nos está contando; la escena donde mejor se ejemplifica esto es en la que Scrap, en el tramo final, le confiesa a su compañero que está orgulloso de todo lo que ha hecho por Maggie. Fragmento, por cierto, donde encontramos otra de las grandes líneas de guión: “Maggie entró por esa puerta sin posibilidad de cumplir su sueño; año y medio luchaba por el Campeonato del Mundo gracias a ti”. 

A pesar de que es impecable de principio a fin -razón por la que ganó 4 Oscar: Película, Director, Actriz y Actor Secundario-, es cierto que es su última media hora, toda la desarrollada tras el accidente de Maggie, cuando la película alcanza sus mayores cotas de emotividad y dimensión ética. No sólo se termina por demostrar que, a veces, el término familia no tiene por qué ir ligado a los lazos familiares (Frankie era, de lejos, la verdadera familia de una Maggie que espera, junto a la ventana del hospital y cada vez más decepcionada, la llegada de una madre y unos hermanos que prefieren divertirse en un parque de atracciones), sino que además se ponen sobre la mesa, de forma sutil y sin intención de ofender la sensibilidad de nadie, cuestiones tan vidriosas como la eutanasia, factor por lo que resulta inevitable compararla con Mar Adentro (Alejandro Amanábar, 2004). Y es que, al igual que el mensaje final de la película, no hay imposibles para Clint Eastwood. 

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