Hard Candy

No es fácil abordar en cine asuntos tan delicados como la pederastia, máxime si el tema se pretende enfocar desde una perspectiva creíble y de denuncia social. Hard Candy (David Slade, 2005), una de las sorpresas del cine independiente americano más sugerentes de los últimos años, consigue ambos objetivos elaborando una historia tan hipnótica como adictiva. Un único escenario y dos personajes es todo lo que necesita el director, reputado realizador de videoclips, para su primer largometraje; por un lado tenemos a Hayley (Ellen Page) una niña de 14 años que, tras su rostro angelical, oculta infinita sed de venganza. Por otro, tenemos a Jeff (Patrick Wilson), un fotógrafo treintañero aficionado a trabajar con jóvenes modelos femeninas. Ambos se conocen a través de un chat de Internet y, tras presentarse en persona, se desplazan hacia la casa del joven, con la excusa de hacerle unas fotos a su nueva conocida. Será el comienzo de un relato perturbador y claustrofóbico, donde no tardamos en apreciar una ácida y violenta revisión del clásico Caperucita Roja, desde un enfoque adulto y llevada al extremo. Las licencias que se toma el guionista, eso sí, son de órdago: no sólo es la protagonista del cuento la que esta vez intenta dar caza al lobo feroz, sino que éste aparece aquí convertido en un indefenso (y presunto) abusador de menores que no tardará en comprobar en sus propias carnes la forma que tiene Hayley de hacer justicia.

Varios aspectos a destacar: para empezar, los pocos datos que se nos dan de ambos protagonistas no sólo es un detalle que no juega en contra de la película, sino que se hace necesario a la hora de jugar con un espectador que espera ansioso la próxima pista en sus biografías para terminar de posicionarse en un bando o en el otro. Sin embargo, tal y como se descubre conforme avanza el metraje, esta no será tarea fácil. ¿Posicionarse contra quien se toma la justicia por su mano de la forma más despiadada posible o situarse, en cambio, de parte de ese desalmado que ha abusado de infinidad de niñas? ¿Quién de los dos es el realmente el enfermo? Aquí reside el principal debate ético de la película y lo que convierte a Hard Candy en algo grande: pocos casos hay en cine en los el espectador no termine de decantarse por ninguna de las dos partes, por las que llega a sentir tanta empatía como desprecio. En este ejercicio de alto suspense en el que cada gota de información vale su peso en oro, se aprovecha no sólo para ilustrar la forma en la que las víctimas de los abusos sexuales -aquí representadas por la ¿heroína? Hayley: “soy cada niña que has observado, tocado, herido, follado y asesinado”, – se vengarían de su agresor, dando pie a una lectura tan políticamente incorrecta como fuera de todo parámetro democrático, sino además se intenta demonizar Internet como el responsable de parte de los males que tiene la sociedad, en general, y la juventud en particular. No son circunstanciales, por ejemplo, esos planos del ordenador con los que se abre la película.

En efecto, la Red se nos presenta aquí como una de las principales herramientas que han contribuido a la perversión de la niñez sobre la que se sustenta la cinta. “¿Nací mona y también hija de puta o la sociedad es la que me ha hecho así?”, se plantea Hayley, no sin razón. “Necesitas ayuda, una adolescente no hace esto. Te pagaré un psicólogo”, se limita a señalar el protagonista. Pero, ¿realmente una niña de 14 años, en los tiempos que estamos, no sería capaz de hacer algo así, sobre todo teniendo en cuenta que nunca sabemos los verdaderos motivos que la llevan a cometer tales actos? Y lo que es más inquietante, ¿realmente tiene 14 años?  En esta línea, en la de mostrarnos a los jóvenes como si fuesen auténticos adultos, Hard Candy recuerda a títulos como Eden Lake (James Watkins, 2008) o ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1972). También hay ecos a otra gran obra del suspense como es Misery (Rob Reiner, 1990), sobre todo en esas escenas en las que la niña ejerce de enfermera y mantiene amordaza a su víctima en una camilla, aplicándole todo tipo de torturas –resultando las psíquicas mucho más explícitas y con más enjundia que las físicas-. Tampoco se libra de los particulares dardos envenenados que lanza el realizador la Ley del menor, según la cual “en el peor de los casos me caerían dos años de servicio social”, señala una Hayley consciente de que, al ser menor de edad, la ley será más benevolente con ella.

Desgraciadamente, la película se ve lastrada por un abuso excesivo de los primeros y primerísimos planos, amputando incluso la mirada de los protagonistas. El film ganaría varios enteros si se ampliara notablemente el campo de visión de la cámara y permitiese al espectador tener una mayor concepción del espacio físico en el que se desenvuelve la acción. También desentonan unas secuencias de estética de videoclips que, a pesar de estar bien rodadas, puede que por su carácter excesivamente vanguardista no sean las más indicadas para un thriller de esta envergadura, sobrio y contenido. Por último, a pesar de que la tensión dramática no decae en ningún momento, sí que se puede achacar a la película de un cierto alargamiento de determinadas escenas como la de la castración, que ocupa más de media hora de la función cuando podría haberse resuelto en la mitad de tiempo; se hecha en falta, en este sentido, más acción dramática y más giros inesperados de guión, puesto que el material de partida era propicio para ello y, la sensación final, es de no haber quedado todo lo explotado que podría. La práctica ausencia de temas musicales que realcen los puntos de inflexión de la trama es, sin embargo, un punto a favor de una película en la que el potente duelo interpretativo de los dos actores principales es más que suficiente para mantener el interés. No obstante, personajes como el interpretado por la magnífica Sandra Oh podrían haber dado mucho más juego.

En definitiva, moviéndose entre el desasosiego y la agonía, Hard Candy es una cinta necesaria en los tiempos que corren y en la que el paso del tiempo jugará a su favor. Los adolescentes de ahora, para bien y para mal, no son los mismos que los de antes y esta es una de las principales la principal cuestión que sobre la mesa una película que ganó el premio a la Mejor Película, Mejor Guión y el Premio del Jurado en el Festival de Cine Fantástico de Sitges en 2005 y que, además, demostró que con muy poco presupuesto -apenas un millón de euros- se puede construir una historia con más carga social que muchas multimillonarias producciones. Muy recomendable. 

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