Sangre fácil

Cuando Alfred Hitchcock decidió matar en la ducha a la protagonista principal de su título de culto Psicosis (1963) a mitad de metraje, ante un perplejo espectador que se preguntaba cómo era posible que aquél personaje sobre el que había recaído la totalidad de la acción desde el minuto uno desapareciese de golpe y porrazo, se abrieron nuevas vías narrativas tímidamente exploradas hasta la fecha. Los hermanos Coen se inspiraron en el realizador británico y, tomándolo como precedente, elaboraron su magnífica e hipnótica obra prima Sangre fácil (1984). En este abrumador debut tras las cámaras, donde ejercieron también de guionistas, los cineastas judíos fulminan (o al menos eso parece) a su trío protagonista a mitad del relato. Es tan sólo uno de los principios por el que los directores reinventaron el thriller, un género donde se acabarían moviendo como pez en el agua; si a esto sumamos deliciosos detalles surrealistas y una interesante fusión del thriller con un desenfadado humor negro que logra rebajar la tensión a un título excesivamente duro y violento, el resultado es una obra coeniana en estado puro, en la línea de Fargo (1996), otra de sus películas independientes, con la que comparte además ese añejo aroma a serie B -a pesar de una notable realización-, esa estética country marca de la casa y una decidida atmósfera localista.

“Siempre hay algo que puede salir mal”, reflexiona uno de los personajes al empezar la función en una ilustradora voz en off. Y lo cierto es que no se podía haber sintetizado en una premisa mejor el argumento de Sangre fácil, una película en la que, en efecto, todo sale mal: Abby (Frances McDormand) es la amante de Ray (John Getz), uno de los empleados de su marido. Tras confirmar, gracias a un detective privado, que su esposa mantiene una relación extramatrimonial con otro hombre, le asigna la misión de asesinar a los jóvenes amantes. Pero, como digo, nada saldrá como estaba previsto inicialmente en una película sustentada en unos constantes giros de guión y cuyo ritmo narrativo crece a medida que transcurren los minutos, supliendo así un punto de partida no precisamente original. No comparto, por tanto, las críticas que acusan a la película de una extrema lentitud, según dicen agravada por unos escasos diálogos sin los que, ciertamente, la duración del film caería a la mitad. Olvidan estos detractores de la película que estamos ante un film meramente visual, de gran poder estético y donde cada fotograma posee vida y personalidad propia. Que los personajes articulen palabra es lo de menos: interesan más sus acciones.

Sangre fácil lleva grabado a fuego, en cada plano y secuencia, el particular sello de los hermanos Coen. En una obra donde ya se empezó a dislumbrar su original y políticamente incorrecto universo creativo, así como la incontestable condición de poder visual que imprimen a sus obras, los directores se revelan como expertos a la hora de hacer un extraordinario uso del suspense , la intriga (momento del detective penetrando en la casa de los amantes dispuesto a asesinarlos) e, incluso del terror (escena de cuando Ray entierra vivo al marido de Abby), dando como resultado uno de los cócteles más estimulantes de la década de los 80. Al ritmo de esas deliciosas melodías country y esos bares de carretera de luces de neón, reflejos de esa América profunda, los Coen también se confirmaron como unos expertos a la hora de otorgar a la luz una función predominante en la película, hasta el punto de convertirla en otras de las protagonistas. En este caso, envuelven a sus personajes en una constante oscuridad, en unas permanentes tinieblas, como si así quisiesen transmitir sus turbias existencias que se desenvuelven en un perfectamente retratado sórdido mundo de violencia. Asimismo, empezarían a aplicar una de las máximas de su filmografía: la del dinero como principal elemento para corromper a la sociedad y auténtico leit-motiv por el que sus personajes cometen fechorías. Si en Fargo eran Steve Buscemi y Peter Stormare los que, por una enjundiosa cantidad de dinero, eran capaces de secuestrar a una mujer inocente, dando pie a una oleada de sangre, en Sangre fácil es M. Emmet Walsh, en la piel de detective, el que por dinero es capaz de hacer cualquier cosa. No es casual, por tanto, que los directores se recreen tanto en esos planos de fajos de billetes  o en el de esos omnipresentes peces que yacen sobre la mesa mordiendo un anzuelo… como si cada uno de esos animales fuese uno de los personajes de esta película que, efectivamente, han mordido el anzuelo equivocado -ya sea en forma de infidelidad, codicia, venganza, etc-.

Ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Sundance, y primera colaboración de los Coen con su músico fetiche Carter Burwell, Sangre fácil vaticinó a los Coen como dos de los jóvenes realizadores más extravagantes, lapidarios y transgresores de todos los tiempos. El tiempo así lo demostró.

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