Pequeñas mentiras sin importancia

Que el cine francés atraviesa una espléndida edad de oro, quizá la más estimulante de su historia, es sabido por todos los aficionados al séptimo arte. Basta remitirse a títulos como Bienvenidos al Norte (Dany Boon, 2008), Intocable (Olivier Nakache & Eric Toledano, 2011) o la triunfadora en los Oscar The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) para dar buena fe de ello. Películas amables que, a pesar de su condición comercial -todas batieron récords de taquilla- emanan ese cierto aroma indie que caracteriza al cine galo-, muy en la línea de Pequeñas mentiras sin importancia (Guillaume Canet, 2010). Esta reflexión sobre la amistad, convertida al igual que los títulos antes citados en un todo un fenómeno social en su país natal, constituye uno de los triunfos más notorios del cine francés. A raíz de un implacable -y explícito- punto de partida, en un muy logrado plano secuencia que servirá como detonante de la acción, la película parte con una interesante y enjundiosa premisa: un grupo de amigos se debaten -literalmente- entre permanecer al lado de uno de ellos, Ludo (Jean Dujardin) víctima de un fatal accidente de moto, o el marcharse de vacaciones de verano tal y como tenían planificado. Sirva esta disyuntiva como el ejemplo más gráfico de una obra repleta de paisajes marinos, olor a sal y estampas inolvidables, sí, pero bañada en todo momento de este trasfondo moral. 

El líder de la manada es Max (François Cluzet), el nexo de unión entre este variopinto grupo de colegas burgueses de mediana edad; un cóctel de personajes que intentarán enterrar a base de diversión, footing y joviales paseos en yates un sentimiento de culpa que parece no existir pero que, sin embargo, nunca deja de estar presente en sus conciencias. Bajo la excusa de la autocomplaciente “no hay nada que podamos hacer” -quizá la primera de esas mentiras (con) importancia a las que hace referencia el título del film- este grupo de treintañeros dejarán abandonado a su suerte a su amigo y se dispondrán a vivir un verano como tantos otros. El objetivo de la película es bastante nítido: adentrarse en la personalidad de todos y cada uno de ellos, otorgando a cada rol de esta tragicomedia tal coral como efectiva -por su capacidad de que el espectador empatice, en algún momento, con alguno de los personajes- el mismo trato de favor en el metraje, haciendo dueño a cada uno de ellos, de sus propios miedos, inseguridades e inquietudes. En conclusión: de su propia historia. Así, nos encontramos al chico que no sabe qué contestar al sms de su ex, al marido atormentado por sus dudas sobre su orientación sexual, a la esposa que intenta escapar del declive de su matrimonio refugiándose en vídeos pornográficos en Internet… Porque, ante todo, estamos ante una película de personajes, soberbiamente interpretados, que representan a una generación incapaz de discernir qué es lo verdaderamente importante en la vida; quizá, cuando por fin entiendan que el valor de la amistad es más importante que cualquier fajo de billetes sobre los que sustentan su existencia, ya sea demasiado tarde.

A pesar de que Pequeñas mentiras sin importancia da comienzo con un dramático suceso, el director -y también guionista- pronto saca a relucir ese tono de comedia -agridulce, negra incluso, pero comedia al fin y al cabo- que impregna toda la función. Se nos ofrecen así una continua sucesión de chispeantes gags que dejan entrever un trabajo de guión notable, demostrando una gran habilidad no sólo a la hora de moverse como pez en el agua entre el drama más desgarrado y la comedia más disparatada, sino también entre un abanico de personajes a los que dota de vida propia y que, a pesar de la impresión de que estén llevados casi al esperpento (yates circulando por tierra, bañadores que se caen, martillazos a las paredes…) no dejan de funcionar como un espejo en el que todos -repito, todos- podemos reflejarnos. El cineasta hace uso de una extraordinaria banda sonora -a veces da la impresión de estar asistiendo a una tragicomedia musical debido a la cantidad de minutos que la música ocupa en el film-, que cumple una doble función: por un lado definir el espíritu de un film optimista y acogedor y, por otro, adentrarse en ese universo interior de los personajes. Porque, si de algo puede presumir Guillaume Canet es de que sabe en todo momento qué tipo de historia quiere contar y apuesta firmemente por ello. El resultado final es un cruce entre Cena de amigos (Danièle Thompson, 2009) y Entre Copas (Alexander Payne, 2004); historias que, usando el valor universal de la amistad como telón de fondo, van desgranando las miserias humanas y los fracasos personales de sus protagonistas.

Con tintes de retrato generacional, si de algo peca la película es de una duración desmedida. ¿Realmente eran necesarios 150 minutos para exponer, desarrollar y, finalmente, resolver una historia que se podría haber narrado con 50 minutos menos? De haber sido así se hubiese visto fortalecida en todos los aspectos, logrando que su mensaje ético final adquiriese un mayor impacto y contundencia. Y es que es, precisamente en su último tramo, donde Pequeñas mentiras sin importancia deja entrever sus premeditadas costuras: no sólo se empeña en buscar la lágrima fácil -estirando hasta lo imposible un suceso en el que parece que el director te está encañonando y diciendo: “llora de una vez”-, sino que además se tiende en exceso al subrayado y la moralina se hace demasiado explícita. Una última media hora, en conclusión, a años luz del toque irreverente y desenfrenado que caracteriza el resto del film. Se salvan frases como: “¿Qué es la amistad, dejar a vuestro colega 2 semanas solo en el hospital porque vuestra comodidad y vuestras vacaciones son más importantes?”, que supondrá un trascendental punto de inflexión.

En definitiva, estamos ante un canto a la vida, todo un llamamiento a la hora de establecer una jerarquía de prioridades en la vida que merezca la pena. Y, aunque también carezca, en determinados fragmentos, de cierto empaque, de cierta entidad audiovisual -aproximándose a la estética de la sit-com, con Friends como máximo referente, más que al de una obra cinematográfica-, no dejan de resultar detalles menores de una película que deja buen sabor de boca y cuya sola presencia de la increíble Marion Cotillard –Medianoche en París (Woody Allen, 2011), esposa además del director- justifica, de sobra, el visionado de una película agridulce, optimista y esperanzadora a partes iguales. Otro triunfo, como decía, del cine francés. 

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2 pensamientos en “Pequeñas mentiras sin importancia

  1. ¡Gracias por publicar la crítica sobre esta película que te pedí! Estoy muy de acuerdo cuando dices que se asemeja en partes a una sitcom y que desde luego es de lágrima fácil al final, eso despista un poco y te saca de lo que la pelicula creo que intenta decir: que los amigos al final son lo más importante, pero también uno mismo. Todos evolucionan en estas mini-vacaciones: la chica que decide madurar y quedarse con el chico, el capullo que por fin se abre y cuenta sus miedos, el amigo que al fin acepta como es el otro, el pardillo que…bueno..no diré más spoiler! jaja. Lo mejor para mi: ese Francois Cluzet absolutamente desquiciado tras la confesión de su amigo y Marion, espectacularmente guapa.
    Una peli que me encantó, aun después de su laaaarga duración, me alegro de que la hayamos compartido. Un beso!

    • Coincido en todo lo que dices! No sólo me ha gustado tu sugerencia, sino que la incluyo en mi lista de películas favoritas. El momento de confesión de: “me gustan tus manos” es insuperable, y a partir de ahí viene ese François Cluzet como bien dices totalmente histérico! jaja. El mensaje final de la amistad es lo mejor de la cinta, pero acaba diluido un poco en una duración tan extensa. Menos mal que no has contado más spoliers y que te has detenido a tiempo! jajaja Quiero más sugerencias!! 🙂

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