Shortbus

Nunca una película con tanto sexo explícito como Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006) había resultado un ejercicio tan limpio, honesto, blanco y tan poco gratuito. Mezclando hábilmente comedia, drama y arte -mucho arte-, nos encontramos ante una película que, poniendo su foco de atención en los sectores más liberales de la sociedad, sirve de reflexión sobre cómo el sexo puede ser determinante a la hora de lograr o no la felicidad. Asimismo, constituye una interesante apuesta a favor de la libertad sexual, del desprendimiento de cualquier tabú o prejuicio en lo relativo al sexo; en este sentido no es casual que la primera y última imagen de Shortbus sea la Estatua de la Libertad. No hay símbolo que resuma mejor el espíritu de una película que ya desde la primera escena pone al descubierto sus cartas -un joven en una bañera, desnudo- al tiempo que advierte que no estamos ante un espectáculo apto para todo tipo de públicos. También Shame (Steve McQueen, 2011), película que bien podría haberse inspirado en Shortbus, pasó a la historia con esa sucesión de esos controvertidos planos iniciales del enorme Michael Fassbender. Ambos films comparten, además, la polémica de las que han ido rodeadas desde su estreno, pero es innegable que ambas nos regalan un espectáculo de gran franqueza sexual, libre de cualquier tipo de censura y, en contra de lo que pudiera parecer, donde las incursiones que van más allá de lo erótico no son más que el pretexto para hablar de sentimientos, frustraciones y soledades. 

La gran diferencia respecto a Shame es que Shortbus prefiere evitar centrar su acción en un único personaje y opta por ofrecer un enriquecedor relato colectivo, un microcosmos integrado por personas que se desnudan, en cuerpo y alma, en ese local privado alternativo para adultos del que la película toma el título. Este cóctel de personajes neoyorkinos, argumentalmente entrelazados entre sí, está integrado por Sofía (Lee Sook-Yin), una sexóloga incapaz de alcanzar un orgasmo; James (Paul Dawson) y Jaime (Pj Deboy), una pareja de homosexuales cuya relación está lejos de considerarse idílica y que llegan a plantearse incorporar una tercera persona a sus relaciones -motivo por el cual visitarán a Sofía-, y Severin (Lindsay Beamish), una mujer que sodomiza a sus clientes y que aspira a tener una pareja formal. Todos ellos se darán cita cada noche en este suburbio donde se reúnen decenas de personas, de toda condición sexual, con el fin de saciar sus más bajos instintos y así poder escapar de esas carencias afectivas que caracterizan sus vidas. 

Quizá este experimento del que ya se reveló como uno de los directores más inconformistas y transgresores de la actual escena cinematográfica con su espléndida ópera prima Hedwig and the angrey inch choque con un segmento del público acostumbrado a disfrutar de una película sólo si en ésta queda reflejada su propia moral. Estas personas, incapaces de apreciar que bajo su sucesión de orgasmos -auténticos, por cierto- autofelaciones y orgías hay mucho más corazón del que imaginamos, deberían evitar sumergirse en una experiencia tan extrasensorial y rica en matices como Shortbus. No es tan difícil apreciar que bajo estas volcánicas escenas, ya iconográficas dentro del cine independiente USA, se esconde una película cuya verdadera esencia es el amor, las emociones humanas. Nunca el sexo. El gran mérito del director es el de ofrecer, con toda la naturalidad del mundo y a años luz de cualquier atisbo de obscenidad, un arriesgado recital de escenas sexuales sin inmutarse. Se muestra, pues, plenamente convencido de lo que está contando y consciente de que era necesario en los tiempos que corren una cinta que tumbase cualquier tipo de convención o restricción social.

Premiada en diversos festivales como el de Gijón -donde conquistó los galardones al Mejor Guión y Mejor Dirección Artística- y con guión del propio director, quizá alguien hubiese preferido que se filmasen las escenas sexuales de Shortbus de una forma más sutil, menos explícita. Algo que, sin duda, hubiese sido una opción tan válida como por lo que opta Mitchell. Al final, lo que queda grabado en la retina del espectador es el de haber asistido a una película sobre la incomunicación en el mundo actual y, en donde la retahíla de contundentes escenas finales -con el único sonido de la excelente música de fondo- justifican por sí solas su visionado. Si el cine se mide por la capacidad que tienen las películas de permanecer grabadas a fuego en la retina del espectador, entonces Shortbus es cine en estado puro. 

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