Mi querida señorita

Comienzos de la década de los 70. Una dictadura que, aún al borde de la extinción, seguía haciendo de las suyas. Una sociedad prácticamente aislada social y culturalmente del exterior y, por ende, del cine mundial; las gentes de la época estaban sometidas a los márgenes temáticos que imponía una censura que actuaba con mano de hierro en todas las modalidades artísticas. Nada hacía presagiar que, en mitad de esta España gris y donde ciertos temas no sólo se consideraban tabús sino por completo inexistentes, fuese a surgir una película que fuese a girar sobre cuestiones tales como trasvestismo, transexualidad o hermafroditismo. Marcando uno de los hitos más importantes de la historia de nuestro cine, Mi querida señorita (Jaimes de Armiñán, 1971) no sólo desafió a la censura -en parte por la exquisita habilidad de los guionistas, Armiñán y José Luis Borau, a la hora de tratar sutilmente temas tan controvertidos- sino que terminó por dilapidar por completo estos caducos márgenes que ciertamente eran los márgenes de la libertad. Así, acostumbraron a la sociedad española a ver temáticas diferentes en el cine, recibiendo la obra con una mezcla de estupor, satisfacción… y grandes dosis de ignorancia debido a la mentalidad de por aquel entonces. Era, sin duda, el comienzo de una nueva era. 

La película abre con un simbólico plano de Adela Castro (José Luis López Vázquez) frente al espejo, una imagen que se repetirá a lo largo del film. Esta mujer de provincias, que a pesar de su envejecido y descuidado aspecto cuenta con tan sólo 43 años, vive en compañía de su criada Isabelita (Julieta Serrano), de la que vive enamorada en secreto y a la que no duda en tachar de “golfa” cuando la ve besándose con su novio por la calle. Pero el amor que Adela le profesa a su sirvienta no es el único secreto de una mujer que, sintiéndose diferente a los demás, vive envuelta en una terrible soledad y en una rutina que pasa por afeitarse cada mañana. El único que parece dispuesta a quererla es Santiago (Antonio Ferrandis), un pretendiente que le propone matrimonio, a lo que ella responde: “Yo nunca he tenido novio, a mi nunca me ha querido nadie”. Al día siguiente decide ir a confesarse: “Un hombre me ha pedido que me case con él; pero hay un problema Padre: yo me afeito. No sé si soy una mujer normal”. Orientada por el sacerdote -en una de las escenas que ya forman parte de los anales del cine español- Adela va a visitar a un médico que le hará la revelación más impactante de toda su vida: “es usted un hombre”. Lo que se desprende del diagnóstico es que Adela nunca ha sido informada acerca de su verdadera entidad sexual y tal revelación traerá consigo una magnífica redefinición del personaje, un giro copernicano en su existencia. Esta mujer inexperimentada en el ámbito sexual se revelará también como una auténtica virgen en todas las facetas de la vida cuando se traslada a vivir a la ciudad convertida en Juan Castro, en el segundo acto de la película. Asistimos, pues, al reflejo fiel de una época en la que a las mujeres tenían acceso limitado a la educación y a la cultura, pasando a ocupar un segundo plano en la sociedad. En este sentido, Armiñán lanza varios dardos envenenados contra el régimen franquista.

Ante un argumento que parece moverse entre lo cómico y lo surrealista (¿por qué Adela ignora que es un hombre?; ¿por qué ha tardado 43 años en darse cuenta de su verdadero rol?), se esconde uno de los dramas más descarnados de la historia de nuestro cine. Esquivando el ridículo y evitando caer en la caricatura fácil, la intención de los guionistas dista mucho de la de ofrecer respuestas a las preguntas que se va formulando el espectador durante la película -¿acaso lo hacía Luis Buñuel?-, sino en ofrecer un descorazonador retrato de un hombre atrapado toda su vida en un cuerpo equivocado y, en relación con esto, recrearse en sus instantes de angustiosa soledad. Así, escenas como la de Adela devastada sobre la cama de su habitación llorando superada por los acontecimientos o su insuperable primer plano cuando oye en boca del médico que en realidad es un hombre, logran poner los pelos de punta, realzadas con una música bellísima. Pero, sin duda, el gran mérito de la película, dejando al lado la influencia que ejerció en el posterior cine español, es una interpretación que se convirtió en el gran desafío de José Luis López Vázquez. Su papel en Mi querida señorita, para el que moduló su tono de voz e hizo totalmente creíble su papel de mujer, va más allá del elogio y se sitúa a la altura del otro gran papel del actor en el telefilm La cabina (Antonio Mercero, 1972). López Vázquez constituye el eje vertebral de una película que quizá nunca se hubiese rodado si no llega a ser por su descarnada interpretación; pocos actores de la época habrían sido capaces de impregnar de tantos matices y tanta desgarra a una Adela Castro desborbaba por los acontecimientos, presa de esa ignorancia que destilaba esa España profunda en la que se desenvuelve su personaje; esa Adela poseedora de una mirada perdida de las que hacen época y por un rostro impasible que bien podría ser la viva imagen de la tristeza. 

Jaime de Armiñán nunca superó esta obra maestra a la que sólo se le puede reprochar su breve duración -apenas 80 minutos-. Dejando al margen su extraordinario elenco de secundarios -una jovencísima Chus Lampreave, una malhumorada Lola Gaos…-, el director hace un acertado uso de las metáforas para desafiar a la censura -esa escena de Juan comiendo magdalenas en compañía de Isabelita, esa omnipresencia de las flores al comienzo del relato…-, y será recordado por su valentía al apostar por un proyecto a todas luces suicida, carne de censura y, además, por un extraordinario uso de los primeros planos a los que recurre en los momentos clave de esta narración. Resulta inevitable establecer paralelismo con Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), no ya sólo por su juego de doble identidad, sino por una imborrable frase final a la altura de la mítica “Nadie es perfecto”. Un broche de oro a una obra tan atrevida, bizarra y dilapidadora como genialmente redonda.

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