Muerte de un ciclista

Aunque sea un apellido que despierte tanta aversión como simpatía, lo cierto es que hablar de la familia Bardem es hablar de la lucha por las causas justas y por las desigualdades sociales. No me refiero sólo a Javier Bardem -el miembro del clan, sin duda, más internacional- y de sus proclamas en contra de la guerra de Irak o su persistente lucha a favor del pueblo saharaui. Medio siglo antes, su tío Juan Antonio Bardem -hijo también de actores- ya había usado su condición de director de cine para denunciar un régimen putrefacto que se cebaba con los habitantes de la España de provincias de mediados de la década de los 50. Así lo demostró en sus dos obras maestras -dejando al margen a Nunca pasa nada (1963)-: Calle mayor (1956) y Muerte de un ciclista (1955). Usando como telón de fondo esa flagrante desigualdad social entre las gentes adineradas, la burguesía, y el español de a pie, mucho más humilde, el comprometido cineasta construye una coproducción entre España e Italia cuyo motor es el sentimiento de culpa que se apodera de MªJosé (Lucía Bosé) y Juan Fernández Soler (Alberto Closas), dos jóvenes amantes que, tras uno de sus furtivos encuentros, atropellan y matan con su coche a un ciclista. Sin pensárselo dos veces, deciden huir del lugar del suceso y ocultar la tragedia. El joven profesor de Universidad intentará calmar a su bella acompañante con un “nadie nos ha visto”. ¿Nadie?

Con gran sentido del ritmo y a través de un magnífico tratamiento visual y de montaje que resultó innovador para la época, Muerte de un ciclista va desarrollando un clima que envuelve a unos personajes víctimas de la culpa, presos de los remordimientos de conciencia y de un infinito egoísmo, ejemplificado al máximo en esa escena en la que deciden huir del lugar del siniestro, dejando a merced de la suerte la vida de un inocente. Si a esto le añadimos el chantaje por parte de un misterioso personaje que asegura conocer toda la verdad, el resultado es un título de cine negro en toda regla que no disimula beber de clásicos del género que le resultaban contemporáneos, como Cara de ángel (Otto Preminger, 1952), sobre todo en un tramo final cuyas protagonistas se revelaban como dos de las femmes fatales más decididas y atractivas de la gran pantalla. Bardem supo retratar la hipocresía y la doble moral de una infecta burguesía de una forma tan inteligente como la ofrecida por Luis Buñuel en títulos como El ángel exterminador (1960) o El discreto encanto de la burguesía (1973), y ofreció una desoladora -pero tremendamente fiel- mirada a las entrañas de una España consumida, devastada por los deseos de libertad a la altura de la mostrada por Luis García Berlanga en Plácido (1961) o Bienvenido Míster Marshall! (1953). De hecho, otro interesante paralelismo que podemos establecer con este último título, del que Bardem fue co-guionista junto al propio director,  es la presencia jóvenes promesas de canción española; si en la obra de Berlanga era Lolita Sevilla la que amenizaba con sus dotes flamencas esa atmósfera gris que se respiraba en las calles, en la de Bardem es Gracia Montes y sus Fandangos de Huelva, folcrórica personalidad cuya presencia no hace sino sumar enteros a un título en el que las estrellas de la música constituían un auténtico rayo de luz, de esperanza y refugio en medio del caos y la negrura. 

Bardem construye un relato en el que las clases adineradas, aquellas protegidas y respaldadas por la hedionda dictadura, viajan en coches de primera categoría  mientras que los menos afortunados deben conformarse con una bicicleta como principal medio de transporte; un relato que ya desde el primer minuto va directo a la yugular, presentando la clara premisa del argumento y manteniéndose fiel a ella en todo momento; un relato que, volviendo a poner sobre la mesa esa interesante disyuntiva moral de hasta qué punto somos capaces de ocultar la verdad si nuestra propia supervivencia depende de ello, destaca por un constante uso de los simbolismo, dando como resultado un film de gran valor alegórico. Ahí tenemos escenas tan representativas como la del ladrillazo a un cristal, símbolo de esos aires regeneradores que reclamaban unos jóvenes que se veían a sí mismos sin porvenir; o esa otra de Juan consumido por las dudas mientras camina por una calle abarrotada -precisamente- de bicicletas, mientras la cámara le mira desde lo alto, empequeñeciendo aún más si cabe a un ser de escasos valores. Además, cómo olvidar esos primeros minutos en los que se desarrolla el atropello al ciclista, auténtico detonante de la trama (a pesar de que no se nos muestre explícitamente, quizá porque no había presupuesto para más o, simplemente, porque no era la intención del director); es este fragmento, y también en ese impecable tramo final, observamos a los protagonistas ante un futuro tan incierto como esos árboles deshojados y frágiles que adornan unas polvorientas y casi desérticas carreteras. 

Galardonada en el Festival de Cannes con el Premio de la Crítica Internacional, no cabe duda que Muerte de un ciclista es una de las películas cumbres del cine español; más allá de un extraordinario trasfondo, lo que hace grande esta película es que deja casi sin argumentos a todos los detractores de los Bardem. Y porque demostró que en cuestión de arte, la genética puede ser un valor seguro. 

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4 pensamientos en “Muerte de un ciclista

  1. Se me hizo un poco larga, quizá no le pillé la estética, para mí tiene momentos muy insustanciales, viendo el principio y el final tienes más que suficiente para meterte en la historia. De todas formas, es elogiable la innovación y ese clima intenso de muchos momentos.

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