Tristana.

Once años después de la adaptación cinematográfica de Nazarín, emblemática obra que Benito Pérez Galdós escribió en 1959, Luis Buñuel volvió a inspirarse en una novela del escritor canario en la película homónima Tristana (1970). Y digo inspirarse porque el director se toma varias licencias respecto a la novela original, suprimiendo o eliminando determinados fragmentos, como la época en la que se desarrolla la acción o el propio desenlace. Rodada en Toledo, supuso la primera película que el cineasta aragonés filmó en su país natal  -también fue la última- casi diez años después del escándalo de Viridiana (1961) y tras su brillante y fructífera época mexicano-francesa. Sin ser una obra menor de su filmografía, como apuntan algunos, en Tristana se vuelven a dar cita temas puramente buñuelescos como la muerte, el sexo, el culto por las apariencias, la religión, esa crítica feroz a la burguesía o la fe, todo para construir un relato tan perverso como adictivo, tan retorcido como hipnótico, tan enfermizo como tremendamente atractivo. Buñuel tan sólo renuncia a esa riada surrealista que baña la mayoría de sus films, a pesar de concederse ciertas licencias como esa cabeza-badajo tan omnipresente y con un peso tan metafórico en la película.

El título de la película hace referencia a una bella joven (Catherine Deneuve, en la segunda colaboración con Buñuel tras la francesa Bella de día) menor de edad, huérfana de padres, que vive a cargo de Don Lope (Fernando Rey) un viejo burgués machista, ateo y lujurioso que se muestra tremendamente posesivo con la joven, hasta el punto de abusar de ella tanto física como psicológicamente. Absorbiendo sus ganas de vivir y mermando toda su energía, Don Lope no duda en tratarla con desprecio y con aires de grandeza, como bien ejemplifica lo que le dice en uno sus paseos: “Soy tu padre y tu marido, y hago de uno u otro según me conviene”. En el mismo hogar toledano de esta singular pareja también vive la sirvienta de este arcaico caballero español, Saturna, interpretada por la desgarradora y sublime Lola Gaos en la que es, junto con Furtivos (José Luis Borau, 1975), la mejor y más visceral interpretación de su carrera; una criada capaz de dar la propia vida por su amo y dispuesta a lo que haga falta con tal de cumplir sus deseos. Y aquí es donde aprovecha Buñuel para transformar una película en un genial documento  testimonial de una época en la que las mujeres ocupaban una posición social inferior a la del hombre, hasta el punto de estar sometidas a sus dictámenes, órdenes y desaires, muchas, a cambio de un triste jornal. Constituye el film, así, un retrato de estas décadas oscuras de nuestra historia reciente -sí, reciente- marcada por un profundo tufo machista, ese que impedía a las féminas divorciarse sin pedir permiso a sus maridos o les privaban de cualquier horizonte laboral. Tanto Saturna como la propia Tristana representan, muy fielmente, a este colectivo ensombrecido, maltratado y menospreciado como ese que formaron todas las mujeres de este país durante la dictadura, y en esta línea podemos considerar a la película como puro cine de denuncia social. 

La película destaca por cómo logra mostrarnos el mundo interior de la pareja protagonista, ofreciéndonos una estampa psicológica de ambos muy trabajada y en constante evolución. “Me duele esta vida de esclava que llevo. Quiero ser libre, trabajar”, se confiesa Tristana a un joven pintor que acaba de conocer, un hecho que supondrá un importante punto y aparte en la narración. Así, se nos muestra a una joven que vive bajo las garras de un amo que, vendiéndole la farsa de que “ambos somos libres”, la maneja a su antojo. La cinta va mostrando cómo evolucionan ambos, hasta el punto de funcionar como un ejercicio de justicia divina -nunca mejor dicho-, donde al final cada uno recibe lo que se merece; Don Lope, en un lapidario proceso de degradación, compartiendo unas tazas de chocolate caliente con sus otrora enemigos los curas -siempre fue un anticlerical- y Tristana dando vueltas por el salón, golpeando duramente en el suelo sus muletas, puros ecos incesantes que reivindican que ahora es ella la que tiene la sartén por el mango, la voz de la autoridad. La sucesión de fotogramas finales, que nos remiten al principio de una historia y que bien podría funcionar como un alegato al valor de la retrospección para conocer mejor nuestro presente, no hace sino terminar de explicar ese cambio de personalidad tan trascendente que experimentará Tristana, antiguamente capaz de elegir entre dos garbanzos o dos columnas, y ahora convertida en una auténtica femme fatal, enjaulada en unas secuelas psíquicas que determinarán el resto de sus días.

Plagada de sutiles detalles y simbología marca de la casa, como esa pierna ortopédica sobre la cama, ese trozo de pan mojando en ese mítico huevo pasado por agua o esa boda que parece más bien un funeral, Tristana es una obra que desafió al franquismo y uno de los grandes triunfos del cine español a nivel internacional, llegando a estar nominada al Oscar a la mejor película extranjera. Buñuel lo ganaría dos años después con El discreto encanto de la burguesía (1972), donde también lanza sus particulares dardos envenenados contra este estrato social, sacando a relucir su falta de escrúpulos y su culto por la fachada, como aquí representa Don Lope. También hay detalles que, más que inexplicables, resulten inteligibles para el gran público debido a formar parte de ese cosmos buñuelano, a esa particular y excéntrica personalidad cinematográfica que, en numerosas ocasiones, ni sus propios actores sabían explicar. Esa fue siempre la magia de Luis Buñuel. 

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