Las vírgenes suicidas

Tener un apellido de renombre no tiene que ser necesariamente un sinónimo de calidad, mucho menos en el mundo del cine. Sin embargo, en el caso de Sofia Coppola podemos decir que ha sabido heredar, de una forma muy personal y honesta, el oficio de su padre,  el gran Francis Ford Coppola. Así lo demostró en su ópera prima Las vírgenes suicidas (1999), película clave del cine independiente americano en la que no sólo demostró su gran madurez cinematográfica, sino en la que además plasmó su particular sello estilístico y reveló una de las constantes de su cine: la búsqueda incesante de la belleza en cada plano, en cada mirada, en cada gesto. Porque, si de algo puede presumir Las vírgenes suicidas, basada en la novela homónima de Jeffrey Eugenides, es de su marcado carácter alegórico, delicado, casi etéreo. Partiendo de la base de unos férreos y autoritarios padres que mantienen encerradas a sus cinco hijas en su casa, evitando en la medida de lo posible su contacto con el mundo exterior, Coppola construye una historia donde cada secuencia lleva condensada toda la delicadeza y sensibilidad que podamos imaginar. 

“Cecilia fue la primera en irse”, nos narra una voz en off masculina en unos primeros minutos en los que, además, se nos descubre cómo acabará una historia, por otro lado, bastante predecible. Con 13 años, Cecilia es la menor de un total de cinco hermanas, todas de sedosa melena rubia y rostro angelical: Lux (Kirsten Dunst), Bonnie, Mary, y Therese. Viven bajo el cuidado de sus estrictos padres (James Woods y Kathleen Turner), un profesor de matemáticas y una profesora de religión, que las aíslan del mundo real creando una particular fortaleza en su propio hogar. Coppola pretende así denunciar cómo, en ocasiones, el carácter conservador de los padres -disfrazado de educación- puede ser perjudicial para unas hijas que sólo pretenden vivir la adolescencia como cualquier otra joven. No obstante, sus excesivamente protectores progenitores (“no dejamos que nuestras hijas vayan en coche a causa de los accidentes de tráfico”, llega a decir la madre, que también obliga a su hija Lux a quemar sus discos de rock), se encargan de dilapidar cualquier rastro de sueño o ambición de unas hijas que verán en el suicido la única vía para escapar de una aprisionada y amputada existencia, quizá el camino idóneo para empezar a vivir sus vidas con todo el esplendor del que han sido privadas en el mundo terrenal.

Coppola aprovecha su ópera prima para denunciar ciertos aspectos de la sociedad: por un lado, lanza varios dardos envenenados al periodismo amarillo, sensacionalista (esas noticias del Canal 8), al poder destructivo al que puede llevar la religión (esa cruz visible en todo momento en el cuello de la madre), a las consecuencias de una educación sumamente restrictiva y opresiva (el tema subyacente del film) o a dejar patente cómo sucesos tan trágicos como los suicidios son consecuencia, en muchos casos, de terribles historias. Por el contrario, la realizadora también utiliza su primer largometraje para rendir varios homenajes: el más notorio es una reivindicación en toda regla del género femenino, de esas mujeres “que lo saben todo de los hombres, mientras que los hombres no saben nada de ellas”. No es de extrañar en una película eminentemente femenina, en la que sobresale una estupenda Kirsten Dunst capaz de eclipsar al resto del elenco, en la que fue la primera colaboración con una directora que la convirtió en su actriz fetiche gracias a sus posteriores trabajos en María Antonieta (2006) o Somewhere (2011). También hay elocuentes homenajes en Las vírgenes suicidas a la película Carrie (Brian de Palma, 1976), como bien demuestra esa escena de la fiesta del baile de graduación, prácticamente calcada, tanto en esteticismo como en argumento -en ambas la pareja protagonista suben al escenario- de la obra maestra de De Palma. ¿Por qué precisamente Carrie? Quizá porque, en el fondo lo que Sissy Spacek representaba era a otra adolescente, como las cinco hermanas que aquí nos ocupan, incomprendida, aislada, marginada. 

Película sutil, que evita recrearse en la tragedia y mostrarnos de forma explícita los instantes morbosos -como el suicidio de la pequeña Cecilia-, sí es cierto que Las vírgenes suicidas presenta algunos detalles irregulares: las historias de amor de las jóvenes con los chicos están algo desdibujadas, así como la propia personalidad de cada una de las féminas, exceptuando la relación entre Lux y Trip (Josh Hartnett, con peinado imposible), precisamente la que ocupa más minutos de metraje y la que mejor desarrollada está -y que nos regala, además, instantes tan memorables como ese amanecer de Lux en mitad de un cambo de rugby, ejemplo supremo de esa belleza de la que antes hablábamos. “Allí en el campo fue la última vez que la vi. Mucha gente no probará este tipo de amor; al menos, yo lo probé una vez”, relata Trip-. Por otro lado, el final podría haber dado mucho más de sí, y evitar esa sensación de declive en los últimos 15 minutos. Tampoco se entiende el cambio de conducta del padre cuando Trip le pide llevar a su hija al baile y éste le dice que no para que, segundos después, no sólo acepte que su hija vaya al baile con él, sino que acepta que el resto de sus hijas acudan también acompañadas. Por completo inverosímil. También son un tanto confusos esos viajes pasado-presente-pasado que a veces descolocan un poco al espectador. 

En conclusión estamos ante una grata sorpresa indie a la que el paso del tiempo parece no afectarle. Luminosa de principio a fin, este retrato de la adolescencia en plena década de los 70 bien podría ser extrapolable a nuestros días, lecturas varias incluidas. Una película en la que también sobresale una mítica banda sonora repleta de memorables canciones, algo no de extrañar si tenemos en cuenta que también se pretende reivindicar el inmenso poder de la música como vehículo de emociones, como bien ejemplifica la escena en la que chicos y chicas se comunican por teléfono a través de los temas musicales. Una sola escena que, por sí sola, ya justifica el visionado de una película que demostró al mundo que, algunas veces, un gran apellido puedo ir ligado a un gran talento. 

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