The Host

De las fecundas entrañas del cine asiático han salido algunas de las películas de monstruos más legendarias de la historia. Japón bajo el terror del monstruo (Inoshirô Honda, 1954), presentación oficial de la bestia Godzilla –de la que EE.UU hizo un remake multimillonario-, fue la primera de todas ellas. Antes, King kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) ya había conquistado Hollywood. Luego vendrían Tiburón (Steven Spielberg, 1975) y Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), ambas películas de las que bebe, inexorablemente, The Host (Bong Joon-ho, 2006), hasta el punto de considerarse la sucesora de estos dos clásicos. Tras su presentación en el Festival de Cannes, donde dejó al público perplejo, convertirse en la película más taquillera de la historia de Corea del Sur y lograr el premio a los Mejores Efectos Visuales en el Festival de Sitges, pasó a ser uno de los títulos de culto más importantes de la historia del cine nipón y en el último hito en cuanto a cine fantástico. La nueva película del director de la también desconcertante Memories of Murder (2003) -por la que ganó la Concha de Plata al Mejor Director en el Festival de San Sebastián- volvió a demostrar por qué el cine de terror oriental goza de tan buena fama a nivel mundial. 

Los primeros minutos de película son un prodigio de montaje, ritmo y presentación de los personajes; el director nos sitúa en la orilla del río Han, en plena ciudad de Seúl, donde acuden sus habitantes a relajarse. Aquí vive Gang-du (Song Kang-ho) junto a su hija, Hyun Seo (Ah-Sung Ko) y el resto de su familia. La tranquilidad que reina en el lugar se verá interrumpida por la presencia de un extraño ser mutante del que, ya en este tramo inicial, se nos cuenta su origen -residuos de un laboratorio-. Acto seguido, en uno de los arranques más demoledores del cine contemporáneo, el terrible monstruo empezará a recorrer las calles de la ciudad devastando todo lo que encuentra a su paso, regalándonos las estampas más logradas y sobrecogedoras de la película. Así, somos testigos de cómo el director va directo a la yugular y apenas necesita 10 minutos en ofrecer a su criatura en acción, todo lo contrario a clásicos como Alien, el octavo pasajero, cuya primera aparición del ente se producía pasada la media hora de metraje. Además, Joon-ho no escatima recursos a la hora de mostrar la mayor parte del tiempo el monstruo en pantalla, diferenciándose también en este punto del clásico de Ridley Scott, caracterizado por unas apariciones breves y concisas de la bestia. No obstante, no estamos ante una cinta de catástrofes, ni siquiera se puede apreciar en ella más violencia que la estrictamente necesaria; en realidad, no es esa la intención de un director que se sirve de la excusa del monstruo para elaborar una compleja radiografía de un país golpeado por una clase política y una administración tan partidista como tremendamente incompetente.

En efecto, como en la mayoría de cintas de terror, observamos como debajo de la superficie subyace todo un relato testimonial de la época en la que vivimos. De este modo, el cineasta pone sobre la mesa cuestiones tales como la búsqueda incesante del morbo por parte de los medios de comunicación y de los instrumentos del poder (esa avalancha de fotógrafos y cámaras de televisión recreándose en los cuerpos inertes de la tragedia o en la desesperación de Gang-du cuando la criatura secuestra a su hija) o el empeño de unos científicos por intentar localizar virus por todos lados, en beneficio de un gobierno y sus departamentos -especialmente las fuerzas armadas- del que se ofrece una imagen tan lamentable como, en muchas ocasiones, ajustada a la realidad. Pero, por encima de los órganos de poder, observamos a la familia como el verdadero instrumento para salir adelante en los momentos de crisis; el cineasta ofrece el conmovedor retrato de una familia, prácticamente sin recursos, unida ante la adversidad, tanto a la hora de derrotar a la amenaza como a la hora de rescatar a la hija de Gang-du. En este sentido resulta inevitable establecer similitudes con Señales (M. Night Shyamalan, 2002), donde todo el clan familiar une sus fuerzas para derrotar a una criatura que, por otro lado, nunca aparece en pantalla. “Un animal que mata a un ser humano debería ser despedazado”, acierta a decir el padre del protagonista en una frase que admite varias -y corrosivas- lecturas.

De factura elegantísima, una correcta duración y combinando hábilmente drama, comedia, terror y crítica social, The host es sobre todo una película que busca constantemente la belleza -la escena final de la lucha contra el monstruo, con la música clásica de fondo, es el mejor ejemplo-, donde cada plano y cada frase (“cuando el corazón de un padre se rompe, el ruido se oye a millones de kilómetros”) está cuidado hasta el último detalle. Al final, lo que resonará en la mente del espectador una vez acabado el pase será esa frase que prácticamente cierra la película que le dice el hijo a su padre: “Apaga la tele…vamos a cenar tranquilos”. Frase que condensa algunas de las máximas del film, como la manipulación de los mass media o el desapego de los ciudadanos de una clase política que les ha hecho el vacío cuando realmente la necesitaban.

Más allá de sus alardes técnicos y sus proezas visuales, por lo que The host será recordada será por su envidiable capacidad para hablar indirectamente de temas sociales y políticos, aspectos que coloca en un primer plano por encima incluso de la propia presencia física del monstruo, a pesar de que parte del público sea incapaz de apreciarlo. Porque el verdadero monstruo de esta película no es esa criatura que acecha a los habitantes de la ciudad de Seúl, sino el propio gobierno. Eso es lo verdaderamente aterrador. 

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