Billy Elliot

Pocas historias de superación hay más paradigmáticas en el cine reciente que Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). Esta nueva joya del cine británico nos ofrece un relato aparentemente banal pero que esconde un trasfondo que resulta, cuanto menos, demoledor. La premisa de la que parte es bastante clara: Billy (Jaime Bell) de once años sueña con ser bailarín, a pesar de vivir en una sociedad en la que todavía existen demasiados prejuicios entorno a este tema. Lo que en un principio se nos presenta como una simple afición juvenil, con el paso del tiempo queda claro que lo que Billy pretende es dedicarse a ello profesionalmente. Así, desafiando a su propia familia, que aún vincula el ballet con algo exclusivamente femenino, el joven empezará a luchar por un sueño que, de entrada, parece imposible de lograr. Con estas pinceladas se construye una historia en la que nada falta y muy poco sobra; un relato que bien podría considerarse un drama en todo regla, a pesar de que la trama esté barnizada de una cierta ligereza y con una optimista y esperanzadora banda sonora. Sin embargo, el espectador, irremediablemente atraído por un joven con el que rápidamente logra empatizar, no dejará de esbozar una sonrisa durante todo el film. Drama, sí. Pero con infinito encanto. 

Dejando al margen la necesidad de apostar por la temática de este tipo de films en los tiempos que corren, en el que los valores humanos cada vez brillan más por su ausencia y que aquí se revelan como el eje vertebral de al función, Billy Elliot comienza con una prometedora escena en al que observamos al joven bailarín saltando a cámara lenta -la misma que también cerrará, muy oportunamente, la película-; una forma original que tiene el director de mostrarnos aquí esta fuerte afición de Billy y de la que beben determinadas producciones posteriores como After (Alberto Rodríguez, 2009). Daldry desarrolla la película, a partir de aquí, en un perfecto orden cronológico, con unos saltos temporales justificados -incluido el final, clave- y haciendo que en todo momento nos hagamos partícipes de la historia que se nos está narrando. Sufrimos al ver a Billy Elliot ocultando su hobbie a su anticuado padre Jackie -Gary Lewis-  (“Es algo para niñas, los chicos juegan al fútbol, o boxean, o luchan… pero joder, ¡no hacen ballet!”, le llega a deciry su aún más retrógrado hermano -entre el cual, dicho sea de paso, no queda muy clara a qué es debido su mala relación-, valoramos su esfuerzo por desarrollar su don -asistiendo a clases en un gimnasio donde conoce a la señorita Wilkinson (Julie Walters), leyendo libros…- y deseamos que la historia tenga un final feliz. Quizá porque sería la forma más adecuada de azotar a esas barreras sociales tan estigmatizadas como podridas en el día a día; a ese conjunto de población que aún cree ser superior -tanto intelectual como físicamente- respaldando unas apestosas y denigrantes convicciones sociales, sin valorar que son precisamente los seres verdaderamente superiores son aquellos que se lanzan a romper con todo lo establecido y exploran nuevas y estimulantes vías. O, por lo menos, los más valientes.

Sí que es verdad que en un principio, y tal y como sucede en la vida real, es el propio interesado el que ayuda a perpetuar esta hipocresía social (“me siento como un marica”, dice tras sus primeros entrenamientos de baile), lo que lleva a reflexionar sobre la necesidad de aceptarse a uno mismo para que, posteriormente, sean los demás los que lo hagan. En esta línea, el mensaje de la película es bastante nítido. Además, el film va directo a la yugular y señala a la institución familiar como el principal germen del porvenir de los hijos, como algo vital en el desarrollo de los vástagos. No son circunstanciales, por tanto, frases como “ningún niño puede triunfar sin el apoyo incondicional de su familia”, que cobran una relevancia especial en una película que debería ser de visionado obligatorio, además de en los colegios, en todas las hogares familiares. Porque, ante todo, Billy Elliot es cine social de principio a fin. El hecho de que el baile sea el motor de la narración constituye tan sólo una anécdota en una película con infinidad de capas y abierta a múltiples lecturas. No es, como algunos apuntan, una película sobre la homosexualidad, aunque el director, nominado al Oscar por este trabajo, también haya querido abordar este tema con la relación del protagonista con su mejor amigo, gay; relación que, además, ocupan algunos de los minutos de más intensidad dramática de la función. 

Billy Elliot es cine de primer nivel, a pesar de que no sea perfecta: aunque podría ser perfectamente justificable la ausencia de madre en el relato -figura a la que Billy añora continuamente-, no deja de ser un recurso tan manido con innecesario, un as que el director se saca de la manga para dotar a la historia de un plus de sensiblería; aunque, eso sí, también podría considerarse como una excusa del cineasta para destacar el gran poder de cohesión familiar y comprensión que desempeña la figura de una madre en una casa; un miembro sin el cual todo parece desestructurarse. Por otro lado, a pesar de que el mayor punto de inflexión del film tiene lugar en la bellísima escena en el que Billy baila delante de su padre en el gimnasio, no llega a ser creíble el cambio de actitud de éste respecto a la afición de su hijo a partir de este momento. Cuanto menos la del hermano, un tanto desdibujado. La vida real, por desgracia, no suele funcionar así.

Son, no obstante, detalles menores para una obra de referencia a la hora de abordar cuestiones tan universales como la tolerencia y el respeto en unos tiempos de gran incertidumbre mundial. Un film tan radiante como su propia banda sonora, en perfecta sincronía narrativa y estética con sus imágenes, que en más de una ocasión invita al espectador a levantarse y aplaudir. Si aún crees en que un buen guión es la base sobre la que se sustenta una buena película, en el poder del cine para emocionar al espectador y, además, tu capacidad de sensibilidad está por encima de la media, no lo dudes: ésta es tu película. ¡Y a bailar!

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4 pensamientos en “Billy Elliot

  1. No puedo creer que no la hubieses visto antes! Tienes razón en que es poco creíble el cambio del padre después de ver bailar a su hijo pero ahí la magia del cine que te hace creer que todo es posible…y acaso no lo es?

    • Era de mis películas pendientes que nunca encontraba el tiempo para verla! jaja, Afortundamente la ví hace poco y me impactó por la honestidad con la que está rodada y, como bien dices, la escena en la que el padre ve bailar a su hijo. Una película redonda.

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