Cintia

Probablemente, sin la presencia de Cary Grant y Sophia Loren, Cintia (Melville Shalvenson, 1958) no pasaría de ser más que una película liviana, pasajera… del montón. Adolece de ritmo narrativo, le sobran situaciones inverosímiles -algunas casi risibles- y el argumento no destaca precisamente por su originalidad. Sin embargo, resulta inevitable resistirse a la química que se produce entre ambos intérpretes, a pesar de su sustancial diferencia de edad: él 54 años, ella 25. Loren da vida a Cintia, una bella italiana hija de un famoso director de orquesta que, cansada de la vida de la alta sociedad, comienza a trabajar para ciudar a los tres hijos de Tom (Cary Grant), un abogado recién enviudado. Esta especie de Mary Poppins, un espíritu indomable en busca de un entorno en el que oxigenarse, se dedicará a cambiar por completo el clima familiar, hasta el punto que el protagonista no tardará en caer rendido a su temperamental carácter y su ocurrente personalidad. Porque en esta película una Loren en el despunte de su apoteósica carrera, además de ofrecer todo una lección de estilo gracias a una selección acertadísima de vestidos, también aprovecha para demostrar sus dotes como cantante y bailarina. En los momentos de rodar la película su carrera ya estaba divida entre Hollywood y Europa, y en ambas partes del océano se la consideraba una de las actrices más bellas que había dado nunca el cine.

Cary Grant, por su parte, se hallaba inmerso en el esplendor de su exitosa carrera, aunque su interpretación en esta película no sea una de las más recordadas. Su personaje no consigue empatizar con el espectador debido a que es excesivamente plano; debido a su ausencia de garra, de carácter, no consigue resultar creíble como padre de tres criaturas y tampoco en su romance con Cintia: Grant queda absolutamente eclipsado por ese ciclón de energía, de savia refrescante que representa la diva italiana. Al propio actor quizá le hubiese beneficiado compartir más minutos con su compañera de reparto, y el director podría habernos privado del hecho de no tener que esperar casi media hora para que ambos aperezcan juntos en escena y entablen conversación, iniciándose así una cierta tensión sexual que se mantendrá vigente durante todo el relato. La precipitada resolución final de esta aventura amorosa tampoco está tan bien resulta como cabría esperar. Sin embargo, todo ello podría quedar compesado si tenemos en cuenta que no estamos asistiendo a una película romántica como tal -a pesar de que su broche final sea un happy end en toda regla, que era lo que por aquel entonces se cocinaba en Hollywood-, sino ante un retrato familiar construído bajo una estimulante sucesión de estampas, bellas canciones y gags de lo más variopintos (y con los que Salvenson se toma numerosas licencias narrativas) con el fin de que todas las generaciones pudiesen disfrutar. Entre esos divertidos momentos destacan el de las vías del tren, todos los relacionados con la casa flotante o el fragmento final de la marcha nupcial. Sin embargo, también abundan escenas de tinte esperpéntico como la de Cintia encontrándose con uno de los hijos de Tom en la barca o cuando ésta hace trampas en una atracción de feria para conseguir una armónica que, dicho sea de paso, acabará teniendo un cierto peso en la película.

Aún así, la película no puede disimular que, bajo este aroma a cinta apta para todos los públicos, se esconde una importante ausencia de conflicto dramático -a pesar de los celos de unos retoños que ven a la niñera como una madre impuesta, o la envidia que despierta la protagonista en el entorno social del abogado-. Con una dirección a la que le falta garra y determinación y con un argumento que evoca sospechosamente a la posterior Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965) y del que se podía haber sacado mucho más jugo, Cintia es una obra menor de un irregular director recordado, sobre todo, por sus trabajos en Tuyos, míos, nuestros (1968) o Tu mano en la mía (1959). No obstante, la cinta logró dos importantes nominaciones al Oscar: mejor guión original y mejor canción (por la inolvidable Almost in your arms). Pero, ante todo, estamos ante un espectáculo confeccionado al milímetro (ese diseño de vestuario, ese maquillaje, esa impagable forma de cantar mientras toca las baquetas de la batería enfundada en un hipnótico traje dorado…) para el lucimiento de una Sophia Loren cuya historia de amor con Cary Grant traspasó, en forma de breve romance, la gran pantalla.

Cintia merece la pena, además de por ver a Sophia Loren vestida de novia, súmmum absoluto de la belleza, para recrearse con dos leyendas de la escena de la talla de Sophia Loren y Cary Grant juntas en la gran pantalla. Su sola presencia física transforma una película intrascendente en una cita casi ineludible. Y, sobre todo, porque hace más de 50 años Hollywood ya demostró que el amor, como todo, no tiene edad. 


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