La calumnia

El universo Hollywood siempre se ha mostrado reacio a incluir la temática homosexual en sus películas; de ahí, que sean especialmente significativas obras contemporáneas como Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) o Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), si bien antiguamente ya se había abordado el tema -de una forma mucho más sutil- en la también espléndida Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969), entre otras. Lo que llama poderosamente la atención son los escasos ejemplos de lesbianismo que podemos encontrar, algo lógico si tenemos en cuenta que si ya de por sí la propia homosexualidad masculina es (o era) un tema tabú, cuanto menos la femenina. Por ello merece un lugar tan privilegiado en la historia del cine la transgresora La calumnia (William Wyler, 1961), por mucho que se tratase de un remake de Esos tres (1936), del mismo director. En ambas películas, a pesar del carácter más descafeinado de la primera, se cuenta la misma historia: cómo la amistad que mantienen las dos directoras de una escuela privada para niñas, Karen (Audrey Hepburn) y Martha (Shirley MacLaine), amigas desde la infancia, se ve destruida por la difamación de una niña odiosa y malcriada. La pequeña no duda en extender el rumor de que entre sus docentes existe una relación sexual. La sociedad, entonces, no tendrá piedad con las jóvenes maestras: la totalidad de los padres sacarán a sus hijos de la escuela por temor a que la moralidad de sus vástagos quede seriamente dañada ante un escándalo que se extiende como la pólvora. Las consecuencias serán lapidarias.

La calumnia es un oscuro drama de alto voltaje que causó una gran controversia en su estreno -el director incluso tuvo que limitar las referencias a la homosexualidad de la película para recibir la aprobación de Hollywood en una época en la que esta condición sexual aún se ligaba, por ejemplo, a trastornos genéticos o mentales- y además demostró, una vez más, la gran calidad artística de Hepburn y MacLaine. Ambas actrices, en unos roles completamente alejados a sus dos trabajos más conocidos –Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961) y El apartamento (Billy Wilder, 1960), respectivamente- demuestran cómo el desgarro de sus actuaciones puede traspasar la pantalla, haciendo patente cómo sufren en primera persona la tremenda justicia de una sociedad prejuiciosa e ignorante que no tiene reparos en cebarse con ellas. Sorprende la valentía y, sobre todo, el inconformismo y versatilidad de un director que venía de rodar historias tan dispares como Ben-Hur (1959) o Horizontes de grandeza (1958). En La calumnia el cineasta reflejó, además del poder letal de los caducos convencionalismos sociales que se creen expertos en materia evolutiva para calificar qué es lo “natural” o “anti-natural“, el inmenso poder que tiene el efecto boca a boca en nuestra sociedad; cómo una información sin contrastar, lo que viene siendo un rumor, puede destrozar la vida de dos seres inocentes. ¿No podemos considerar a Wyler, en este sentido, como un visionario, a sabiendas de que uno de los aspectos de lo que más adolece nuestro entorno es de su capacidad ipso facta para crucificar al prójimo, a entidades incluso, cuando en realidad no nos estamos amparando más que en un rumor…en una calumnia?

Con un extraordinario dominio de la técnica profundidad de campo -tanto los elementos situados en un primer término como los colocados al fondo aparecen perfectamente enfocados-, y con unos tiempos dramáticos milimétricamente medidos, en La calumnia son patentes los momentos en los que el director pretende obviar la propia palabra “homosexualidad“. Así, por ejemplo, llama la atención la escena en la que Karen se entera, por fin, de la razón de que los padres hayan huido con sus vástagos de la escuela o el momento en el que Mary, la pérfida niña (gran acierto de casting, por cierto) le revela a su abuela la aventura sentimental que, según ella, mantienen sus profesoras. En ambos casos, el primero porque se desarrolla en un absoluto silencio y, el segundo, porque tiene lugar al oído, el director nos priva de escuchar la deseada palabra, a la vez que se asegura recibir el visto bueno por parte de la Academia de Cine. También merece la pena mencionar la estudiada composición de los planos, especialmente en la escena del interrogatorio a la pequeña Mary, donde podemos observar a los cinco miembros que integran el plano estratégicamente situadosKaren y Martha, por ejemplo, aparecen divididas por la propia figura de la niña-.

Nominada a 5 Oscar -Actriz secundaria (Fay Bainter), Dirección Artística, Vestuario, Fotografía y Sonido-, La Columnia pasará a la historia por su dramatismo sobrecogedor, por su carácter incendiario y unos diálogos casi volcánicos y, aunque el director podría haber rematado la faena convirtiendo el simple rumor en una historia verídica, no cabe duda lo arriesgadísima de su propuesta. Para los anales quedará el momento de la confesión de Martha a su amiga (“A veces las mentiras esconden una gran verdad”) y, cómo no, ese plano final de una Audrey Hepburn caminando con la cabeza bien alta, dirigiendo una fugaz mirada al cielo, tras enterrar a su inseparable compañera. La sociedad, en cambio, sólo puede agachar la cabeza: ellos han sido los responsables de este trágico final. No es una película de la década de los 60: es el retrato de nuestro tiempo. 

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2 pensamientos en “La calumnia

  1. Buenos días
    Estoy disfrutando la revisión de esta gran película y navegando por la web he dado con su interesantisimo blog
    Quisiera comentarle que en su entrada usted dice:
    “el director podría haber rematado la faena convirtiendo el simple rumor en una historia verídica,” Entiendo que no fue así porque precisamente las calumnias se basan en mentiras.
    Si hubiera una historia verídica detrás estaríamos entonces ante otra película.

    • Gracias por tu comentario y, pensándolo bien, puede que lleves razón en tu apunte. En cualquier caso es una OBRA MAESTRA, todavía hoy desconocida por muchos. Una joya a reivindicar.
      Gracias por lo que dices de mi blog, espero verte por aquí a menudo, leyendo mis críticas y comentándolas, será para mí un placer. Un abrazo! 🙂

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