12 hombres sin piedad

Dentro del subgénero de los dramas judiciales, no cabe duda que 12 hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) ocupa una posición privilegiada. Se trata de la ópera prima de un director que destacó durante toda su prolífica carrera por su condición de observador de la realidad y por atreverse con los más agudos y afilados dilemas morales, especialmente los vinculados con el mundo del derecho –Veredicto final (1982), Declaradme culpable (2006)…-. Pero el ejemplo más robusto lo encontramos en el film que hoy nos ocupa, donde el cineasta no tuvo reparos en, adaptando el potente texto narrativo de la obra de teatro de Reginald Rose y aplicando la máxima de que “nunca hay que dar nada por seguro”, lanzar una de las más mordientes críticas al sistema judicial estadounidense. La película gira en torno a doce miembros de un jurado popular que deberán decidir la culpabilidad o inocencia de un joven chicano que está a punto de ser condenado por asestar varias puñaladas a su padre. Todas las hipótesis apuntan hacia una única dirección: el muchacho es responsable del crimen y, como tal, deberá ser enviado a la silla eléctrica. Así lo cree el juez y la inmensa mayoría de los que conforman un jurado popular en el que uno de sus miembros, sin embargo, intentará demostrar que no existen razones de peso para dictaminar su culpabilidad. Para ello, se apoyará en uno de los principios más básicos del derecho: “Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. 

El gran Henry Fonda -productor de la cinta, por primera y única vez en su carrera- interpreta a este elemento díscolo del jurado que, mediante sus lúcidas premisas y su envidiable capacidad crítica, intentará convencer a sus compañeros de la sala de deliberaciones de que, antes de dictar sentencia, las pruebas deberían ser concluyentes, máxime si lo que está en juego es la vida de un supuesto inocente. Una tarea nada fácil, puesto que sus compañeros no son capaces de entender que no se puede jugar con la vida de una persona si antes no se ha observado su caso desde todos los ángulos posibles. Aún así, llegará un punto en el que no tengan más remedio que admitir que sus circunstancias personales y sus propias personalidades han interferido a la hora de considerar al acusado como culpable. Se revela aquí uno de los principales focos de atención del director: la inviabilidad de un organismo tan superfluo y carente de solidez como son los jurados populares, integrado por personas que, aún inconscientemente, se dejan arrastrar por sus propios criterios, prejuicios (el hecho de que el acusado sea pobre y pertenezca a una minoría étnica parece ser razón suficiente para ellos) y tortuoso pasado. Si a ello le sumamos unos testigos que, a pesar de ofrecer sus versiones bajo juramento, no resultan creíbles y un juez y una fiscalía que tan sólo necesitan tres sesiones para aplicar a un adolescente la pena capital, el resultado es tan contundente como incendiario. Lumet se muestra decididamente crítico no sólo con un sistema judicial que hace aguas en todos sus vértices, sino también por la aplicación de la pena de muerte en una sociedad que se jacta de ser moderna y civilizada pero que, a la hora de la verdad, no tiene remordimientos de conciencia en aplicar la deshonrosa ley del talión; es decir, quitarse de en medio a esos elementos perjudiciales para el resto. ¿Y esto es modernidad?

Con un tempo narrativo y un argumento que bien podría haber sido obra y gracia del mismísimo Hitchcock, 12 hombres sin piedad no disimula en ningún momento su origen teatral. La mayoría de su acción se desarrolla en una única habitación, con todos los miembros del jurado bordeando la gran mesa donde pasarán a deliberar. Un sólo escenario que revela, por un lado, la escasez de presupuesto con la que se llevó adelante el proyecto y, por otro, que la película se apoya básicamente en sus impecables actuaciones y su guión de hierro. Además, cabe destacar la magnífica dirección de Lumet que, con tan sólo 31 años, ofreció toda una lección de cine (y de filosofía) para la eternidad; porque si algo caracteriza a 12 hombres sin piedad es su carácter imperecedero, la universalidad de sus planteamientos. El director de Tarde de perros (1975),  juega con el espacio narrativo a su antojo, sacando el máximo partido al minúsculo escenario donde se desarrolla acción -jugando, además, con las lentes de las cámaras para dar la sensación de un espacio cada vez más reducido-; se reveló también como un maestro a la hora de la composición de los planos, colocando estratégicamente a cada uno de estos doce hombres para que, en cada tiro de cámara, aparezcan perfectamente encuadrados. Prodigiosos son también esos primeros planos asfixiantes de unos sudorosos seres que -precisamente- el día más caluroso de la época estival deben deliberar, circunstancia de la que se aprovecha Lumet para conseguir ese clima claustrofóbico, incómodo incluso que tiñe toda su película. Las condiciones atmósfericas adversas que van sucediéndose (“El cielo se está oscureciendo: vamos a tener tormenta”, apunta uno de ellos) bien podrían entenderse como una metáfora de todo lo que está sucediéndose en esa sala donde, en efecto, se está desatando la más descontrolada de las tormentas. 

Nominada a 3 Oscar – Mejor película, director, guión adaptado- 12 hombres sin piedad volvió a demostrar que, incluso en el ámbito legal, los prejuicios latentes en la sociedad (machismo, racismo, origen social…) son una realidad incuestionable. Es por ello que, aún a día hoy, es una película que se sigue proyectando en las facultades de derecho americanas. El visionado de este brillante ejercicio de imparcialidad jurídica constituye, sin duda, una de esas clases que los alumnos llevarán grabadas a fuego de por vida. 

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2 pensamientos en “12 hombres sin piedad

  1. Muy buena crítica. Tienes razón, los protagonistas se mueven en el espacio reducido igual que si fuera un teatro. Me gustó mucho esta película, la hora y media pasa que ni te enteras.
    Lo que más me gusta de estas películas antiguas es la caracterización del hombre machito, que se presenta siempre como un tipo duro y acaba sufriendo una dramatización que hoy día no se ve en las películas! Ese trabajo de los actores de antes lo admiro.

    • Es una obra sumamente teatral, me recordó a “Un tranvía llamado deseo”, donde casi la totalidad de la acción también se desarrolla en un único escenario. La película, como bien dices, se pasa volando y resulta muy entretenida.

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