The Road (La carretera)

En contra de lo que pudiera parecer, The Road (John Hillcoat, 2009) es una de las historias de amor más poderosas y emotivas jamás rodadas. Sí, estamos ante un relato cuya acción transcurre en un paisaje post-apocalíptico, en donde los pocos sujetos que han resistido al cataclismo se han convertido en caníbales y en donde la lucha por la supervivencia saca a relucir los instintos más salvajes y primarios del ser humano. Pero, por encima de todo, la esencia de la película es la relación de amor entre un padre, interpretado por Viggo Mortensen, y su hijo de 11 años, encarnado por Kodi Smit-McPhee. O, dicho de otra forma, entre El hombre y el Hijo, tal y como se hace referencia a ambos personajes tanto en la obra cinematográfica como en la novela homónima en la que se basa, escrita por Cormac McCarthy (autor de No es país para viejos) y ganadora del Premio Pulitzer. El mundo que se nos ofrece ha sido arrasado por algo desconocido; donde antes había vida y futuro ahora sólo quedan cielos plomizos, paisajes desoladores y estampas desérticas; el planeta se ha transformado, pues, en un territorio hostil, ensombrecido, sin alimentos. El espectador nunca sabrá el origen de este desconcierto -algo, por otra parte, discutible-, pero este hecho no supondrá impedimento a la hora de sumergirse de lleno en la narración, tan rotunda como verosímil.

Padre e hijo iniciarán una larga travesía a pie hacia la costa, en busca de un sitio para asentarse. En este sentido estamos ante una road movie en toda regla, puesto que la película narra además del viaje físico al que tendrán que someterse ambos personajes, un interesante recorrido por sus emociones interiores, dejando entrever las dispares personalidades de cada uno de ellos. Así, mientras el niño se nos presenta como un ser inocente, ingenuo y dispuesto a ayudar al prójimo aún en situaciones límites donde los recursos escasean, su progenitor, curtido en la experiencia que dan los años, se muestra mucho más precavido, más cauto, consciente de que nadie se va a preocupar por ellos si no son ellos mismos. Ambos deberán hacer frente a las circunstancias más insospechadas, a los condicionantes atmosféricos y, sobre todo, a la infinidad de dilemas morales que se les planteen. Así, por ejemplo, escenas como la del anciano que se encuentran por el camino, al que el padre se niega a proporcionarle una lata de comida mientras que el hijo suplica por todo lo contrario son bastante representativas. Ni qué decir tiene la protagonizada por el hombre de raza negra, en el tramo final de la función, una de las escenas más polémicas, de una inusual crudeza, capaz de sobrecoger el corazón como pocas y cuya ilustrativa frase “usted habría hecho lo mismo” funcionará como un eco en nuestras mentes una vez acabado el pase. Experiencias, en definitiva, que curtirán al joven protagonista que se verá obligado a madurar prematuramente y al que su padre se encarga de inculcarle valores porque, según sus palabras, “yo no voy a estar aquí siempre y, por eso, debes aprender”. Un camino, el de esta larga carretera, repleto de espinas, arduo, extenso…  pero, en esencia, no más diferente que lo que es la vida en sí, en la que también hay que dejar las cosas que nos importan atrás para seguir progresando.

De gran enjundia moral y mezclando géneros tan variopintos como la ciencia ficción, el drama, las aventuras e incluso el terror, The Road es, por encima de todo, un thriller apocalíptico terriblemente duro e impactante no apto para todo tipo de públicos. Hay que enfrentarse a esta obra con una cierta coraza para hacer frente a determinados fragmentos implacablemente desoladores. El momento en el que el padre está encañonando a su propio hijo o cuando ambos descubren ese conjunto de seres raquíticos y demacrados en el sótano pueden ilustrar esta afirmación. La historia resultante es, en apariencia, suicida por su aparente falta de ritmo, pero en realidad estamos ante una película sólida, férrea, que exprime cada minuto de la narración de forma prodigiosa; una obra que prefiere apostar por la creación de una turbia, inquietante, perturbadora atmósfera que impregne todo el relato y que envuelva al espectador antes que decantarse por el camino fácil: el de explotar la espectacularización de los típicos efectos especiales. Estamos, pues, ante un film intimista, de gran intensidad emocional, sustentada además de por esos paisajes devastados por ese tour de force interpretativo de primer nivel entre ambos protagonistas, especialmente de un Viggo Mortensen volcado al máximo en un papel que no sólo le obligó a desnudarse física y psíquicamente, sino también a una transformación corporal sin precedentes. No premiarlo con el Oscar al Mejor Actor, categoría donde ni siquiera aparecía nominado, es una de las injusticias más sonadas de la historia de estos galardones, así como ningunear la sobresaliente fotografía de nuestro cada vez más internacional Javier Aguirresarobe, cuyo trabajo en esta cinta roza la perfección. 

A pesar de la breve aparición de Charlize Theron, su papel resulta decisivo para contextualizar la historia, en esa sucesión de flashback iniciales alternados por esa voz del protagonista que ilustra los hechos en primera persona. Ella es sólo una virtud más de una cinta dispuesta a ser disfrutada por los cinco sentidos, en la que hay que dejarse embriagar por la gran fuerza de sus imágenes, por el crujir de sus sonidos, por su apabullante desfile de medios técnicos. Puro cine de entretenimiento que, sin embargo, reniega de cierta condición comercial, de ser una cinta destinada al público ávido de multisalas que seguro quedará defraudado con esta historia de valores humanos alejada de cualquier principio de superficialidad o alardes artificiosos, sino a esa otra clase de espectador: ese que pretenda encontrar bajo todo este alarde de producción una historia delicada, humana, profunda, donde el valor de la palabra esperanza se manifiesta en todas sus dimensiones. 

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