Saw

Hay una regla escrita en los manuales de cine que reza que “un buen final puede arreglar una mala película”. Saw (James Wan, 2004) no es, desde luego, una mala película, más bien todo lo contrario: dignificó un género tan denostado como lo es el gore apostando por un guión inteligente, repleto de matices y de giros argumentales destinados a la sorpresa continua al espectador. A medio camino entre el thriller psicológico, el terror y el propio género gore, Saw sorprendió a propios y extraños por tratarse de una de las apuestas más innovadoras, sorprendentes y asfixiantes que había dado el cine en años. Pero por lo que esta película ha pasado a convertirse en un título imprescindible y provocó un tremendo impacto en su presentación en festivales como Sundance o Sitges fue, como digo, un apoteósico final que no sólo supone uno de los puntos de inflexión más lapidarios que el que esto firma sea capaz de recordar, sino que además obliga a volver a replantearse toda la película. Y, aunque el nivel que mantiene el film es notable, este inesperado desenlace es la que hace sumar varios enteros a una película catapultada en estos últimos minutos a la categoría de obra maestra. 

Recogiendo el testigo e inspirándose en desasosegantes thrillers como Seven (David Fincher, 1995) o El coleccionista de huesos (1999), Saw logró huir de los tópicos del género partiendo de un argumento tan simple como efectivo: dos hombres que aparentemente no se conocen entre sí, Adam (Leigh Whannell) y el doctor Lawrence Gordon (Cary Elwes), despiertan en mitad de un mugriento lavabo en mitad de ninguna parte. Entre ellos está el cadáver desangrado de un hombre con una pistola en su mano. Atados con cadenas e incapaces de recordar cómo han llegado hasta allí, deberán enfrentarse a lo desconocido para salvar sus vidas. No tardarán en descubrir lo que tienen que hacer para sobrevivir cuando reproduzcan en un casette el mensaje de quien los ha encerrado allí: si antes de las seis Gordon no ha matado a Adam, la esposa e hija pequeña del primero morirán. Con el tiempo se descubre que están siendo víctimas de un macabro juego diseñado por un psicópata conocido como Jigsaw (rompecabezas en inglés); sin embargo, la película se desmarca del típico psycokyller y elabora un rol que, tal y como apuntan los protagonistas en la película, “no es propiamente un asesino, puesto que nunca ha matado a nadie”.

En efecto, el método que sigue Jigsaw para escoger a sus víctimas se deriva de su condición de observador de la conducta humana, línea por la que se puede establecer el paralelismo más férreo con su predecesora Seven. Si bien en esta última película, el asesino seleccionaba a sus víctimas según hubieran cometido o no alguno de los siete pecados capitales, en Saw los que corren menos suerte son los que “no aprecian suficiente lo que tienen en sus vidas”. Observamos, pues, un aspecto moralizante que subyace en ambos films. En este sentido da la sensación de asistir, más que ante el retrato de dos psicópatas, ante dos sociópatas, con un modo un tanto peculiar de establecer su propio sentido de la justicia colocando a sus víctimas en una situación límite de la que, si demuestran ser hábiles y carecer de remordimientos, podrán escapar. Finalmente, otro de los aspectos más atípicos dentro de esta sórdida intriga psicológica llevada al extremo en la que deambulan tanto Seven como Saw, es que al final no necesariamente es el protagonista quien pierde contra el enemigo, sino más bien al revés. Se rompe así la típica narración clásica por el cual el antagonista sufre un castigo al final del relato, a diferencia del protagonista que salía victorioso. 

El director, un casi debutante James Wan, co-autor del guión junto a su amigo -y protagonista de la película- Leigh Whannell, concentra toda la acción principal en un único escenario, aunque en determinados momentos se ve obligado a ofrecer respuestas y tenga que trasladar la acción al exterior, siendo este el principal punto del que adolece una película sujeta en exceso a unos irregulares flashback. Pasando por alto algunos detalles inverosímiles e incongruencias de la trama -¿cómo se puede cortar alguien una pierna a sí mismo en cuestión de segundos, algo ya de por sí imposible, y encima no gritar de dolor?-, así como un cierta irregularidad en su desarrollo narrativo -la película pierde fuerza hacia la mitad del relato, para volver a resurgir en sus impecables 20 minutos finales-, en Saw prima en todo momento su carácter impredecible, se aplica por máxima el tratar al espectador como un ser inteligente que, como los propios protagonistas, se ve arrastrado a participar en ese juego letal que propone el malo de la función y a unir todas las piezas de un puzzle por el cual se sitúa a la condición humana en una situación límite. Y, ante tal panorama, cuando tu propia supervivencia está en juego, salen a flote algunos de los agudos debates éticos que ofrece el film: ¿dónde queda lo políticamente correcto, los convencionalismos sociales cuando lo que está en juego es tu propia vida? ¿matarías a alguien con tal de salvar tu propio pellejo? ¿es preferible matar o que te maten? Preguntas que hay que responder en una agonizante carrera contrarreloj, ante un paso del tiempo implacable que impide reflexionar.

Saw originó toda una franquicia que cuenta -hasta la fecha- con siete títulos y que convirtieron, lo que en un principio fue un planteamiento original dentro del cine de terror, en una sucesión de casquería por la que Jigsaw volvió a demostrar por qué es el asesino más imaginativo de la historia del cine, cuyas formas de tortura han pasado a ser el principal reclamo de la serie. Conviene desprenderse de prejuicios para disfrutar de Saw, ya que resulta un cine tan válido e inteligente como cualquier otro; con los años no sólo se ha convertido en un título de culto, sino también una referencia para el cine de terror, sobre todo por ese iconográfico payaso convertido ya en todo un emblema de la cultura gore y cuyas apariciones provocan un nudo en el estómago al espectador. Pero nada comparado, repito, con su explosivo final. No se la pierdan.

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