Dos hombres y un destino

¿Una película ambientada en el salvaje oeste que, a la vez, nos cuente una historia de amor a tres bandas?¿Una pareja de sanguinarios pistoleros que, lejos de causar rechazo, logre engatusar al público, en parte gracias a su innegable sex-appeal y una irresistible vis cómica? Ambas cuestiones son posibles si la película en cuestión la protagonizan Paul Newman y Robert Redford y se titula Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969). Estas dos leyendas de Hollywood unieron sus fuerzas y firmaron la que fue su primera colaboración juntos -luego vendrían otras más redondas, como El golpe (G. Roy Hill, 1973)- y el resultado fue atómico. Desplegando un potentísimo tour de force interpretativo, ambas estrellas, en el cénit de su actividad profesional, perpetuaron su condición de sex symbol y lograron que ese flechazo que surgió entre ellos traspasase la pantalla. Más cerca de la comedia que del propio género western, Dos hombres y un destino narra la historia de Butch Cassidy (Newman) y Sundance Kid (Redford), dos famosos asaltantes de bancos y líderes un grupo de atracadores en Wyoming. Son expertos en la materia y nada parece hacerles sombra hasta que un día, tras robar un tren, empiezan a ser perseguidos y trazan un plan de huida hacia Bolivia, en compañía de Etta (Katherine Ross, vista en El graduado, Mike Nichols,1967), la novia de Sundance, como tres auténticos forajidos.

La gran fuerza que emana un portentoso primer plano de Paul Newman -envuelto en una fotografía de tonalidades sepias, dentro del innovador juego cromático de la cinta- abre un clásico del séptimo arte que no reniega en ningún momento de su vocación de cine comercial. Y es que Dos hombres y un destino está concebida, se mire desde el ángulo en el que se mire, para atraer a las masas, como bien ejemplifica la inolvidable escena -típicamente hollywoodense- del paseo en bicicleta al ritmo de la memorable Androps keep falling on my head; un fragmento atípico dentro de un western atípico, donde los villanos parecen ser el ejemplo a seguir y la vertiente romántica tiene más peso de lo habitual. Pero, ante todo, estamos ante un película tierna y entrañable. A pesar de que el director no escatima en las escenas de tiroteos, consigue despertar la simpatía del espectador debido a un omnipresente sentido del humor -ese momento de Butch haciéndose pasar por francés, con escaso éxito, en pleno asalto a un banco es impagable-, al igual que el romance. Y, aunque el triángulo amoroso Etta-Sundance-Butch no esté tan definido como debería -¿qué tipo de relación mantienen en realidad?-, no deja de ser una relación curiosa, donde se muestra con naturalidad aspectos como cuando Etta accede a filtrear en bicicleta con Butch al día siguiente de pasar la noche con Sundance. Estamos, sin duda, ante un retrato de una mujer liberal y a la que poco le importan lo que puedan pensar de ella, un terreno inexplorado en el western hasta la fecha; si a ello le sumamos su condición de maestra, es decir, el desempeñar un cargo que no sea el de ama de casa (como ocurre en la gran mayoría de películas del género), no cabe duda que la figura de la fémina protagonista merece una mención especial. 

Con una curiosa concepción del tempo narrativo -ofreciendo significativas elipsis temporales en forma de secuencias fotográficas a mitad del relato, y que supuso el inicio de una nueva manera de entender la narrativa en el cine en la nueva América, sin duda influenciado por la Nouvelle Vague-, Dos hombres y un destino gira en torno a la huida, a la búsqueda de nuevos horizontes y nuevas aventuras para saciar unos espíritus rebeldes cuya intención dista mucho de seguir las reglas establecidas. Butch no se conforma con pedalear en bicicleta, sino que prefiere incluso arriesgar su propia integridad física para hacer de la experiencia algo inolvidable. Al igual que Sundance que, a pesar de no saber nadar, no duda en tirarse por al acantilado en compañía de su inseparable amigo en la que es una de las escenas más trepidantes del film, junto con la explosión del tren con dinamita. El colofón llega con ese antológico plano final congelado, situado milésimas antes de que empiece un tiroteo cuya única salida, cuyo único destino para estos dos pícaros cowboys, no es otro que la propia muerte. ¿Un final abierto? Más bien todo lo contrario: a pesar de que el director prefiera obviar la propia escena de sus asesinatos, se da por sentado que, en efecto, esto es lo que ocurrirá.

Perfectamente confeccionada para el lucimiento de los dos actores protagonistas, cuya química quedó manifiesta en pantalla y auguraba futuras colaboraciones juntos, como finalmente sucedió, Dos hombres y un destino ganó 4 Oscar -Mejor Guión Original, Fotografía, Canción y Banda Sonora- y cumplió esa máxima que reza de que si el cine se mide por la capacidad que tienen las películas por robar el alma del espectador, entonces no hay duda: Dos hombres y un destino es cine en estado puro. 

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2 pensamientos en “Dos hombres y un destino

  1. Yo creo que fué algo “rompedora” en su momento por lo que tan bien dices tú ” un western atípico, donde los villanos parecen ser el ejemplo a seguir y la vertiente romántica tiene más peso de lo habitual”. En efecto, es una pelicula que roba el alma del espectador y tambien el corazón porque todas nos enámorábamos de los protagonistas y habia dos tendencias, las de Paul N (yo entre ellas) y las de Robert R. Por cierto , otro wester atípico que te recomiendo , de esa época es “Soldado azul”.

  2. Yo también creo que fue algo rompedora, no era normal encontrar un western en los años 60 donde hubiese alguna escena como la del paseo en bicicleta, puramente romántica. Me apunto la de “Soldado azul”, no la he visto y viniendo de ti seguro que me gusta y la incluyo en el blog! Un beso!

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