Dejad de quererme

Jean Becker es responsable, en muy buena medida, del estado de salud óptimo del que goza el cine francés en la actualidad. Apostando por las historias sencillas, acercándose a esas pequeñas cosas de la vida y con el factor del realismo por bandera, el director galo ha construido un buen puñado de películas notables. En Dejad de quererme (2008) vuelve a decantarse por esas constantes que han marcado su cine: una narración lineal, unos personajes de marcada personalidad a los que dota de vida propia y unas historias que, tras su barniz costumbrista, se mueven entre reflexiones acerca del sentido de la vida y crisis existenciales. En una época en la que los productores tienden a optar por la espectacularidad de unos efectos especiales antes que  por un buen guión, se agradecen propuestas de un director al que hay que acercarse sabiendo que en él podemos encontrar las máximas que rigen el buen cine francés: tramas intimistas, diálogos reposados -que no aburridos-, una factura técnica por encima de la media y unos extraordinarios actores que se convierten en el principal reclamo de una película, por encima de estratosféricos presupuestos. 

Basada en la novela de François d’Épenoux, Dejad de quererme narra la vida de Antoine (Albert Dupontel), un hombre que tiene todo lo que alguien podría soñar: un exitoso trabajo como publicista, un matrimonio sólido, dos hijos, un nutrido grupo de fieles amigos y una bonita casa cerca de París. Sin embargo, de la noche a la mañana, y bajo el lema de “necesito sentirme vivo”, decide destruir toda esta vida confortable que ha ido construyendo durante años y se propone que todo su círculo social deje de quererle. Así, empieza a adquirir un comportamiento detestable, humillando y agrediendo verbal -y físicamente- a las personas que le rodean. Antoine parece haber enloquecido y nadie encuentra justificación a su nueva forma de ser. La película, que dedica su primera mitad a mostrarnos su cambio de personalidad, consigue realmente que el espectador deteste a su personaje principal. No será hasta la segunda y última parte cuando el director ofrezca respuestas y por fin quede justificado la extraña actitud de un Antoine que marchará hasta Irlanda en busca de su padre para iniciar una nueva vida. Esperar hasta los últimos minutos para desentrañar todo el conflicto puede ser considerado como un arma de doble filo, sin embargo se trata de un sorprendente giro de guión por el cual la película adquiere un nuevo significado. Y es que, en efecto, es este tramo final lo que realmente otorga entidad, relieve, a una película en ocasiones algo plana y en la que la apatía tan fuerte que provoca su personaje principal -aún estando justificada- puede jugar en su contra (¿sobra quizá la escena del intento de violación?). Una resolución puede que no del todo original pero, como digo, sí inesperada y obliga a un segundo visionado -y a prestar atención al diálogo que mantiene el protagonista con su amiga tras haberle regalado ésta una botella de vino-.

Uno de los ejemplos más nítidos de cine humanista que ha dado el cine francés en la última década, Dejad de quererme pone sobre la mesa cuestiones tan elementales como la fugacidad de la vida, o el también llamado “carpe diem”. Tal y como ocurriera con Conversaciones con mi jardinero (2006), estamos ante un relato plagado de estampas bucólicas e idílicos y pastoriles paisajes que pasan a convertirse en otros personajes más de la trama. Incluso existen escenas que parecen prácticamente calcadas de este anterior proyecto, como el momento en el que Antoine y su padre se adentran en el río para pescar. Y es que, a pesar de que estemos ante un drama en toda regla y Conversaciones con mi jardinero se decantara más por la comedia, ambas películas comparten esa búsqueda de la identidad personal, ese viaje destinado a encontrar el verdadero sentido de la vida, no exento de miradas nostálgicas y contemplativas. No estamos, por tanto, en una película que veremos nunca en un centro comercial, sino a una película típicamente francesa, de inusitada sencillez y realismo y sin grandes pretensiones. Cuando por fin llegan los títulos de crédito -sobre los que suenan la vitalista canción “Le temps qui reste”, del intérprete francés Serge Reggiani, y que según el director forma parte de la historia, por lo que conviene prestarle atención- es inevitable la sensación de haber asistido a un espectáculo de las emociones.  

Con escenas para el recuerdo -como la cena de cumpleaños con los amigos, de gran realismo- o el momento en el que Antoine intenta justificarse delante de su esposa de sus ataques de infidelidad -un ejemplo del perfecto dominio de la cámara por parte de Jean Becker-, no cabe duda que Dejad de quererme es una joya de un autor que hará las delicias de un espectador amante de las hojas mecidas por el viento, de los suaves arroyos o de esas casas en mitad de la pradera. Sí, puede que sea tópica o que haya alguien que aún habiendo acabado el film siga sin comprender la actitud del protagonista, pero esto no le resta enteros a una película hecha desde el corazón. 

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