Shelter

A pesar de que elementos como el cariño, la atención, la escucha, el afecto… en definitiva, la educación, no tienen nada que ver con la orientación sexual de cada uno, no son pocos los colectivos sociales -cada vez menos, afortunadamente- que se muestran reacios a la adopción por parte de parejas homosexuales. Es por ello que se hacen especialmente necesarias películas como Shelter (Jonah Markowitz, 2007), una de las grandes sorpresas del cine americano independiente de los últimos tiempos, capaz de abordar un tema de máxima actualidad y enorme polémica como este y salir más que airosa del intento. Con un limitado presupuesto y unos actores casi desconocidos, Markowitz rodó la que hasta ahora es su única película, una historia de amor sobre el despertar sexual de Zach (Trevor Wright) un artista adolescente que, en contra de lo que nunca hubiera podido imaginar, se enamora de Shaun (Brad Rowe), su profesor de surf. Pero Shelter es mucho más que eso: es un alegato a favor de la educación de los menores por parte de una pareja del mismo sexo -ahí está Coby, el sobrino del protagonista, criado por él como si fuera su propio hijo debido a la irresponsabilidad de su verdadera madre-, así como un retrato de las diversas fases por las que atraviesa un adolescente cuando empieza a tener serias dudas acerca de su condición sexual (confusión, negación, aceptación…).

A través de unas actores auténticos, cómplices, cuyo amplio registro de matices no sirve sino para otorgar de credibilidad al relato, Shelter es un espectáculo visual de alto voltaje debido a la fuerza las imágenes que bañan una historia que tiene lugar en la zona costera de California. Abundan las estampas marinas, unas kilométricas playas salvajes, esas majestuosas mansiones en primera fila de la costa… en este sentido estamos ante una película lumínica, fresca, que destaca por su cuidada y nítida fotografía y por una banda sonora de gran calidad, totalmente acoplada al desarrollo visual. Asimismo también merece la pena subrayar que la mayor parte de su metraje se desarrolla en exteriores, como esas escenas de surfeo especialmente difíciles de rodar y de las cuales el director sale victorioso manejándose con una desenvoltura que ya quisieran para sí muchos directores noveles. Es una película que respira ganas de vivir por los cuatro costados, un auténtico canto a la aceptación de uno mismo como primer paso para empezar a ser feliz, algo que no resulta fácil cuando la poca familia que te queda -como le ocurre a Zach– te advierte en pleno proceso de inestabilidad sexual: “¿Tú no eres marica, verdad? Es que no quiero lidiar con eso”. Son las palabras de la hermana del adolescente protagonista, persona irresponsable, incapaz de cuidar ni de ella misma ni de Coby, su propio hijo. Y este es precisamente el principal talón de aquiles de la película: el haber tenido que recurrir a una madre poco ejemplar a la hora de reivindicar la paternidad gay; si bien es un planteamiento admisible, correcto, no deja de resultar un aspecto poco arriesgado. Tal y como nos pintan a la mujer, en cualquier circunstancia estaría mejor educado el niño protagonista que en manos de su madre.

Aún así, el resultado final es sobresaliente. Markowitz apenas necesita 90 minutos para filmar una de las historias de amor más apasionadas que se han visto nunca en la gran pantalla, donde pocas veces un primer beso se había hecho tan de rogar y había estado filmado con tanta delicadeza. Es admirable cómo después de producirse este gran punto de inflexión de la película, se opta por introducir un fundido a negro para, seguidamente, abrir con un amanecer. Pero el espectador más avispado sabrá que no es un amanecer cualquiera, sino el redescubrimiento de un mundo inexplorado del que apenas se tenía conciencia, el descubrimiento de una nueva vía que marcará el resto de tu vida… el amanecer, en definitiva, de tus deseos interiores. El cineasta, por tanto, se sitúa a años luz del morbo, optando más por sugerir que por enseñar en el terreno sexual y cuidando al máximo cada encuentro furtivo de los protagonistas. Y, todo, manteniendo un pulso narrativo formidable, ingeniándoselas para no aburrir en ningún momento y haciendo un excelente uso de la ralentización para penetrar en la psicología de los personajes. Todo esto provoca que el espectador se vea arrastrado, sin aparente esfuerzo, a esos altibajos, a ese vaivén emocional de una relación amorosa menos atípica de lo que pueda parecer y que incluso llega a vivir en primera persona. 

“Puede que para ti no, pero esto es totalmente nuevo para mí”, le confiesa Zach a su profesor, en ese proceso de inestabilidad existencial. El joven artista da pie al título de la película, usando esas creaciones callejeras convertidas en su mayor hobbie -y posterior profesión- como el refugio al que acudir para evadirse de un mundo en el que no termina de encontrar su verdadero lugar. Se evoca así al poder de la pintura o de las diferentes creaciones plásticas como instrumentos para, una vez te proporcionen las fuerzas necesarias, enfrentarte a lo desconocido. Quizá el happy end no sea del todo creíble, pero sólo por la honestidad con el que está rodado y por todo lo que transmite se merece un puesto privilegiado en la lista de finales más emotivos que recuerdo: una estampa final donde la frase “Todo niño debería tener esta suerte”, es un golpe directo a las conciencias de todos y cada uno de nosotros, especialmente de los detractores de la adopción por parte de gays. Y, como no, ese beso final delante de Coby, algo que nos puede resultar insignificante pero que es de una valentía tremenda por parte del director en un loable esfuerzo de querer normalizar estas uniones sentimentales. Y qué mejor hacerlo que educando desde la infancia sobre ello. La experiencia nos dice que después, quizá, sea demasiado tarde. 

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